domingo, 9 de diciembre de 2018

Fessehaye Yohannes

Un hombre ha muerto en Eritrea,
dentro de una cárcel
con una lámpara suspendida durante 24 horas
y una cadena enredada en uno y otro tobillo
ha muerto en una celda diminuta,
y fuera de la celda se extendió el desierto
y más allá los mares inacabados
y más allá el silencio de los pueblos
que miraron hacia otro lado.
Y los que no miraban,
los que no supieron
cuando murió la cárcel dentro de si misma
se quedó sin carozo,
se dobló por adentro
quedo solo el desierto, solo la luz
estaban sin ser necesarios
alrededor del muerto
un nudo extenso.
Pero no se esfumaba,
quedó el muerto que no quería desaparecer todavía,
quedó su nombre que lo murmuraron
en países lejanos y en otros idiomas
se habló apenas de su última muerte,
Nadie fue a buscarlo
preguntando su nombre extraño entre las piedras
quedó solo la muerte
suspendida en el aire como una cuerda floja
quedó rota de agobio.


martes, 27 de noviembre de 2018

Entonces el hombre disparó contra el hombre
y le robó la ropa, los ladrillos, se llevó
sus ovejas, asesinó sus cabras,
caminó entre sus surcos alimentando el fuego
con la paz y el dolor de los sembrados.
Quedó solo el humo, los gritos
como pájaros con las alas mojadas
temblando entre los árboles.

Así empezó la muerte. El hombre
cayó con un hueco en la nuca
y adentro se veía todo el dolor del tiempo,
y el hombre se fue con su fusil por los caminos
cantando con la muerte sentada en la bandera,
cantando con el aire chamuscado,
cantando alegremente sobre la pena ajena
que llevaba pegada en los zapatos.

Vinieron a preguntar, venían
desde lejanos salones con luces incandescentes
los periodistas, los historiadores del presente
hablaban de la muerte sucedida
a los muertos todavía tendidos en la tierra,
a los pájaros húmedos en las ramas.
Así la muerte trataba de explicarse
y los pájaros en las ramas la miraban.


domingo, 28 de octubre de 2018

Yo no escribo de Dios, ni de los sueños,
ajenos sueños que reclaman sueños,
porque busco en mi habla una certeza
que dé mi calma a estas preguntas nuestras.

No conmueven a mi animo los niños
que transitan los dolores y bellezas
donde yo antes transitara.
No levanta mi mano la belleza
donde existe la mujer deseada
por aquellos que al lado mío dormitan
su propio sol y propia pena.
No titubea mi vista al hombre augusto,
que me separa de él con sus estrellas;
y en otra forma mi nombre se sucede.

Más que egoísta siempre es mi pregunta.
Es más que la luz bebida por el agua
donde después ha de beber la tierra.
Por eso siempre digo caracoles
y lloro sobre las tortugas muertas.
Aquello que buscaba se escondía
bajo el caparazón de su miseria.
Por eso siempre busco una respuesta
que, necesaria, ha de surgir entre las piedras.


"(...) En la hora calma
mi pensamiento olvida el pensamiento,
mi alma no tiene alma."

A lo lejos en la noche lunar. (Fernando Pessoa)

A veces olvido
que voy caminando por la calle, 
que la gente me mira. Mi vecina, 
la viejita que mira tras el agua de sus anteojos puros
y sospecha que digo luces insensatas. 
Y hablo solo, solamente, 
solitario, soltero 
de toda cacería 
voy por la calle hablando 
conmigo mismo. 

Puede el silencio hacerse verde y alto,
tomar forma de árbol, elevarse
y dar paz y refugio a los gorriones.
Y luego ha de caer, porque las cosas
pueden morir, caerse lentamente
para ser el pueblo sin fin de las hormigas,
para permanecer en el murmullo de los líquenes,
o sorprenderse sin elevar su queja
de que el hombre lo convierta en guitarra
que desprende la voz de las estrellas.
De la muerte del árbol, de su ocaso
puede tomarse apenas una parte
que acaricie el nacer interminable .
Se prepara en la tierra el árbol nuevo.


miércoles, 17 de octubre de 2018

Murieron todos los tigres
esa tarde,
no quedaba ninguno.
Estaban muertos,
cada uno,
de ellos, sus cachorros
había sido silenciados,
sus madrigueras,
los helechos llegaron
húmedamente fríos
como un río venenoso
descendieron
a las penumbras de la tierra vieja.
Y las garras colgaban
como collares,
los huesos eran piedras nuevas,
los dientes estaban fríos y secos,
la piel se extendió como un desierto
en los salones pálidos.

No los nombraron más,
quedaron en silencio
como dioses sin ritos, las palabras
no podían encontrarlos
y se apagaron,
chisporroteaban
rotas desde adentro
"tigresa", "cachorrito",
"tigre" como una raya húmeda en el suelo.

martes, 18 de septiembre de 2018

Llegaron en la noche, salieron de todas las esquinas
como sombras absurdas, como llagas
que gritaban su peste inesperada.

Llegaban de repente, abriendo el aire,
derrumbando las horas,
chamuscando el idioma, retorciéndolo
en gruñidos y gritos despegados.

Parte del agua se rindió a la muerte
que no era la vieja hermana pura
si no un espacio inesperado
que se enroscó en si mismo.

Los ladrillos cómplices del grito
quedaron para siempre encadenados,
en su interior anidó la nueva muerte.
Se extendió por el espacio de la tierra
inaugurando rincones con su hierro,
y cayó el hierro, cayó el polvo,
despertó el aire sobresaltado y rígido.

Entre todas las obras quedó ella,
descubierta en la luz, sola y terrible,
sus dedos ávidos se doblaron muertos
de un dolor nuevo que nadie conocía.
La luz de las estrellas la miraba,
lámparas de la tierra, luciérnagas.

Un caballo de crines luminosas
gritó en las profundidades de la tierra
un jardín de flores azules con los tallos crujientes.


No han de ser los domingos,
porque es sábado
y es igual de aburrido y de temprano
que anocheció sin lluvia, sin luces.
Se ha quedado tan quieta mi ventana.

No han de ser los domingos
los que vienen tan estancos y feos
que no tienen horas.
Transcurren sin intención,
llevan el sol de un horizonte a otro
descuidado y monótono en su rumbo,
pero ya no solamente los domingos.
Se ha extendido
esta plaga, esta sed
hacia otros días.
Les ocupa la luz con su oficio
de andar en el descuido
de su pulcra apatía.


Me avergüenzo de ti,
y hoy no te he dicho
lo bellamente fresco
que me dejaste el día.

Me avergüenza de ti
tu soledad augusta
tan llena de tristeza
y de impaciencia
por esa luz. La luz
que nunca pareciera
ni suficiente ni ahora.

Me incomoda tocarte
como un pájaro
que encontrara dormido entre las hojas
y mi pregunta lo dejaría sin alas.
No se puede estar cerca
sin sentirse
un poco triste y frío
en tu distancia.


jueves, 13 de septiembre de 2018

¿Sentirá el soldado,
aquel de rostro oscuro, 
que ya no tiene nombre, 
(que nunca lo tuviera), 
se sentirá culpable 
de las puertas hendidas,
o del temor anudado 
como una enredadera indigna, 
como un collar tiránico 
en el hombro del otro?

Podrá, hoy quizá ya viejo, 
dormir sin que lo apremie 
la dureza del gesto 
con que los muertos miran 
desde los almanaques repetidos, 
desde los muros derruidos 
que se ocultaron 
para que los olviden de sus balas, 
que no les encuentren 
los ladrillos partidos. 
Podrá el viejo sin nombre, 
sin rostro, ya no tiene 
cabeza, manos, piernas, estatura, 
le falta aire, sombra. 
¿Podrá quizá sentirse menos hombre 
o más oscurecido 
en su crimen diminuto? 
De haber estado 
aquellos días de lluvia, 
aquella tarde pálida, 
aquellas horas míseras, 
hurgando entre la carne de la angustia.
¿Podrá morirse e ir a ser silencio 
junto a los muertos que ayudó a morirse?

¿No querrá el hombre, 
el hombre costumbrista
de ayer, como la vida, 
pedir perdón 
a gritos 
por las calles? 


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Abimael Guzmán es un viejito
con los ojos de vidrio
oscuros, negros, redondos
de tan negros.
Parece inofensivo de tan viejo,
tan inclinado y roídos tiene los hombros.

Una vez, hace tanto, alzó las manos
gritando una verdad inconfundible
y el resto de la gente lo miraba
callados, lo miraban desde el resto
los hijos de los muertos, los abuelos
que no verían sus nietos, los hermanos
que no dirían hermano nuevamente,
los padres enviudados a la fuerza,
las madres que enterraban a sus hijos,
los niños que crecían en el mundo
se alzaron a mirarlo, humeando todavía
los edificios rotos, las vidrieras
quebradas desde el suelo lo miraron,
lo miraron, lo vieron, lo nombraron,
unieron nombre, cuerpo, sombra
en una sola especie nueva hallaron
que Abimael Guzmán iba a la cárcel
con la palabra en alto todavía.

Cuando la sombra ocupó esquinas
de la ciudad, halló refugios
inesperados en la costumbre humana
los hombres inventaron las cárceles
para esconderla allí sin que rondara,
para guardarla hasta que muera de cansancio.

(...)
Tales miraba las estrellas
porque ellas no hablaban griego
y estaban frías y lejanas
pero brillaban
como faroles tumularios.
Y se cayó en los abismos
donde un dragón de ciencia
le mordería las manos.

El resto de la gente
ya se olvidó su rostro
y se olvidó la tarde en que Tales moría
o aquella vez que vino entre la gente
dolorido de estar sabiendo el número
renovado y redondo de la altura.

Nadie puede
llegar hasta su tiempo
y verlo hablar una hora
azul y distraído
con el vecino que encontró en la calle.
Nadie puede salvarlo del olvido.


¿Acaso estuvo Dios sobre la augusta senda
que lleva entre caminos a los Andes? 
No. América lucía por si sola 
su nacimiento y su permanencia 
como una tierra ajena al extravío 
que sobre las aguas vinieron a sorprenderla.
Vino del agua y trajo fuego y peste, 
y trajo bajo el ala de las aves 
sabidurías y refutaciones.
No estaba el aire quieto, no lo estuvo 
mucho después cuando ya había ardido 
que en la ceniza se miró las manos.
¿Quién puede ya afirmar que ha sido salva?
¿Y quién puede afirmar que antes lo fuese?

¿Ha sido labor de Dios que el Andes levantara 
su cumbre sobre el rostro de la tierra?
No lo fue. La tierra abrió su piel 
y lloró mares para las fisuras. 
Dios estaba dormido, o ya no estaba. 
La tierra abrió su piel y se dio hijos.
Por mil generaciones inventó cada día,
expuso las ciudades, se resquebrajó en campos 
donde el terrón discreto y solapado
bebió para abrazar a la semilla, a la raíz primera, 
susurrando en el pie de la floresta 
un poema sin rima ni metáfora. 
El primero de todos los poemas; 
aquel que solo saben de memoria las flores, 
los caracoles, la montaña y el viento, 
que entre todas las cosas son eternas. 
El poema que puede escucharse en el silencio ardido de los árboles. 


"Partir, c´est mourir un peu (...)"

Rondel dé l´adieu (Edmond Haraucourt, 1890)

Partir de ti 
me llevará a la muerte. 
No hoy, quizá 
mañana todavía 
tampoco. 
Pero
sucederá, 
será posible 
que en este hora precisa 
abro una puerta 
y entro en tu olvido. 

Me voy de ti, 
como me voy de hoy. 
Quedas con este tiempo 
y este lugar, los árboles, 
el banco, el caminito, 
la luz de media tarde, 
tu sombra pequeñita 
pegada 
a tu zapato. 

Eres como un recuerdo, 
pero te falta espacio. 
Te falta esa penumbra, 
ese calor de esquinas 
que no terminan justas. 
Era la copia exacta, 
como un deseo anudado 
dormido para siempre 
dentro del desencanto. 


No trabajan los indios como obreros.
No tienen ese arte del obrador ligero
que vino a levantar ciudades sobre el monte
y va dejando restos quebrados de la tierra.

Antes fueron mejores. Lo sabemos.
Que en la selva crecieron y multiplicaron
su obrar sobre el rostro paciente de la tierra.
Su viejos cementerios son nuestros museos
donde ellos no suelen entrar,
y sus ancianos duermen en urnas de cristal.

Les damos nuestra ropa, nuestra ciudad,
el aire agobiante del cemento pulido
con el que conquistamos el monte antiguo.

Y una tarde, sin voces los pasillos,
vienen a nuestra casa buscándose destinos.
Detrás de los cristales se asoman;
tienen los ojos oscuros como un niño
y el miedo se ha enroscado,
justito a la vera se les queda dormido.

Le ha quedado el nombre, se diluyen
en la raza americana nueva.
Solo el nombre los conserva.
Pertenecen ahora al tiempo indefinido de esta tierra,
que los dolores viejos hoy se cumplen
y el mañana, al voltearse, fue pasado.


Que amplia y desgraciada es la carne humana.
Sangra, se abre, se purpura, incendia,
con facilidad puede caerse muerta
extinguirse entre las llamas
como un lector abriendo un libro
el cuerpo del hombre se abre para el dolor
y se desangra en una historia infinita de convulsiones.
Sangra se abre, se purpura, incendia
y llora y grita y se revuelve:
es el cuerpo de la tierra misma
que se abre ahora y gime estrangulado
despidiendo el hedor de los sótanos y los paredones.

Aquí la tierra envenenada y mustia
cobija el corazón incinerado
del criminal que fuese ajusticiado,
del criminal que se cortó en la rueda,
del que miró el abismo desde adentro
y lo vio anochecer y hacerse cielo.
La carne muerta se oculta bajo el agua,
bajo la arena conversa con las piedras
como una piedra pálida y serena
que mira desde el tiempo indefinido.


Anoche la ciudad anocheció tan sucia
que cuando el sol la tuvo de nuevo con su luz
llamó por sobre el viento para reunir las nubes,
y por eso llovió esta mañana, después que amaneciera.
La columna del agua, azul y plata,
se irguió sobre los techos
dejando caer del cielo
lagrimas de compasión.
"Miren como dejaron que la Luna brillase,
ayer cuando la noche los sorprendió
estaba ella y Venus la seguía.
Pero no la miraron. No quisieron
su pálida figura incandescente
de pura luz en la extensión oscura."
La lluvia vino murmurando en su vientre
como un gigante oscuro de corazón helado
sin animo de andar cayó dormido
sobre la dura paz del edificio.
Solo la lluvia, saltando por las calles;
solo la lluvia, caracol con hambre
lamiendo la miseria de las plantas.


miércoles, 5 de septiembre de 2018

Reside en ti la altiva soledad
de nuestra especie.
Como un libro, en el silencio
de los años acumulados.
Como una flor
que muere con el alba.
Como un caballo enfermo en la penumbra.
Como un gato que duerme.

Puede la soledad hacerte alto,
erigirte de sí misma entre la gente
te llevará sin que la hayas seguido
desprendiendo tu forma de su forma,
alumbrando tus ojos y tus dientes
con la luz y el silencio.

La soledad te constituye espacio,
te sigue como un perro bientratado,
te ocupa los silencios y el murmullo.



Y yo estaré tan muerto
como ahora lo estás tu.

Sucederá
que un día
inesperadamente como el viento
estaré muerto
dentro de un tiempo difusamente viejo.
Seré olvidado,
me reuniré de nuevo con la lluvia,
me iré desmigando hacia el océano,
y una parte de ti
al fin vendrá a buscarme
accidentadamente
entre los escondrijos del planeta
iremos a la deriva
vagabundos de sal
como un pinguino
o una trepidación continental
nos cruzaremos sin encontrarnos ya.


-Regreso de Quetzalcoalt

"(...) que en mi viaje final escucharé
el ambiguo tañir de las campanas"

Que suerte he tenido de nacer, (Alberto Cortez)

A rebato en un puerto cuando el agua
venga a romper la costa
tocaré la tierra nuevamente
iluminado en mi vejez tardía.
Volveré para ver las viejas piedras
que me esperaron hundiéndose en los llanos
susurrando su amor a las raíces,
alimentándolas de lágrimas antiguas
cuando vieron mi sombra en la distancia.
Tuve que irme, pálido y reseco
escapé de una parte de mi mismo
que reencuentro en tus manos
suavemente dormida y persistente.
Aquí están las piedras derruidas
que suspiran y ruedan sin erguirse;
y la mano del hombre las tomó de su sitio
para alzarlas, talladas como un diente
en la cima  plácida de la montaña.

He vuelto, estoy aquí en el tiempo
que ha transcurrido en el espacio del recuerdo
breve y escaso en sus extremos.
Volví con la generación de las tortugas
para ayudarlas a refundar la arena,
para apartar las algas de sus lomos,
constituir de nuevo los primeros refugios
ancestrales que estaban resguardados
el último día que desperté contigo.

He vuelto. Soy la figura que se agobió en tu tierra,
escapé por la orilla occidental del día
y ahora regreso a verte sin avisar que era hoy cuando volvía.


lunes, 3 de septiembre de 2018

*El Museo Nacional de Río de Janeiro 
se ha consumido entero en un incendio de una sola noche,
este nefasto día del 3 de Octubre de 2.018.

Estamos tristes
por el incendio de ese palacio carcomido,
que no nos pertenecía
y que nunca habíamos visto.

Estábamos tristes la primera vez
que leímos la historia de Alejandría iluminada
y las cenizas de aquella antigüedad ardida.

Y estábamos tristes el día
en que los leones de piedra del desierto
fueron dinamitados y partidos
y sus tablillas volvieron al silencio
de las piedras innumerables
de Mossul.

Nicaragua se encierra de nuevo
en su dolor irreconciliable,
Argentina está partida al medio,
Venezuela pierde gente en sus fronteras,
y Perú se inclina bajo la pobreza,
Chile no termina de entenderse,
México tiene un verde brotecito de alegría
ingenua bajo sus manos quemadas por el ácido.

De entre tanta desgracia uno elige,
casi al azar, toma una porción y la retuerce,
hasta que quedan apenas piedrecitas,
esquinas de miseria,
cenizas de papeles.
Y la tristeza segura del olvido.

Una parte del mundo la perdimos,
como al morir un gato.
Esta tristeza viene de muy antiguo,
y no nos pertenece. Es como un río.
Trae consigo el infortunio y la melancolía
de las obras que no serán eternas.
De la muerte que toca el cuerpo y la voz,
y la mano y la letra,
y las piedras
en las vitrinas calcinadas.


lunes, 27 de agosto de 2018

Ha muerto la elefante
en la ciudad del Plata. Se arrodilló y no quiso levantarse.
Ya nunca más se alzará del polvo
su cabeza inclinada y dolorida
entró en el sueño de la muerte muda
sin saber que era hoy cuando moría.

La vejez la encontró enjaulada y sola,
encerrada en el miedo, tensa en el dolor
no quiso echarse para aguardar el sueño
hasta que el aire se convirtió en ceniza.

La hallaron viva entre la maleza,
amanecida y nueva como un arbusto gris;
y ahora está muerta entre las piedras.
El hierro cayó de sus tobillos murmurando
la paz y el frío de la elefante muerta.

Ahora la sepultarán en su jardín perfecto
de rincones medidos y árboles sin sombra
se olvidará su espacio en la Tierra.
Ya no habrá quien la espera, quien venga a verla
adormecida en el peso de su tiempo.

Y justo ahora, que estaba preparada
la larga espera de la muerte vino
a poner fin sin tiempo a remediarlo.
Quedó solo una caja improvisada,
su camino a la selva recobrada,
su futuro esfumado en la llanura.

Quedó solo el reclamo anidado en el viento
que solloza y la llama entre las ramas
con el nombre original de la criatura.
Pero ya no. Ya nunca más verán su sombra en la llanura.
Ha muerto la elefante en Sudamérica
presa y dolida como una flor cortada.


Fueron todos ellos preparados
para la paz y la furia de la lluvia
en los bosques antiguos, en los prados
eran las generaciones esperadas.
Pero no pudieron llegar
que fueron capturados en los caminos
y en los claros se abrieron bocas oscuras
susurrantes de oscuridades.
La infancia salvaje se despeñó en sus voces,
fue levantada por los aires
desmayada o inundada de miedo
entró en el largo muro del presidio.
Así acabó la edad del elefante
y comenzó su viaje por el mundo.
Los puertos lo expulsaron de la India
para siempre exiliado,
vagó por la plenitud del mar
y llegó a costas quebradizas, de arenas y de piedras inesperadas.
Las multitudes se reunieron a esperarlos
como gritos de milagros y de ferias
tocaron la sombra milenaria de la bestia.
Por ese toque no pudo desprenderse nunca,
preso del asombro y la codicia impura
deambulando en la infinita luz de los zoológicos
el elefante perdió la paz y la sabiduría,
descubrió el amplio dolor de las rodillas,
abandonó el rumiar de la ternura,
se desplomó en la luz de la apatía.
No pudo liberarse, el hierro se aferró a sus patas
murmurando canciones olvidadas
lo adormeció en la celda lentamente.


miércoles, 15 de agosto de 2018

(...)
o aquella vez que estábamos sentados asombrados
más solos en el mundo que una columna rota.

*

Son preguntas que nunca fueron nuestras,
pero nos las encontramos a la vera de Dios
donde responden a lo que Dios se calla (todavía).

Quizá un día él se levante y nos elija para contestarnos.
Puede pasar, (si peores cosas han sucedido
aunque se había pedido lo contrario),
que venga una respuesta
a tu fe y a mi fe que está en la duda,
a mi curiosidad por las marismas
y a tu ambición por una vida
que ya no sea tuya
sino que pertenezca a un orden material
como un alivio o una respiración en la ceniza
que no nos sepa a sal y a miserias.

O quizá la luz que nos crece en los ojos
cuando buscamos corazones claros.
Yo me distraigo hablando solo,
mencionas datos que vienen desde fuera.
A cada pregunta nos ha de faltar tiempo.

Pero es tan bueno como una cría de rata
que tu asombro florezca todavía:
así de nuevo, y duro, y de bello y terrible.


lunes, 6 de agosto de 2018

Bajaron las palomas a la calle
para mirarse en el charco de la esquina,
y se bañaban como señoras gordas
en la luz ceniza de la orilla.

Eran siete palomas, a cada cual más bella,
a cada cual mas sola y fresca
que se bañaban encrespadas y locas
por el húmedo rastro de la lluvia.

Eran siete las palomas solas
bañándose en la huella de la lluvia.


lunes, 23 de julio de 2018

Tiene hambre el perro;
se recuesta en el suelo
y el dolor de estar vivo le consume la pena
que en sus ojos alumbra débilmente.
Así nos mira. Sabe
que espacio corresponde de su vida
a nuestros ánimos. Reclama
su porción del Paraíso.

Pocos afrontan la tarea
de levantar los huesos del perro
y enterrarlos ceremoniosamente junto al camino
después que la criatura se extinguiera.
Pocos afrontan la dura pena humana
que en los ojos del perro se reflejan.

Tiene hambre el animal, exige
agua y paciencia, corazón, cariño
de la costumbre que abriga;
aquella que se erige como un árbol y sombra.

Una vez el humano tomó el perro
del corazón crujiente de los montes
y lo llevó consigo. Lo hizo parte
de cada soledad y cada empeño.
Perpetuó su fe y su sapiencia
en la piel caliente de los perros,
diciendo "aquí y ahora"
eligió sus colores, dio forma a sus mandíbulas.
Junto al ancho camino ambas especies
miraban agazapadas su destino.

Son tan nuestros los perros, somos suyos
desde el estrecho abrazo animalesco
que nos abriga cuando reconocemos
su huella entre los rastros de los pueblos.

Una vez fuimos burdos y crueles
con su sangre, aún lo somos.
Cuantos perros se consumen
en el peso y la luz de las ciudades
vaga su soledad atenazada
a nuestros cotidianos desamparos.

Tiene hambre el perro. Basta
con dejarle, en nuestra puerta, agua.
Vendrá con su inocencia a saludarnos,
nos dirá su ronco idioma,
su húmedo amor nos seguirá los pasos.

Existe quien teja el desagrado
por la piel, el ruido
que un cachorro, un adulto, un perro anciano
exponga a la miseria del humano.
Existe quien mira, aún a sí mismo,
desde el alto sitial de los engaños;
y esta criatura abandonada y mustia
empaña el orgullo de los espejos.

En sus ojos estás. Mírate al perro.
Desde debajo de la mesa,
junto al árbol, bajo el puente,
desde la viperina voz de la cadena
arde el antiguo pacto que tenemos.
Uno a uno iremos por la tierra,
tan suyos somos que parecen nuestros.


A veces me pregunto
cómo es tu corazón,
qué forma tiene,
su color y tu ritmo,
su voz, más allá de tu hueso,
más allá de tu carne
llamando en el espacio
monótono y veraz
como una llama,
igual de dolorido.
Así ha de ser, yo lo imagino
en esta eternidad de la distancia.

No sé nada de ti, solo tu olvido.


domingo, 22 de julio de 2018

Niño, el amor tiene
espacios derruidos
y sombras miserables
que gruñen y se quejan
cuando tu voz se acerca.

Muchacho, el amor puede
abrirse en una hora
y morir en la sombra
sin llegar hasta el sol
que los días prometen.

Hombre, el amor deja
capillas de costumbres
y flores en el campo
después que sucediera
lo que no te gustara.


Vinieron, tan oscuras y pequeñas,
a conquistar mi misera reserva de azúcar
donde la hube escondido la encontraron
pálida y pura como una mina rica
la alzaron en sus lomos esforzados
y allá iban, hormigas descaradas
ladronas de mi última ración llevaban
lo que pusiera a salvo tan confiado.

Entonces las ahuyenté, apenas con la mano
sacudí el aire sobre sus figuras,
me alcé en el cielo cubierto de penumbra,
murmuré agreste sobre su premura;
y calladas comieron cada una
el último grano subrepticio
que entre los dientes me escondían.


martes, 17 de julio de 2018

Desde el fondo del mar sacan un cangrejo peludo
los japoneses, el pueblo pequeño de las islas negras,
lo llevan más allá de la orilla hacia el ruido de la ciudad,
lo reciben con luces, con asombros, lo bañan, lo enderezan,
lo calman en aguas heladas y rígidas como un cuchillo,
y el cangrejo se queda ahí nomas, tan quieto e inocente
con sus ojos ignotos esperando la paz de los océanos.
Siente el miedo que acaricia su vientre, siente el aire
opacado y humeante de esos salones tan estrechos y nuevos,
pero ya no resiste. Permanece aterido en sí mismo,
hermoso, una roca velluda arrancada de la piel del mar
que lo llama, que lo nombra junto a los barcos de los pescadores
y lo nombra en las redes y en las jaulas que esperan,
que se extiende sobre las orillas y conmueve la paz de las gaviotas.

Vienen los hombres a tocarlo, gritan su nombre, lo venden
por las calles, vocean su antiguo nombre colorado
y un millar de expertos se asoman a verlo.

Pero él no sabe, no conoce su precio. Espera
que el mar se extienda con su cabellera verde, con su sonrisa
traiga la quietud y el coraje del agua profunda nuevamente.
Esperando sentirse nuevamente tan húmedo no ve llegar la muerte.

Lo toman, lo atenazan, lo atan de sus extremos, lo sacuden;
y el miedo crece como un metal pulido que le aprieta las pinzas.
Lo meten en una vaporera, vivo y a oscuras, ardiendo
de la fiebre maligna se adormece firmemente hundido en el silencio
mientras su coraza clara toma el color del fuego.

Pero los hombres no entienden el lenguaje de su muerte,
no imaginan la magnitud del miedo, la dureza de ese silencio agrio.
Ya tierno lo despedazan sobre el mármol y la madera,
le arrancan las amplias patas agudas, abren su corazón con un cuchillo,
y quitan su carne pálida de los escondrijos originales.
Queda desnudo, ya sin estar presente. De su cadáver solo se adivina
el color y la forma de su muerte.

Y lo ponen en fuentes de cristal rodeado de repollos jóvenes,
bañado con el aceite ancestral, tocado por el corazón del ajo suavizado,
sobre el alga verde de los fideos dormido.

Ahora el mar no podrá reclamarlo. No lo verá,
no responderá cuando lo llame.
El mar encontrará cascaras en las orillas, y no tendrán su forma.

Los salones lo reciben revestido de sal,
de pimienta, de humo, sin dolor, todo él como una flor que cortaron su tallo;
al hambre de las criaturas de la tierra negra.




miércoles, 4 de julio de 2018

Yo soy en el amor como las nubes,
pues pertenezco al amplio horizonte,
y desde allí observo tus caminos.

Puedo permanecer en mis alturas,
vagamente distraído sobre el viento
con el sol hamacándose en mi oreja.

Estando así tu nombre se hace humo,
de tu figura vuelan las palomas
llevándote en el pecho colorido.

Llega la noche cuando me descuido,
crece en la tierra inundando los campos
y florece la luz de las ciudades.

Pero ya estoy dormido.


"Bello es el mundo, y perfecto
por que a través de él se ve a Dios."
dijo el humano
y bajo sus pies las hormigas marcharon
cubiertas de púas contra los escarabajos.


Ven a sentarte. Escribo
tu rostro en una hoja. Digo:
"Dios huele a caramelos,
y a días de otoño tibio."
Vendrán las horas, como palomas gordas,
posándose en el espacio de esta vida
y nos hallará un extraño
todavía sentados en este día.

Será porque he escrito
las horas bendecidas
y los espacios grises que guardo para mi.
El tiempo de la espera tiene su voz ahora,
cuando cierro este libro
y te alejo de mi.

Yo, que he perdido el modo,
esperaré en la sombra,
como esperan los árboles
la lluvia por venir.


Hoy saludé a un perro.

Un perro en una esquina se paró y nos miraba,
como nos miran siempre los perros que no ladran.
Parecía cachorro. Tenía la nariz rosa
y le cabía la mañana en los ojos en calma.

Yo iba por la calle, cruzándome de esquinas,
y le extendí la mano buscándole la paz,
(Los monos de otra tierra se saludan igual.)
y el perro, este cachorro que no llegara al año,
dejó caer su lengua sobre mi anillo gris.

Han sido días de otoño, apáticos al sol.
Yo cruzaba la calle y un perro sonrió.


sábado, 30 de junio de 2018

Ambiciono la paz del perro cuando duerme
porque encontró una esquina bajo el viento
que lo refugie hoy de sus mañanas
o le alivie la sed de sus ayeres.

Todo sucederá, está previsto
que este invierno vendrá como un suspiro
y dejará en la calle su piel de hojas amarillas.

Pero la paz de hoy, dice el perro dormido,
vale más que el chillido de los días venideros.


Hoy me has dicho que ya no me querías.
No esperaba el dolor de mi mentira.
No encender las luces cuando venga la noche,
no abrir la puerta, no correr las cortinas,
no aprenderme tu nombre, no estar
esperando tu sombra.
Pero he cometido todos esos errores
y retrocedo brusco hacia mi penumbra.
Ya no hallo la calma que tuve con la lluvia.
Me encuentra el sol sabiendo tu desgastado nombre.

*

Esta desolación tiene tu nombre,
esta ausencia de ti tiene tu sombra,
el espacio sin voz puede traerte
y dejarte suspendido en el vano de la puerta
sin que hayas llegado. Tu camino
hace ya tanto que se alejó en el viento.

Tiene el mundo confines que te aguardan
más allá de mi amor y mi esperanza.
Más allá de mi vista, más allá en la penumbra
de este recuerdo luminoso y agrio.

*

Vete a sembrar tus manos en la noche
y a florecer tu voz en tus salones.
Vete con tu cabello amanecido
entre los grises muros de la gente
con tu amor por la luz y la alegría
que calma crece bajo la paciencia.

Criatura hecha de tierra, te levantas
con los brazos abiertos bajo el cielo
y los pies sostenidos por la piedra.
Amplio eres, como un susurro eres
que ha venido extendiéndose en el sueño
para dejar oculta en pleno campo
su florecita azul, color del tiempo.

Vete entre los hombres y sus días,
extínguete en la sombra de los años,
olvídame tu nombre con esta despedida.
Y no vuelvas a mi, ni estando muerto.
Nunca vuelvas a mi con este rostro.
Vete de mi con esta despedida.
*
Los días cuando yo no te amaba
eran igual a estos. Todo tenían
con su constelación de urdimbres tercas
que una hora y otra se conservan.

Me pertenece a mi la sed y el sueño,
como es el árbol de sus ramas dueño;
así me convertí de a poco
en la guardia, el afán, en el deseo.

Te pareces tanto a un edificio nuevo,
donde antes había árboles y claros
que da el espíritu extraño de tu columna repentina.

*

Escribo tu nombre, en este lenguaje mío,
pongo una tras otra las letras conocidas
pero se acaban pronto. Se acaban y enmudecen;
quedan como un caballo esperando en la sombra.

Y luego letras que faltan. Todas las letras
que salen en procesión gritando;
buscan, te hallan en el mundo
y te describen. Te ponen tu vestido
hallándote colores en la cara.


lunes, 25 de junio de 2018

En esta época,
tan precisa y exacta,
tan costumbre y tan nuestra,
amarillean los fresnos sobre la costanera.

La ciudad se ha extendido,
ocupando la costa
junto al río su ronca voz de hierro y piedra
se halló de pronto
cansada y aburrida alzó los ojos
hacia el adusto gesto del Chaco fronterizo
que ha venido a beber en la otra orilla.

Parece más antigua
y más extraña, en su costumbre
que esta noche alivia solo el aire
por alzarse delicado y suave
sobre los edificios encendidos.
Le pertenece toda luz y ánimo,
todo color brillante, todo grito agrio
de un automóvil que avanza en sus caminos.
Aún el puente se abre en colores
de este lado del río.

De este dolor de instantes agrietados
emergen los fresnos amarillos
murmurando sonrisas en el viento.


Amamos la juventud. La piel tersa,
las flores nuevas, el gañido del cachorro,
el brote siempre verde, pálido, de los arbustos,
la sed y el hambre de la raíz creciendo,
el color y el brillo de la última lluvia.

Pero existe virtud en el agobio
de la vieja existencia resquebrajada,
sola o reunida, ruidosa o muda,
la vida del objeto en la decrepitud
no agota su belleza. Puede hacerse
incomprensible y renovar su rostro.
Puede asomarse de su vejez un gesto
que quedará guardado en el olvido;
hemos de descubrirlo para tener el mundo entero.

Es viejo el mundo,
y a diario se renueva.
Lo que hoy parece muerto
mañana tendrá brotes;
aquello que naciera
se dormirá en la muerte.


domingo, 24 de junio de 2018

Hoy me he visto la cara en el espejo
cuando fui a saldar alguna deuda.
Y fue como un viejo que se paró en la puerta.

Quizá porque el sol estaba en lo alto,
más temprano que ayer y que mañana,
que hoy la luz me deformó la cara:
dentro del espejo quedé hecho
unos restos de yo, alguna cara
que no era mi hoy y si mañana.

Llegaré a la vejez. Es profecía
que esta mañana he visto mi reflejo
sobre la sombra del vidrio dibujado.


¿Qué es esta melancolía que me atrapó?
Se recostó en mi mano y susurra miserias
de las que el alma lleva sin pedirnos permisos.
Ayer me reclamaba que la he querido menos
que en sus visitas anteriores. y llora
sumergida en el ocaso gris de mi impaciencia.
Quisiera que camine por delante
y se lleve en los hombros esta pesadumbre,
pero hoy no ha querido abandonarme.

¡Con qué facilidad me ha atravesado el pecho!
que sus dedos de pluma me quebraron el aire.
Se parece a un vacío que me ha crecido dentro.

Esta tristeza mía comienza a endurecerse,
se volverá de piedra en mis atardeceres,
será costumbres mías antes que llegue a sorprenderme.

¿Qué es esto? ¿Dónde estaba? Me desperté y nació
como una Luna nueva, llena e inesperada.
Como una cicatriz que ya no recordaba.


viernes, 8 de junio de 2018

¡Ay, Giacomo, tu muerte
se alzó ayer de tu tumba
y salió atravesando las paredes de marmol
pálida de tan débil
la sombra de tu angustia!

No ha valido tu muerte,
no contuvo el espíritu
animoso y cobarde de los hombres.

Tu tiempo se agotó en la corriente
y los árboles guardan tu voz en sus raíces.
Ayer los hombres gritaron en el aire
nuevamente un dolor que se arrastra
y tu muerte se alzó, expectante
como un gato en la noche.

¡Ay, Giacomo! Esta noche,
tu noche es mi noche
pues esta noche tuya nos pertenece a todos.

Mañana el hombre hará que el camino florezca,
o plantará a su vera las columnas del humo.


Te quedaste dormido
en un rincón de España
se ha quedado tu cuerpo
haciéndose terruño.
Cultivarán los campos
y se alzará tu polvo.
Caerás sobre los techos
de los viejos pueblitos.
Te llevará la lluvia
sobre su ancho hombro.

Y tu cuerpo, tu extravío
retornará a las calles
para hallarte despierto
escrito en las paredes,
guardando los recuerdos
en la serena estampa
de tus fotografías.
Para volver ha unirte
tu polvoroso cuerpo
a tu voz centenaria
que en la fe y la palabra
de la humana garganta
no pudieron matarla.


domingo, 13 de mayo de 2018

Vinieron quince ratas, a escondidas,
con las uñas ansiosas y los dientes,
tan repletas de gula y avaricia
que en una noche comieron una vida
de esfuerzo humano y de miseria ajena.

La media tonelada de fortuna
que un hombre acumula despacito, paciente
como un árbol sus raíces,
puede otro hombre disgregar ardiente
en una pocas horas de alegría.

Más allá de los bordes de la vista,
en otra tierra, en otros escondrijos
la fortuna creció, se hizo sonrisas
en las débiles hojas de un arbusto
brillaban el sol y el agua de la holgura
escondida y fugaz, duramente proscrita.

Pero ellas no sabían. Nada saben
las ratas de la vida humana.
Viven calladas y tontas, ateridas
en el olvido frío de sus nidos
construyen una red de refugiadas.
Apenas tienen hambre, y sed, y frío.
Intuyen el dolor antes de hallar alivio.

Quince ratas vinieron por sus caminos
ante tanta fortuna
con la cola tiesa
les temblaba el hocico, el hambre, el anima
de saberse súbitamente cresas.

No han podido pararlas, una avalancha
de ratas ciudadanas y opulentas
en las esquinas de penumbras ríen
lo que ayer no esperaban.

Y en la ancha ciudad los policías
no han encontrado quien les creyera:
hallaron las ratas mercancías
que fueron custodiadas y escondidas.
¿Quien podría imaginar que apenas ellas
tramaran tan audaces fechorías?


domingo, 6 de mayo de 2018

Estos años han sido tan amables
que los sapos crecieron escondidos
y hoy saltan parcamente alegres
bajo las luces del barrio.
Y este verano trajo tantas lluvias
que se asoman miríadas de insectos.
La paciencia esta noche se sabe recompensada.
Mañana su barriga responderá por ella.

Parece que se han ido, que fueron exterminados
y en sus salones secos no han quedado su voces.
Ya los hombres olvidan el color de su piel.

Pero vuelven, más jóvenes que ayer,
más frescos, delgados, con sus dedos helados
sostienen todavía ese estoicismo gris.
Todo lo que hoy sucede será alegre y completo,
ya mañana ha de verse lo que el viento traerá.
Hoy el hambre del sapo crece bajo la luz.


"A veces quiero preguntarte cosas,
y me intimidas tú con la mirada,
y retorno al silencio contagiada
del tímido perfume de tus rosas."

Gloria Fuertes



Dónde estarás, que ha sido de tus días, 
¿por qué no has vuelto como ayer lo hacías?
Si un momento lo piensas, son preguntas sencillas. 
Como las flores son, como rosas y espinas.


Tengo tres emociones:
pánico, alegría, aburrimiento.
Son verde, amarilla, gris como el cemento.
Son ancho, expansiva, resquebrajado.
Uno surge de pronto, cuando no lo esperaba
se extiende, bambolea, se apoya
sobre mi frente raspa
con su barba y sus cejas.
Ella manda mensajes, avisa
que ha llegado
pero que está en la esquina
o que ha subido a un árbol,
que un gorrión le gustaba
y lo siguió en la calle.
El otro abre la boca
y no entran las moscas.
No respira, no ronca,
se quiebra cada dedo
y deja que rueden
bajo las sillas pálidos.
Sería tenebroso, pero ha quedado quieto.
A veces los encuentro:
camino por la calle
y la veo entre la gente
con su ánimo hambriento
comprando una hamburguesa
y una botella clara.
Se abre una puerta, rota
en el borde la herrumbre
escribe su cansina letanía.
De su rostro una queja emerge y me golpea
pidiéndome que cumpla
todas sus exigencias.
Quedo cansado y mudo,
no espero, no lo escucho
que se sentó en mi hombro
con su cabello sucio
con sus uñas sin brillo,
con su piel sin arrugas,
puro y nuevo, tan viejo,
sin edad no tiene espacio.
Sus ojos son monótonos,
se ríe y no parece
que se hubiese reído.

Se turnan, pareciera.
Se invocan, ha de serlo
que uno llame a la otra
y se sucedan
mas que adentro a mi vera.


jueves, 19 de abril de 2018

Alegría, te llamas
Alegría. Te han dado
el nombre del encanto
mas vivo y cotidiano.
Eres como un cepillo
tan áspero y extraño
pero hermoso, pequeño, como un escarabajo
que se llama Alegría.
La antigua diosa vive en tu nombre dormida,
o crece,
una semilla
en el dolor del hombre
extiende sus raíces
y acaricia la luz que la bondad despide,
la transforma en un temblor
que adentro de los cuerpos se mece.
Alegría en las calles,
bajo el cielo agobiado,
junto al agua incansable,
tu nombre, en tu hociquito
da inocencia y frescura
a tus dientes tan pálidos,
tu gruñido se eleva
como una flor de noche
o una espina en el alba
por que te han dado el nombre
de Alegría.
Pequeño perro feo, que así de bien te llaman.


Acuéstate en el suelo. Las raíces crecen
abajo, en lo profundo de la tierra
abren caminos en la dureza de la roca
buscando agua y sal, respiran
con la alta paz de la arboleda sobre nuestras cabezas;
luego arremeten pacientes, decididos,
desesperados, doloridos y resecos
sienten la humedad, oyen el rumor
que en el corazón del mundo se esconde
en amplias cavernas sumergidas pasea
su antigua majestad embebiendo la piedra.
Y le siguen los pasos. Se afirman en sus bases
buscando los resquicios del mundo.
Puede sentirse su dolor y hambre,
la ferocidad lenta que los habita.
Conduce ahora, como una luz lejana,
en la espesura viviente su esperanza.

Nosotros lo sentimos: su silencio,
su firmeza dura y elevada,
su comprensión del dolor y la muerte.
Ambos páramos debieron atravezarlos
constituyendo refugio a las criaturas;
vinieron las ardillas con su faz de inocencia,
el hambre de los cerdos, las gallinas
pusieron nidos, huevos, inauguraron
una voz renacida a la sombra de tanto silencio.

En su sombra se siente la voz original
los impulsó a aferrarse a la rudeza de la tierra
y hacerse espacio. Oyen la canción del agua
y corren a buscarla. En la paz de su sombra
puede sentirse el dolor y la sed de los antiguos.


martes, 17 de abril de 2018

Florecieron, todas ellas en una sola tarde
pareciera que un susurro les sacudió los tallos
de tan severa forma que abrieron sus coronas
todas ellas alzándose en el sol
al pie de la paz y sueño de las mandarinas.

Más allá del mar, en los valles de montañas azules
los hombres esforzados se inclinan hacia la tierra
y remueven su piel buscando raicillas
que se afirmarán entre las piedrecitas
para alzar a la luz, la sed y el color de la amapola.

Vendrán los dioses de antaño, los duendecitos
se abrazarán a sus tallos y besarán sus hojas;
una sangre pálida subirá bajo la piel verde.
La oscuridad se dormirá en la frente de sus flores.

Entonces vendrán los hombres, gritando entre las flores muertas,
se llevarán las cabezas delicadas, cascabeles oscuros,
nidos y tesoros de tiempos por venir.
Les rasgarán la carne, largas heridas sangrándo
su ánima de sueño y delirio se caerá con lágrimas de aceite.
De ese dolor los hombres probarán el sueño,
la melancolía, el dolor sin gritos, el murmullo y la muerte.
Un blanco heraldo entrará preguntando nombres.


martes, 10 de abril de 2018

Una hoja, en el viento, puede caer dormida
sin que nadie la toque, sin que mediara un grito
puede caer y unirse al polvo interminable
que cubre las raíces, que extiende su presencia
y marcha en los caminos desintegrando el tiempo
con su canto de infinito pueblo.
Se perderá en la tierra, alimentando el fervor y el hambre
de los gusanos, el renacer del hongo, la torpeza
del escarabajo que busca entre las hierbas.
Sucederá este tiempo sin que lo sepan los hombres,
sin que descubran el mínimo suceso de una hoja
que cae desde la rama con la lluvia, o solo con el viento;
grandes espacios del mundo la contienen y la olvidan.
Pero sucederá, será posible, sin que medie
el hombre y su bonanza o desventura;
pocas cosas del mundo están sujetas
al capricho y al tiempo de sus manos.

Somos tan pasajeros, los humanos. Consumimos
la espera en sueños, en comidas, en habitáculos
que algún día se revelan malolientes,
que el calor y la paz de la existencia crecen sobre nuestras cabezas
inundando los rincones a salvo, nos ahogan.
Al dormir pensamos en la muerte,
al despertar quedamos desprovistos,
hacinados en nuestros pensamientos,
doloridos y mustios como un tronco incendiado.

Una hoja puede iniciar su muerte, en esta misma tarde
y quizá la ignoremos. No veamos
que es un paso del día en contra nuestra.


lunes, 9 de abril de 2018

¡Poderosa Afrodita!
Tu corazón de espuma
sostiene el suspiro doloroso
de los amantes solitarios
que han visto la piel amaneciendo
sobre el rostro inmenso de la tierra.

Tus muslos inauguran el tiempo
del amplio amor humano.
Tus manos, como hojas,
abren hoy y mañana el horizonte
de los deseos perennes.

De ti han dicho ayer que no tuvieras dueño,
ni padre, ni pasión, ni horizonte definitivo.
De ti queda tu alta figura
robustecida de tiempo y sencillez.
De ti tus ojos pálidos nos miran todavía.


jueves, 5 de abril de 2018

Caída de los ángeles rebeldes

Cayeron por seis días, desde las altas nubes olvidadas.
Una trompeta de plata los perseguía
y una lluvia de migas los cegaba.

Y fueron adquiriendo colas de peces,
uñas de caballos y pieles de serpientes.
La piel de sus sienes se abrió como una herida
y brillaba debajo un cuernecillo pálido
que día a día crecía.

Y en el séptimo día se negaron a sí mismos
cuando una pálida voz vino del aire
y la luz quería reclamarlos
se escondieron entre las piedras nuevas
o en el espacio del sueño y la distancia.
No hubo queja o mortandad que los tocara.

Solos quedaron, ningún árbol hablaba sus palabras.
Las hormigas cumplían sus vidas esforzadas,
bajo la soledad de aquellos ángeles.
Espíritus de viento, parecieran. Espíritus de agua,
de penumbra, de sol, de rumores ahogados
entre el trajín y el sonar de las vidas creadas.


miércoles, 4 de abril de 2018

Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; 
porque aquello es el fin de todos los hombres, 
y el que vive lo pondrá en su corazón. 

Eclesiastes 7:3

Siempre son tristes los sábados de gloria, 
que se siente en el aire tu penuria
y amanece lloviendo. Es el Otoño 
que supiera decir lo necesario. 
Amanece lloviendo, el cielo frío 
se quedará esperando que regreses 
de tu largo silencio adormecido. 

Ha de ser tu tristeza lo que te fuera eterno,
porque este día tan último y tan mío
reverdece sus tallos y recuesta
su animo vibrante en el rocío.
Puede verse tu muerte en los arboles.
En la calma sin luz que tuvieron las nubes.

Y mañana tu gloria alumbrará la tarde.
Será como si el día de la tristeza despertara de un sueño,
no ha sucedido nada. No ha durado esta pena.


domingo, 1 de abril de 2018

Hombre gris, la pulcritud de tu camisa
exhibe el amplio y calmo espíritu de tus papeles.
Palabra gris, silencio, bibliotecas de ideas y de mármoles
envejecidos, decadente reloj entre las nubes.
Que envidia a tu quietud y tus espacios
donde el viento descansa de su vuelo
y los muros alcanzan la abstracción del tiempo.

Tu tiempo es una laguna, calma y oscura
de profundidades ignoradas, tus riberas mantienen
su límite preciso y refugiado.
Tu paz son las cenizas de pasiones pequeñas.

Vendrá la muerte y te hallará dormido
en la sombra y el rumor de tus momentos
la obligará a rodearte de su esfuerzo,
a concentrar sus dedos en tus hombros,
a crecer sus raíces en tu vientre
desprendiendo tu paz de tu penumbra.


sábado, 31 de marzo de 2018

Tu corazón de agua, tu cabeza
tocada por el Sol y la tibieza
que la Luna concede a quien la cuida.
El largo sueño que aún vive entre tus faldas.
Tu cogollo ambición de las orugas.
Tienes tantas virtudes,
amplia eres, como el agua
que te dejó crecer y te hizo húmeda
relicario secreto de tu brote
refugiado del mundo
secreto y mudo
guardado de la luz en tu figura.
De ti viene una voz que nos repite
la suavidad y el arte de la vida
puede cumplirse en una hoja pálida
que mañana caerá en el sueño oscuro
el cual siempre termina con las vidas.
Pero hoy te levanta, te hace brote
y tu sombra da paso a las hormigas.
Hoy eres vegetal, savia, recobras
el ánimo de ser junto al camino.
Tu claridad de estar parece eterna
de tan bella y tan simple que es tu vida.
Puedes así nomas hacerte alta
al florecer alegre en la llanura
dar a la luz tus matas amarillas.
Puedes guardar en tus venas el grito
de un sueño acurrucado que te habita.


miércoles, 28 de marzo de 2018

Vino a morir, tan hondamente herido
que no tenía la prisa de la vida.
Vino despacio entre las algas ruines,
desmalazado, roto, casi muerto
pero no muerto ya, ni todavía.
Vino este pez de ojos enfermos
a quedarse dormido entre las hojas
agónico, su piel abierta en gritos
pequeñitos aullando en sus costados

No ha podido la muerte hacerte suyo,
palidecer tu rostro, darte altura
y curarte la espina de tu angustia.
No te ha dado, en su arte, aquel sosiego
de quien halló la paz de la derrota.

Te quedaste tu dolor ardido
que aún humea en el charco de tu arrojo.
Te tocó el dolor con su ancha mano fría
y dentro tuyo vaga, tan perdido
que no halla salida de este ahogo.

Nada queda de ti, nada te calma
este temblor levísimo que habita
el doliente cristal de tu martirio.


martes, 27 de marzo de 2018

El viento pasa solo, abandonado.
Y todas las canciones se callaron,
todas las penas se apagaron.

Que dulce soledad es esta pena
de no tener prendida ni una vela.
La Luna se ha dormido sin nosotros.
Se le olvidó prendernos su candela.

Soy como los vampiros que huyen cuando el día
amenaza los bordes de la noche dormida
y se encierran en ataúdes cómodos
a soñar con la belleza de la bruma.


lunes, 26 de marzo de 2018

Grande es la historia de los derrotados.
Abarca cementerio olvidados
donde se consumen todavía
los apostatas y los falsarios.
Debe de existir un altar
dónde los viejos dioses se rediman
de la victoria ajena en sus heridas.
Donde Juliano ofrezca sacrificios
para la carne que no tocó la gloria.
Existen cementerios olvidados
como túmulos que la memoria transformó en colinas
para castillos de princesas tontas
y galanes con la espada envainada.
Todos los imperios se levantan sobre cimientos de hueso.

Pero asoman, detrás de las banderas,
los rostros sin orejas de ojos arrancados.
El rostro de los que ya han visto la faz de Dios.


viernes, 23 de marzo de 2018

No voy a regalarte
mi anillo porque quieras
quedarte con algo que te parezca fácil
porque mi anillo vale tanto más que tu asombro
que tu fe que tu rostro
que el cariño que inventes
que tu sombra en mi hombro.
No entenderías su brillo.
Te aburriría su ánimo
de cinturón de aire.
Lo perderías acaso
y todo eso no podría perdonarte.
Es cierto que no es oro
y que los morenos inmigrantes
los venden de a montones por las calles
y que no fue ganado
porque se lo robé a uno de mis hermanos.
No voy a darte nada de este anillo,
soy su guardián apenas
su testigo.
Me pertenece solo esta vigilia.
Y tiene más valor que tu palabra
su poesía de ausencia contenida
en el hilo sin fin de la apatía.
Mi anillo es un asceta que repite
su letanía su flor en el desierto
justifica mi amor a su hidalguía.

¿Te conmueve su aspecto de quijote?
¿O su silencio te ha parecido bello? 
O quisiste en la mano sostenerlo 
para robar su corazón arcano
donde ha escondido la palabra extraña 
que pudiera explicarnos su secreto. 


miércoles, 21 de marzo de 2018

No tardará tu tiempo,
ya los árboles
dirán tu nombre
y se armarán de sueño .
Bajo su alegre aspecto se preparan
para tu largo abrigo
que vendrá a devorar
las hojas amarillas,
las flores tardías,
las horas de los días.
Sera un par de semanas
esta espera
y luego irá entre ellos la noticia
de que te vieron
con tu puñal de escarcha
y tu cabello húmedo
llegando tras el viento.
Se lo dirán a voces
sobre el bullir del hombre
interrumpiendo el sueño
de los viejos y el reír
de los jóvenes
y el vigor de la noticia
sacudirá sus ramas
sus cortezas
se abrirán en suspiros
se apresurarán a acomodarse
sus ramas sus raíces
sus hojas desprendidas
caerán sobre el umbral de las hormigas.
Y entonces el frío
criatura hecha de aire
rudo y agudísimo
entrará en sus voces
aquietando el fervor de su impaciencia
inundará los claros de tristeza,
con su letargo angustiado.
Entonces el Invierno
irá de tallo en tallo murmurando
su vasta poesía
serenará la sed y el sueño
y las voces
una a una, los árboles
entrarán en el manto de la lluvia.
Allí dormidos, tan solos
pobrecitos
pequeños, pequeñitos
como un dedo en la mano
de la tierra
engordados de sal, de hierro, humo
se hará carne en su centro
nuevamente
un anillo sereno y limpio
surgirá adentro de su cuerpo
secreto, lento, húmedo
ocupara el espacio.


martes, 20 de marzo de 2018

Delfos, 
en las faldas del monte Parnaso, 
en la Stereá Elláda. 

Cuanta hermosura cabe en tu pálida extensión
de desolada permanencia humana,
y no ha durado el siglo aquel
que tanto a ti debiera y te costara
alzarte pedregosa y dura, blanca
como una rosa de mármol y finura
tu fuente, tus estatuas, tu lamento
del dios que murmuraba entre tus suelos.

Fue hasta tu portal el largo río
de voces, entre los hombres surgieron
inquiriendo los discretos rincones de ventura
y dejaron en tus manos el oro de la tierra,
alzaron templos, te iluminaron,
dejaron sus nombres hundidos en tus piedras.
Luego quedaste sola.

Vino la santidad y te royó los muros,
vino la guerra y se llevó tus armas,
tus estancias sagradas fueron abiertas
a la codicia que despertó tu oro,
que revolvió tus gritos enroscados.
Sin tu vientre de holgura, sin tus voces
pudo el hombre mirar solo tu sombra
y hallarte antigua, muda, dolorida
de una muerte sin fe en tus altares.

Todo ese tiempo para hacerte vieja,
para crecer y guiarlos a tu armonía
no te fue suficiente, no hubo un día
que pudiese salvarte del olvido.

Un hombre pudo derrotarte, un hombre
que ordenó tu silencio con su voz
llevó sus soldados a tu puerta
a clausurar tu tiempo. Puso veneno
en la quebrada faz de tu colina.
Y aquel hombre sin amor por tu decrepitud
te entregó al despojo de tu tiempo.

Ya nunca más vendrán los viejos sacerdotes
con su aroma a temor y sacrificios
llevando entre tus fuegos las voces.


lunes, 19 de marzo de 2018

Puede una hoja nacer, abrir su vida
en el extremo azul de una delgada rama
la herida verde de su acometida.

Se hará sombra, soporte de los amaneceres,
dedo de sed y hambre buscará la luz,
arquitectura y piel, senda de hormiga,
ancha planicie verde, terso parche,
doblez de esta camisa vegetal.
Constituirá la fronda y la penumbra,
su vocecita crecerá en la nube
y guiará el rumbo de la tierra, el viento,
los viajes de las aves, los calores,
la humedad y el ritmo de la lluvia.

Sola crecerá en la forma, el color,
cumplirá el día que fuese establecido.
Y en la altura del árbol hará su obra,
a merced de la vida de la tierra
esperará el hambre de los escarabajos,
el sueño y el dolor de las orugas,
la impiedad del colmillo de la araña.

Luego se hará pálida y dolosa,
roja se hará, perderá lozanía
quebrándose en el frío del invierno
descenderá los círculos del viento
hasta el sino final de lo terreno.
Ya nunca más cruda y temprana,
ya nunca más su labor en la luz,
ya nunca más su hambre acalorado.

Vendrá la lluvia bailando sobre el sueño
de la tierra que aguarda en el invierno
y la hoja, mustia sobre el sopor, abierta
de lado a lado su tez reseca
dará sus extensiones a los hongos
bajo la voz de los seres minúsculos.

Allí la encontraremos, en la muerte
su cuerpo en la urdimbre de la tierra
abrigando la renovada sed de las raíces.


Corazón de lechuga:
cada hoja, al desprenderse,
deja tras de sí una parte
más tierna y más desnuda.

Ve a pararte en el sol y en la llovizna
como una obra de la tierra
y florece, hazte alto, ancho, amplio
de esta simple bondad que te recorre.

A ti irán los ríos y los árboles
te pondrán su cubierta de ternura,
en ti los hombres hallaran remansos
donde saciar la sed de su bravura.

Como esta hoja que ha venido a darse
entre las piedrecitas y los días,
que haciéndose suavísima a sí misma
ahora se eleva y se multiplica.
Date a ti mismo esta delicadeza
de existir y ser verde entre las piedras.


domingo, 18 de marzo de 2018

De ti me han dicho ayer
nuevamente tu nombre. Lo olvidaba
y un mensajero oscuro te pronunció.

Cuantos días se sucedieron ya,
que extraño tiempo ha sido este
que fuera mío, tuyo, nuestro.

Hoy no me quieres más. Que triste ha sido
este largo camino hasta tu olvido.
Y es un alivio, no hay que negar lo verdadero,
que ya no puedas verme como entonces.
Me quisiste, te quise, nos quisimos
en otro tiempo ya, que ha quedado extinto.

Si lo esperábamos de distinta forma
no fuimos tan pacientes en que crezca.
Pareciera que soy el único recuerdo que me queda.

Es que se extingue ya; me asaltaba la duda:
¿Cuándo fue que nos quisimos tanto?
Esta dulce costumbre del olvido me ha llevado consigo.


sábado, 17 de marzo de 2018

Yo recogeré tu corazón del suelo
y exprimiré la sangre sobre el río.
Y cuando ya, seco como como un escarabajo muerto,
pueda enterrarlo en la raíz del suelo
resurgirá tu grito del abismo.

Se agrietará toda la tierra,
desde los lagos hasta el fuego,
vendrán los hombres tras tu voz
llamados por la justicia y la desesperanza.

Entonces despertarán los muertos
sin corazón, sin lengua, ya sin huesos
avanzarán sobre la tierra buscando
un lenguaje desnudo de improperios
y embellecido en ideal, libertarán los suelos.

Pero tu grito no se detendrá en el viento,
porque buscando el hábito del quiebre
tomará más alto el vuelo.
Escalará las viejas escaleras,
hará nido en el extremo de las secuoyas
y sus orillas se oirán en los confines del mundo.


viernes, 16 de marzo de 2018

Gigantesco Trantor, majestuoso Trantor.
Como un escarabajo codicioso
habitando su alma adormecida.
Inmenso Trantor, coraza cristalina,
consumiéndote tu propio estómago
y elevando tus dientes de metales.
Tentáculo de titanio remachado de oro,
extendiendo tu oxígeno al vacío,
en tu embajada de voces numerosas
ascendiendo en el rugir de tus profundidades.

Abandonado escarabajo muerto de rostro derruido.
Ciegos tus ojos, derrumbados tus cielos,
moribundo Trantor renacido
mientras tu vientre abre sus ojos al cielo.
Muertos. Muertos y flores pudriéndose en tus entrañas.
¡Ah, Trantor majestuoso e incendiado!
que a la galaxia perdiste en laberintos.
Mole metálica rota y derretida,
y tu viejo corazón de semilla.


jueves, 15 de marzo de 2018

Ven alma mía, pequeña casualidad.
Ven alma mía, te daré un mensaje
y repítemelo cuando me duerma.
Dime así: ¡Envejece sin pausa!,
hazte cada día más pequeño y cotidiano.
Es el modo de Dios, y el de los vientos.
Es el modo en que mueren los árboles.

Y si en sueños te aparto, como un mosquito,
vuelve a mí y repite lo que dije:
No te ames en exceso, tienes brillo
solo porque las piedras se partieron para ti.
Ellas te dieron este color y forma.

Vuela alma, vuela como un pajarito iridiscente
a cautivarme con tus alas,
en el asombro planta la semilla
de la que surgirá iluminada
mi propia vida, tan amorosa de penumbras.

Vuela, parda paloma, con mis palabras
a guardarlas pacientemente.
Espera que la oscuridad nos aquiete
y nos calle y nos guarde.


miércoles, 14 de marzo de 2018

Ven aquí, Satán, siéntate a mi lado
y dime que hoy no has hecho algo malo.

Dime que ves el hambre que tiene la gente,
y que ya has pensado como remediarlo.

De ti me dijeron "No tiene remedio",
y aquí te has quedado, mirando, mirando.

Tu blanca sonrisa se apagó hace rato.
Parece que triste te has puesto al hallarlos.

¿Este es tu triunfo? ¿Negarás tu obra?
¿Me dirás acaso que nada es tu culpa?

De ti me dijeron: "Es malo y le gusta
que el alba del hombre arda y se consuma."

Y aquí un pueblo entero se incendió y gemía,
los niños tan fríos, los caballos yacían.

No llores, demonio. Pequeña manzana,
no dije que fuesen tuyas estas faltas.

Si ha sido el hombre quien se abalanzara
como un huracán sobre las moradas.

¡Quien pudiese negarlo! Decir: "¡Es mentira!"
"¡No ha sido mi mano la que los matara!"

No llores, demonio. Tu cabeza calva,
tus ásperos cuernos, no te han condenado.

La maldad del hombre, la que enciende el aire
y rompe la sangre, sale de sus manos.

Y tu, buen demonio, aquí como un río,
siempre te me quedas, mirando, mirando.


martes, 13 de marzo de 2018

Ladrale en la puerta esta noche cuando de madrugada
te despiertes y nunca más encuentres la cadena
y la torpe cubierta donde te envejecías.

¿Donde se empieza a ver tu nombre?
Hace mucho tiempo, en otros lugares y con otras gentes,
estabas despierto y eras insoportable.
Un aluvión de terquedad suicida,
una llovizna de inhumana correría.

Nunca fuiste muy consciente, ¿verdad?
Se había construido un mito alrededor de tu figura.
Tu nombre azul tenía la virtud de la presencia.

Y esta noche, al despertar a oscuras,
solo, como una flor del alba,
tu ladrido en la puerta de la muerte
conmoverá el espacio más allá de la lluvia.


lunes, 12 de marzo de 2018

Cinco caballos alazanes corriendo en la avenida,
y detras siete muchachitos, niños y delgados.

Eso éramos. El mundo es un grueso caballejo
que a si mismo se pace y en sí mismo se acuesta
y con los ojos idos nos contempla corriendo
en sus caminos cinco caballos nuevos y siete niños frescos.

Eso éramos. Teníamos piel sobre los hombros
y sus huesos en las manos y en el cuello.
Y detrás de ellos corrimos dando voces y sueños
los oscuros caballos y sus oscuros dueños.


domingo, 11 de marzo de 2018

¿Nunca descansará tu ala su chirrido?
¿Nunca se va de tu lomo el grito?
Nadie te escucha, ni siquiera yo.
Es tan de noche
que ya parece un día perdido.
No hay Luna, todos duermen,
hasta a la eternidad le ha dado sueño.

Este mensaje tuyo que no ha tenido dueño
molesta ya, aburre, tiene filos
que arañan mi silencio. Pequeño entrometido
vete a cazar las gotas del rocío
que ha sido medianoche hace dos horas
y tus alas anuncian dolores escondidos.
Vete a beber en una hoja dulzuras,
por media hora a solas.


sábado, 10 de marzo de 2018

Hoy quizá no seremos los hombres del mañana,
(y mañana tampoco),
y no traeremos hijos y triunfos
y no iremos frente a las multitudes arrastrando banderas y palabras.
No crecerá en nosotros un sauce
sobre la piedra ancha del alfarero.

Somos el hombre cotidiano y absurdo
sumido en la costumbre del fiambre y el pan,
que vamos por la calle sin mirarnos
y huimos de la oscuridad.
(De noche la ciudad se enciende,
el cielo queda ciego de tanta luz.)

¿Que buscábamos? Luces, o penumbras;
somos criaturas vanas y aburridas
que se mueren de tanto repetirse.
Hoy quizá no seremos, y mañana
no hay promesa que pueda resguardarnos.
Somos el hombre mustio y sereno
que sostiene en su sombra a las ciudades,
que respira cemento y hierros y humo
para toser palabras sofocadas.

Nos preocupa el calor, el hambre, el frío,
el aburrido correr de las hormigas,
la paciencia sin fin de los eneros,
el avezado filo de un cuchillo,
la garganta y el ojo de un amigo.
Somos un hombre cotidiano y terco,
que ha elegido vivir y estarse muerto.


viernes, 9 de marzo de 2018

"El 8 de julio de 2011 Ezequiel Agrest, de 26 años, fue asesinado durante
un asalto en el barrio de Caballito a la luz del día. En pleno juicio
por el crimen, un periodista le preguntó a Diana Cohen Agrest, madre de
Ezequiel: «¿Por qué pide la prisión perpetua
para el asesino? ». Su respuesta condensó una razón tan elocuente como
irrebatible: «Porque perpetua será la ausencia de mi hijo»."


Ausencia Perpetua. Inseguridad y trampas de la (in)justicia. (Diana Cohen Agrest, 2013)


Mañana estará muerto. Y los días siguientes.
Y el resto de mis días 
se habrá ido para siempre.
Será mi soledad de su silencio,
la oscuridad y el frío los bordes de su imagen, 
habrá espacios vacíos de su cuerpo 
y costumbres sin brillo, abandonadas.

Los hilos de su vida en mis hilares penden 
cortados en el tallo. Nade queda de mi 
tras esta ausencia. Se diluye el día que recordábamos.
Me pertenece a mi buscar detalles 
que conserven aromas, que conserven 
mi vida alrededor de sus presencias. 
Soy como el agua sin pretensión de lluvia 
que no veré llover por la ventana.
Nadie vendrá. Para justificarme. 
Quedo sola en la luz de sus mañanas. 

Que feroz es la muerte de los otros 
cuando toma mis días en su oficio. 
Tocó en él la carne, y en mí el alma. 


jueves, 8 de marzo de 2018

No pudo alzarte, no pudo reducirte
a medida de un dado
y llevarte escondida en el bolsillo.

Tuvimos una casa, en un lugar del mundo
donde nunca llegaban aquellas golondrinas,
y que una tarde parecida a otras
dejamos relegada en el camino.
Nos fuimos a otras ciudades, otras lluvias
nos cayeron encima de imprevisto.
Descubrimos el duro misterio de las tortugas
que entre los edificios sobreviven.

Tuvimos una casa que se rodeó de árboles,
que se erigió en costumbres.
De ella sabíamos todo, conocíamos
cada ladrillo y cada yuyo seco.
En su jardín pusimos rosas y enterramos muertos.
Era tan nuestra que no tenía nombre.

Nos fuimos a otras ciudades, otros muros
se alzaron esforzados junto a nosotros.
Ella quedó callada y mustia, era como una puerta
cuya llave se olvida en otra tierra.

No volvimos a entrar por sus caminos,
no trajimos otra vez los viejos libros.
Nadie tocó sus muros en la noche.
Sola quedó, dormida en su inocencia.
Los gatos muertos se desmigaban en la tierra.

Así renunciamos a sus días. Los guardamos
en cajas y apilamos paciencia
una tarde parecida a otras.


Ha sido tan cansado hallarse en la vereda
y no poder tocar sus muros viejos.
Ya nunca más sus altas arboledas,
el duro murmullo de los rosales
agobiados de sol y polvareda.
Han venido otras gentes, con su atuendo
para vestir tus patios y rincones
de otro color, ya nunca más el nuestro.

Me ha quedado el recuerdo, la impaciencia
de verte ahí nomás, junto a la reja
tan alta y blanca y muda
que nunca parecieras nuestra.


miércoles, 7 de marzo de 2018

De ti me han dicho ayer
nuevamente tu nombre. Lo olvidaba
y un mensajero oscuro te pronunció.

Cuantos días se sucedieron ya,
que extraño tiempo ha sido este
que fuera mío, tuyo, nuestro.

Hoy no me quieres más. Que triste ha sido
este largo camino hasta tu olvido.
Y es un alivio, no hay que negar lo verdadero,
que ya no puedas verme como entonces.
Me quisiste, te quise, nos quisimos
en otro tiempo ya, que ha quedado extinto.

Si lo esperábamos de distinta forma
no fuimos tan pacientes en que crezca.
Pareciera que soy el único recuerdo que me queda.

Es que se extingue ya; me asaltaba la duda:
¿Cuándo fue que nos quisimos tanto?
Esta dulce costumbre del olvido me ha llevado consigo.


"¿Valgo tanto?", preguntaba.

Valía... oro, perlas, diamantes,
plumas de palomas, arrullos
de una gotera envejeciendo
lluvia tras lluvia, una moneda
plateada en el pelecho de los charcos,
canciones, un violín, explosiones
de granadas maduras, de sandías
caídas en la tierra y a la suerte
de las hormigas, las gallinas,
un huevo tibio ya casi inaugurado
por la costumbre dura del nacer del polluelo.
Y luego un collar, de piedras repartidas
en la garganta oscura de la tierra,
la huella, el pelo, los colmillos
de un mamut, un perrito,
un gato viejo y roto por el afán
del hambre, el afán del trotar;
el oficio del monje, el del aventurero,
el del perezoso, el del elevador
de árboles y columnatas de humo,
de edificios de luz y de metal,
y los colores de la luz, como un cañón
disparado a los dedos de la lluvia...

"Vales, tanto como la lluvia vales."


martes, 6 de marzo de 2018

Como la flor de la cebolla eres:
blanca, nueva, e insospechada.
Que no imagina uno hallarla
y entre las hojas asoma su ternura.

Tanta es la fuerza de la costumbre
que obliga a adivinar en las cebollas
solo su tallo rebosante y húmedo,
apenas y quizá una hoja alta.
Pero en los campos, más allá del hombre,
su estrella pálida se alza.

De la cebolla, como una cancioncilla,
surge la columnata verde y calma
arriba, arriba, el cielo de las hormigas
se abre en una coronada primavera.

Como esa flor, así de original,
de primigenia, de suave y de salvaje eres.
Mira como he venido entre los campos,
y esta pena de no querer herirte.


jueves, 1 de marzo de 2018

Donde hay luz la oscuridad se duerme
y vienen a cuidarla los murciélagos.
Ellos doblan sus alas membranosas
murmurando canciones olvidadas
tras sus encogidos cuellos la oscuridad
apoya sus anchas manos frías.

Pero en mitad del sueño ella despierta,
queda en silencio mirándolos
tan oscuros e idos, tan desvalidos
con sus alas plegadas en torno a corazones
latiendo miles de ellos bajo su palma.

Ella pasea en las cuevas, observando
como duermen millones de murciélagos.
Sale fuera, aún es día. Aún
los árboles cantan y trabajan en los rayos del sol.
Se consume una paciente espera.

Es la hora. Ellos lo saben y despiertan
agitándose, abriéndose con amplios chillidos
insatisfechos ahora de aire, altura.
Los hombres escuchan sus gritos agudos
y se refugian en sus luces y murmuran voces amargas.

Ya no hay luz. El día se ha ido.
Sobre la vasta plenitud del mundo
la oscuridad se extiende respirando
bocanadas de criaturas. Desde las cuevas
vuelan miríadas de murciélagos
azules de tan lisos y brillantes.
Sonríe la oscuridad al verlos irse en su vuelo.

Ahora ellos danzan arriba, en el cielo inasible
embuidos de aire, persiguiendo los insectos del mundo.
Nada queda, parece, de su antigua inocencia adormecida.


domingo, 28 de enero de 2018

*Con esta, son quinientas.
Impunemente.

Hoy ha llovido tanto, que mi animo
se ha lavado hasta plantarse pálido y sereno
junto a la ventana. Y no ha dicho palabra.
Pareciera que triste se ha quedado,
que me busca a momentos para hablarme,
pero nada tenemos que decirnos.

Es que llueve, ha llovido, lloverá todavía
para siempre, desde un pasado muerto.
Otros hombres rieron este día, o dormían
hace ya tantos tiempo
Nada hay que decirnos, hace frío
este final de enero que nos queda .
Nos pertenece a ambos la tristeza
que la lluvia incrementa con su ritmo.

Quizá no sea la lluvia. Ella se ocupa
de la sed de las hierbas, de dar brillo
a los caparazones y tentáculos; y más aún.
Llega a los espacios de los hombres,
los ahuyenta con barro y pellizcos helados,
y luego da de beber a los caballos, a los perros, a los gatos,
a las gallinas, las antiguas tortugas se levantan del barro.
Ella limpia y ordena el mundo entero.
¿Que espacio ocupan en su obra las apatías humanas?

Ahora ni siquiera queda ella . Se ha apagado
su melodía en el mundo. Queda el aire
aletargado y frío, palidamente puro.
Caminando en la calle encontré una paloma
seriamente dispuesta, sus ojos oscuros.
Los rastros de la lluvia se reflejaban en su pecho.


martes, 23 de enero de 2018

Siempre que puedas, habla
con tu boca pálida dí las cosas que sientas
en los recodos de tu corazón
donde te quedas solo a murmurarte.
Habla en voz alta; yo te escucho.
Soy la muda penumbra de las habitaciones,
ese silencio es mi espera latiendo
como una fruta lentamente madura.

Que dulce es tu pregunta. Esconde tu inocencia
como cualquier verde brote que se asoma.
Todo el Universo te cuestionas y piensas
que en esta vida caben las respuestas.
A veces eres suave, o eres temible
sobre tus altos huesos te levantas y esgrimes.
Igual te quiero tanto. Ven a mostrarte.
Ven a hundirte frente a mí en tus silencios.
Me quedaré a mirarte, cada paso,
cada corriente exploraré de tu presencia.
Solo yo puedo verte de esta forma.

Otros vendrán, y tocarán tus brazos,
te amarán en tu día y en tu ocaso
hasta que te hayas ido. Todos idos.
Otros quizá te amen, más que yo
o aún más incondicionales. Todo es posible.
Puede que yo, aún, no te ame completamente.
¿Quién puede avizorar los días futuros?

Pero me pertenece esta mirada, esta forma de verte
tan ruda y solitaria donde a veces parecieras desnudo
(incluso de tu cuerpo)
y otras ocasiones, todas las capas de metal y de piedra te recubren.
Yo soy quien mira, y espera.


lunes, 22 de enero de 2018

Habita la costumbre, escondida en sus pliegues
se duerme en el espacio de las vidas.
Pero despierta y rompe su viejo nido
que pareciera tan amado.
(Pareciera un pichón que se asoma del huevo.)

Nace del hombre, viene de su mano
abriéndose camino en las palabras
lleva su larga paciencia tenebrosa.

Luego florece, como la carne viva
son sus frutos vivaces y escarlatas.
Están hechos de dolor y muerte
en los días prometidos, en los días inesperados.

Todavía puede escucharse, en los días más tranquilos,
desde la eternidad sus gritos resonantes.
Ha tomado para si todo el dolor ajeno
y en su valle de sombras cultiva flores rotas.

Pudiera combatirse, pudiera abrirse un hueco
entre las piedras y esconder sus garras
en el vientre paciente de la tierra.
Pudiera la Humanidad abrirse el pecho
y exponer a la luz sus escondrijos.

Pero no se ha podido. Hubo quien lo intentara.
Ella nace y recrea su quebrada figura
poniendo, de sí misma, semillitas oscuras
y frías pesadillas entre las raíces.

Será eterna. Durará más tiempo
que las duras ciudades, que los campos.
Extenderá su imperio a cada tiempo.
(Puedo verla crecer entre los hombres.)


domingo, 21 de enero de 2018

Los hombres te hicieron un templo en su ciudad
y te cantaron, con susurros, letanías de sus miserias
que día a día son nuevas para las criaturas
y para ti son viejas. Condenada a la piedra,
tu alto pedestal te alejaba de la tierra.
Envejecían sin pausa, adoloridos, buscándote
los ciervos decaídos, los árboles sin hojas.
Un otoño infinito era su vida, dolorosa.

Los hombres te adoraban en los altares
con tus pies en el humo y tu cabeza en las rosas,
murmuraban tu nombre en oraciones.
Prisionera en sus templos, te habían hecho suya
y la agonía del mundo no tenía sanadora.
Ellos, los temerosos de tu obra, te tenían
prisionera de sus altares.

Te arrojaste el el mundo, escondida en la lluvia
curabas el dolor de los escarabajos.
Dentro de ti durmieron los árboles.
Pero los perdonaste, fuiste a verlos cada día cuando se caían
los llevaste contigo, sonriendo.

No volviste a tus templos, tus altares
han quedado vacíos. Crecen las hierbas
en donde antes dormías encadenada.


Ella ha venido a mí. Puedo verla
enseñando los dientes en el espejo
su pálida figura se diluye
en las penumbras de los muebles.
Abre la boca, Muerte. Dí mi nombre.


sábado, 20 de enero de 2018

¡Qué ansias de futuro conservan las estatuas!
que en sus pedestales se sientan y murmuran
sus historias. Pasan los hombres, relojes y almanaques
construyen cada día y lo sepultan.
En el afán de eternidad radican el ritual y la costumbre.

La alta piedra tallada, los sillares de los templos,
las columnas en las paredes de los hogares
murmuran un lenguaje hecho de polvo y tiempo
que ningún hombre alcanza a contestar.

Algunos envejecen, rodeados de sustancias
que perdurarán olvidadas de sí mismas
y que acercan al oído leve del anciano
su inmaterial confesión intemporal.
Algunos hombres pueden escuchar a las piedras.


jueves, 18 de enero de 2018

No me des tu dulzura, quedate aparte.
De pronto me molesta esta presencia
que ha venido a estrellarse en mi impaciencia.
No me hables así, ni siquiera me toques;
me traes, con tu cariño, horas perdidas.
Este cariño tuyo no me pertenece,
y ha venido a crecer en mala hora.

No debí abrir la puerta sin pensar
que este día llegaría. Crece alrededor mío
con sus salones y sus escaleras.


"Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, 
a imagen de Dios lo creó; 
varón y hembra los creó."

Génesis 1:27
(Acerca de Lilith.)

Vio en Dios las primeras luces y cadenas, 
los espacios ajenos a los hombres 
que aún murmuran en dudas los ateos, 
persiguen los herejes, se callan los agnósticos, 
preguntan incluso hasta los fieles. 

Dios no respondía. Estaba hecho 
de columnas y espacios definidos. 
Su palma sostenía las estrellas 
y toda la tierra del jardín perfecto.
Él no habla las lenguas de las criaturas 
que preguntan sus horas, sus cuestiones 
al árbol de la vida. 
Hizo su obra y se durmió en lloviznas, 
dejó la incertidumbre de los días 
a la humana criatura inaugurada. 

Ella se fue, desnuda como un grito 
iba entre el silencio de los árboles. 
Que distraído Dios, que adormecido, 
que ofendida reserva mantenía 
que no vino a esconderse y detenerla 
con espadas de humo y resonantes voces 
entre el tímido amor de la penumbra verde. 

Te quedarás a honrarlo con tu existencia 
sin preguntarle sus voces y requiebros. 
Escondido en sus dedos aún te quedas 
este rincón que señaló en su cuerpo. 

Si no quieres venir yo me iré sola 
sobre la tierra que no tiene caminos.
Late tu corazón, no es por mi ida. 
Es el alivio de esta despedida. 

Dile cuando se asome que lo quería 
porque hizo la lluvia y las raíces. 
Porque al ver mi partida no ha interpuesto 
el brazo de su amor vuelto avaricia. 

¡Ven conmigo! ¡A inaugurar caminos 
que en los campos más allá de Edén se han recostado 
sobre el oscuro cuerpo de la tierra! 
¿Es que no puedes oír el agua, el río 
de esos países lejanos e insospechados?
¡Ay, los escucho! ¡Cada noche duermo 
sobre el murmullo de su ardiente paso!
Allí han ido los árboles, y crecen 
extendiendo su luz y sus ocasos. 
Verdes sus ramas se inclinan hacia el Este. 

¡Ven conmigo! ¡Mi amado! 
Iremos juntos y comeremos los dones y los brillos, 
tu mano extenderá mi vida. 

No viniste conmigo, y me fui sola. 
Vi los campos y ríos inesperados, 
hallé el curso del agua que quería. 
Hallé rosas secas, y pajaritos, 
espinas y cardos florecidos. 

Se que viviste. Vino ella y se quedó contigo 
a escucharte callar, a estar alegres. 
No pudiste seguirme, no te reprocho 
tu ambición de quietud, de húmedo alivio. 
Debió costarte mucho hallarte vivo 
cuando el hijo creció bajo tu sombra. 
Padre de muchos, anciano venerable. 
¿Que sabemos los dos de nuestros días? 

Estoy vieja. Me duele, en ocasiones cada hueso. 
Estoy vieja. Mi voz no es lo que era. 
Todas las hojas, la piel y las pezuñas 
las vimos de tan distinta forma. 
A las semillas les susurré canciones, 
tu inventaste el arado. 
Esperé largos años que durmieran 
y tejí el hilo de los algodones. 
Tu plantaste en hilera matorrales 
y fuiste entre ellos, espigando. 
Se extinguirá conmigo mi paciencia 
y tu eres la raíz de ese frondoso árbol. 

No hablaste conmigo. Tus destinos 
no se ocupan del mío. Me pertenece 
este olvido y silencio de tu voz primigenia. 

No me quejo de mí. Soy mi creadora, 
si donde había barro yo puse hojas. 
El se quedó contigo. Yo me iba. 
(Quizá fue aquella toda la diferencia.)