miércoles, 22 de mayo de 2019

Sexcentésimo escrito, 
perezosamente.

El gato miente siempre, no parece
que detrás de sus ojos aguarde el oro
y no ha querido impresionarnos.

Cuando lo ven correr, no está corriendo;
escapa acaso de una sombra furtiva,
no duerme, no vigila, no medita.

El gato alcanza la suprema abstracción de la penumbra,
ronda suelto más allá de la luz y de la nada,
deja que el pie del gato camine sobre el polvo finísimo,
sobre el pueblo inmaterial que lo rodea.

El gato no duerme, se desvanece. Abandona
la corpórea sensación del gato que observamos,
lo deja allí desnudo y desmayado, entreabierto
a la curiosidad de la ternura queda solo la carne.
Y el gato se escapó por la ventana, ha escalado ya la corriente del aire.

No puede conocer el hambre, el gato debe permanecer ajeno
a toda la miseria material. Con su pureza exige
que no lo acosen los males de este mundo.
El gato necesita estar entero y rígido a la espera
de un fantasma, una voz, una hora a solas
donde hablará su idioma de ronquidos
y nadie más podrá saber que dice.
Y nadie podrá averiguar su origen.


miércoles, 15 de mayo de 2019

Se llamaba Marjan y lo regalaron
a las montañas azules, Kabul bajo las nubes
lo recibió murmurando entre las piedras.

No habían visto un león durante miles de años,
las montañas se asomaban a mirarlo,
las calles se abrieron polvorientas y antiguas.
Buscaban recordar como era su sombra,
el color y la forma de su paso.

Las calles recordaban los días anteriores;
la vejez de sus muros agobiados
despertó asombrada de mirarlo.
Los arbustos olieron su melena
con las rosas rudas de un jardín anterior a todo sueño.

El león era nuevo, tenía las uñas completas.
Lo regaló un pueblo que no quiso guardarlo,
lo regaló un hombre que no lo había visto nunca.

Fue mala suerte llegar aquellos días,
las montañas temblaban retorcidas.
Esforzarse en vivir, andar despacio,
correr al desamparo y el olvido.
Los muertos caminaban por las calles.

Perdió la dentadura, perdió el hambre
de tanto usarlo, perdió el arrebato y la melena,
se le extinguió la fuerza y la pureza
detrás del hierro y de los muros débiles
perdió la edad y el hábito de hacerse.
Cuando quiso pelear, perdió la guerra.

De su derrota salió solo la noche,
de aquella oscuridad salió la pena,
de su pena creció la muerte sola,
de aquella soledad quedó la ausencia.

Cuando los viajeros llegan a Kabul ha sucedido;
aquellos días ya no nos pertenecen.
Las manos que empezaron esa guerra
hoy están muertas o ya no la recuerdan.
Somos muy pocos. El león ha muerto.
El polvo duerme sobre aquellas piedras.


martes, 30 de abril de 2019

Ahora podes dejarme, estoy entero
y te saque un trocito
de tu estar y tu aroma. Conservo
la sombra de la puerta, árboles y voces.
Cuando te vayas no podrás llevarlos,
no sabrás que se quedan
conmigo en una esquina.

Hoy que podes irte, no te fuiste completo
porque quedé con algo que no estaba previsto.
Cosas que no sabíamos que podían perderse,
quedaran estacionadas entre detalles útiles.
Así pasó con vos, quedaste
como un gato dormido.


domingo, 21 de abril de 2019

El gordo Valor y Mario Benedetti, 
que hoy leía a uno y escuchaba al otro.

Un hombre roba bancos y otro escribe poemas.

Aprendió los detalles del oficio, las runas
ocultas que aguardan la habilidad y la sapiencia
de la mano humana que retuerce el candor y el ronroneo
de una llave escondida en la penumbra.

En mitad de la noche levantan la cabeza y sonríen
hacia una forma que pareciera ajena,
hacia una esquina que se asoma discreta
y llaman desde más allá de los árboles
a la ansiedad que viene con la espera.

En esta hora cubierta de polvo que se agazapa
para rasgar una parte de las dudas y las voces,
buscando que se pueda desprender de los otros
una moneda brillante de tan pura.


sábado, 20 de abril de 2019

"la culpa es de uno cuando no enamora 
y no de los pretextos                       
ni del tiempo"                                  

La culpa es de uno, (Mario Benedetti)

Comencé a dejarte porque me aburría 
este estar sin estar, este llegar sin haber ido 
me dejó tan cansado que te quité mi espacio. 
Y me fui solo y apenas para constituirme 
sin la necesidad de estar contigo.

Fue bueno levantarme después de tus ausencias 
porque nada tenía necesidad de ti, 
el día completo vino empujándome siempre. 
Estuve tan ocupado, fui solo a tantas horas 
que me dejó olvidarte mi costumbre nueva 
de estar sin pedirte permiso. 
Las horas que antes eran solitarias y amargas 
fueron inauguradas, de nuevo entré en ellas 
pero no te buscaba. Solamente quedé 
y me gustó de pronto este largo silencio.

Si aquello fue tu amor, ya no quedaba 
nada de esa paciencia. 
Te dejo, digo esto porque entonces 
valió decir te quiero, aunque hoy ya no. 


viernes, 19 de abril de 2019

Para que nada ronde tu oscuro corazón
te cubre el cuero gris de tu torpeza.

Tu figura compuesta de llanuras,
tu intrincado perfil de alturas,
tu corazón acorazado y duro
como una piedra que no ambiciona el cielo.

Piedra de oscuridad y de berridos,
armado y campesino, errante sueño,
te bautizaron con antigüedades.

El rinoceronte es el animal perfecto.
Pertenece tanto a la bestialidad como a la pureza,
y tanto a la naturaleza como al mito.
La mitad de todo él es invento ajeno.


Cuando nazca le pondrás un nombre,
dirigirás sus pasos,
le darás las cosas y las manos.
Será como si el hijo cumpliese cosas propias,
molestará su fiebre, completarás sus horas.

Después crecerá solo,
tomará espacios y estaturas.
Llegará hasta donde no llegarás.

¿Qué sitios ocupó dentro de ti?,
¿que ternuras se volvieron necesarias?
Los niños, cuando nacen, son como las semillas
que el sembrador tiraba sobre el mundo
y crecen desmedidos e inconstantes.

¿Aprenderá a asombrarse en las hormigas?,
¿tendrá tiempo de ver como rodean el tiempo de los hombres?
¿Qué traerá este niño que sea renovado y bueno?

Cuando nazca la urgencia será tan repentina
que el tiempo de las hojas del lapacho podrá olvidarse.
Podrá ese niño no saber que crecen también los árboles en la tierra seca.
Que una parte del humo y de los hongos quedan a su resguardo.

Quizá no necesite nombre, y solo las hormigas
alcancen sus rodillas para que se sonría.


jueves, 18 de abril de 2019

Yo, la flor, no tengo número.
Soy quien se esgrime como una mano limpia,
renovada de estar bajo la lluvia.

Puedo crecer al amparo y la brisa,
puedo acumular mi desnudo quedarme.
Tengo solo el deseo que da el hambre
y crezco con la sed de los que nacen.
Me muero solo al cabo de las horas.

Yo heredo la complicada geometría
de una flor que no está y aquí y allá crecía.
Ignoro todo aquello que se encuentra
más allá de mi sed y de mi espera.

Tengo el destino de las cosas viejas
que suceden a solas o se encuentran
con la mano, el silencio, o la llanura.

Nos vestimos el hábito del tiempo sucedido.
Nos somos una sola, repetida.


Cuando murió Agapito el pueblo quedó mudo,
sus horas se enroscaron como uñas.
Los árboles empezaron a caerse.

El pueblo tuvo entonces tardes grises,
de polvo y de ladrillos calientes.
Allá donde su sombra ahora hubo muros,
donde su perro quedó solo el silencio.

Agapito traía el mundo de los hombres a cuestas,
arrastraba un costal de cosas muertas.
Y sus manos buscaban solo lo necesario.

Era como un cachorro que ha quedado con hambre,
y era como una perra que se aleja y se lame.

Cuando murió su tiempo lo acompañó en la muerte
sin ruido y sin pausa entre la gente.
Era como la lluvia que se va tras el viento,
o era como una calle que se queda en silencio.
No hubo quien le pidiera quedarse con el pueblo.

Agapito era el hambre y el temor de los niños,
era el perro que gruñe a quien lo hubiese mordido.
Había perdido el habla, el brillo de las uñas,
había quedado solo con su sarna y su olvido.

Recorremos un tiempo y elegimos.
Cuando abrimos los ojos, cuando quedan cerrados,
Agapito podía caminar en el hambre, y en el frío y la locura,
podía estar desnudo en mitad de la calle
y reírse sin alma con los ojos brillantes.


A veces uno olvida que ya pasó ese tiempo,
que este día vino sin recuerdos.
A veces anochece como hoy
y uno quisiera volver entre las cosas
para encontrar claveles escondidos,
o poner una naranja en tu cariño.

Es buscar recuerdos que nunca fueron míos,
o robar un encanto que no hemos conseguido.
Soy como el hombre que quiso y no encontró manera
de beber toda el agua de aquel río.


jueves, 11 de abril de 2019

Pero no te despiertes,
fresno, no te despiertes
por que me gusta tanto
el aire cuando duermes.

Pareciera que todo el invierno
ha venido a posarse sobre el día.


jueves, 28 de marzo de 2019

Quiere erguirse en la tarde
y esperar la lluvia, sabe
que el Otoño vendrá por los caminos
azules de silencio.

Yo tengo alma de árbol,
quiere ramas intactas y robustas
que envejezcan junto al rumor del pueblo numeroso,
alimentar el sueño de las cigarras,
esperar consumir luces y alturas.

Se asoma a las ventanas angustiadas
pidiendo sin pedir una hora a solas
que brillará en su mano y en sus ojos.
Querrá volver de noche
con piedras dormidas en el bolsillo.


jueves, 21 de marzo de 2019

Sin poder esperarlo, sin haberlo sabido,
de entre todas las cosas, te hiciste necesario.
Cuando yo aún podía vivir en la penumbra
no te necesitaba; tenía las mariposas y los gatos,
había descubierto las manchas de la Luna.
Con el antiguo lenguaje explicaba las cosas
encerrado en mi paz y en mi derrota.
No ambicionaba los límites del viento;
era como un caballo liberado en el campo
satisfecho de pastos, gordamente plácido.
Era la paz lo que yo allí tenía
cuando no conocía la obra de tus manos.
Luego extrañé ese tiempo y esa sabiduría
que protegía mi sed de tus aguas oscuras;
la busqué entre los días recordados
para explicar lo diferente y nuevo que tu voz me traía.
Quizá si tu dolor me hubiese dado treguas
no habría añorado tanto los días
en los cuales aún no te conocía.


lunes, 18 de marzo de 2019

S. Bolivar-M. Sáenz.

Que flor, que aroma, que combate
te llevará consigo sobre el viento
a defenderlos, a conquistar un tiempo
sin ánimo de conservarte entero.
Tu arrojo de metal incandescente,
tu espíritu bravío de palabras perennes,
tu espada previsora y combatida,
tu rostro carcomido de papeles,
te puso capitán con el sombrero
y te dejó su polvo en los pulmones.
Ay, general!, de estrellas insomnes,
de combates inútiles, de amores apurados,
de cajones y libros olvidados
en los anchos bordes de este camino seco.

Quiso quererte nomás, es evidente.
Quiso quererte nomás y verte cerca
después de que partieras al galope
dejando descender la polvareda.
Quiso quererte cuando ella se iba
y quedabas planeando atardeceres,
o cuando ella llegaba, a escondidas,
furtivo amor esquivo día.

Quizá no fue tu amor el del poeta.
Él puso en ti palabras antojadas
de aquellas horas ajenas y secretas
que no han querido verse develadas.
Cuando quedó, de ustedes, el silencio,
cuando el jazmín halló solo su sombra
y ya no más murmullos floreciendo,
vino el poeta y dijo cosas sueltas
que eran como consuelos en la lluvia.
Porque tanto silencio era afligido,
porque después del tiempo perduraba
un nuevo día hijo y vacío
como una tierra nueva que empezaba.

Y hubo que ponerle las palabras
erguidas frente al sol, como obligadas.
Se sintió necesario. En los retratos
los muertos sonreían y callaban.


jueves, 28 de febrero de 2019

Nemuri-Neko

Fue tallado hace años, él no despertará.
Cuando quitaron el peso del árbol quedó solo
y dormido, más ido que una estatua,
no abrirá los ojos, no perderá el aliento.
No saldrá a conquistarse amores ajenos.

No volverá a comer ni a usar las uñas,
quizás el sueño lo mantenga eterno.
No verán las palomas saltar sombras.


miércoles, 27 de febrero de 2019

Dejo huellas repletas de murmullos, agito
el aire de los árboles para dormirlos y para despertarlos,
completo las sombras de las hojas,
completo mi espacio con el aire,
completo tu aire con mi aire,
no tengo más que estos brazos frágiles
y este rostro desnudo.
Estoy tan solo
que busco multitudes,
que pido tu presencia, espero
que te quedes, me acostumbro
a seguirte y comer adentro de tu sombra.
No tengo nombre que conozcas, no tengo
aroma que puedas ambicionar en vidrio,
soy parte inevitable de los edificios, puedo
permanecer y renovar mi especie. Tengo tiempos
que aún no se agotaron, que vendrán resembrados.
¿Ya tengo nombre?
Lo encontraré en el suelo de la plaza,
más allá de la luz estará verde.


jueves, 21 de febrero de 2019

Yo recuerdo la lluvia,
cuando yo no nacía todavía,
como una túnica gris de la tristeza
y como alivio grato al peregrino.

Cuando en la catedral llovía
como una torre más, pero de lluvia,
para que dios tuviese parte en la obra
con sus gotas azules sin memoria.

Cuando la lluvia se cubrió de sangre
y fue a esconderse donde no la vieran
con su vergüenza roja.

Y recuerdo la lluvia donde nunca estuve,
porque la visto gris bajo las nubes
y verde entre las hojas
y, junto a la tarde, roja.

Toda la eternidad cabe en la lluvia.


martes, 19 de febrero de 2019

"¿Con quien estás hablando?",
le decía mi vecina a su perro
cuando ella llegaba a casa 
y él lloraba quedamente tras la puerta. 

Días de otro calor que ya no están. 
Quedó vacía, la casa se levantó 
y subida a un camión se fue una tarde. 

Se van las voces y los días, 
como si fuesen de agua 
dejaron lavada la puerta dormitando 
en la paz penumbrosa que llegaba. 

(A veces dejo entreabierta mi penumbra, 
y pareciera que llora el perro esperando 
que venga esa costumbre de cariños.) 


domingo, 17 de febrero de 2019

De un hombre que era malo y se murió.

Cuando murió fue condenado a vivir en un zapallo, 
a ser oruga y viento, a tener alas, dolorosa
y augusta mariposa, fue atrapado en las redes de la araña,
fue cubierto de esquinas, fue ceniza,
y luego fue madera, y fue hoja y rama, y hoja y rama secas,
cayó cuando no hubo más que sol y arena,
repitió cada aroma de la selva,
esgrimió las antenas de la hormiga,
se completó con agua de la lluvia,
se durmió custodiado por las focas.
Recorrió las llanuras del abismo
donde las luces no huyeron y venían
a verlo caminar perdido
entre la inmensidad de su abandono.

Se halló de espíritu flotando
y no tuvo horizontes disponibles.
Se halló durmiendo suspendido en la luz
y no tuvo reposo de su altura.
Allí fueron a cruzarlo los gatos que salían
maullando de tan idos y enamorados
inaccesibles de tan ajenos.

Tuvo respiración y aroma nuevos,
se abrió como una flor que sabe
que tiempo es y que tiempo inaugura.
Lo despertó solo la luz que reía en los umbrales,
entendió sin saber cuando entendía.
Y se durmió en el humo de las velas.


sábado, 2 de febrero de 2019

Impresiona tu fe y tu grandeza
tan solemne y tan bella.
(Se parece a una piedra que no fuese construida
y por si sola se eleva. Queda en la tierra
oculta de todos la amplitud de su cuerpo.)
Cumples en el mundo tu función,
gira tu porte y respiras
donde las hierbas te contemplan.
Murmuran a tu sombra sus alegrías.

No aspires a tu rol de guardia y carcelero,
a tu sombra la tierra inaugura sus túneles,
tiembla de tan viva aunque parezca muerta.
Los hombres te elevaron un día ya olvidado,
después se marcharon. Se fueron construyendo
sus altas y calientes ciudadelas de encierro.
Estabas destinado a ser su tapia,
eras como la línea por la que Rómulo se cortó las manos.
Cuando se enteren que ya los traicionaste
vendrán con martillos y palas a quebrar tus raíces.
Este largo silencio con la tierra no les pertenece.

De tu difícil muerte podrá verse
los escombros esparcidos en el suelo.
(Ni siquiera los árboles logran borrar tus huellas
porque el ladrillo es como un grito enroscado.)
Sucede, en ocasiones, que la muerte dura más que las vidas.


miércoles, 30 de enero de 2019

En Francia la gente salió a la calle
enojada y fervorosa, algunos se reían
en las esquinas, en los cruces de rutas
se juntaron poniéndose chalecos amarillos
y gritan consignas intraducibles;
(porque vienen desde el francés intraducible
que vuelve a casa cada día y sale nuevamente
y vive la Francia contemporánea que se exhibe
en su chaleco amarillo, en este invierno
que ha venido a rodar en las esquinas).

Salieron a las calles, y gritaban
frente al silencio de los policías,
frente a las vidrieras iluminadas,
frente a los edificios de postales,
bajo el arco triunfal como un elefante,
marcharon por las calles de la Francia adormecida
y los alemanes, los chilenos, los húngaros,
los argentinos, los uruguayos, los surcoreanos,
escuchaban sus gritos, escucharon, escuchan
las voces airadas, los gritos en las calles,
el sonido descoordinado y sucio de un pueblo vestido de amarillo
que ha salido a las calles y camina gritando
dolores antiguos, penas renovadas, ignoradas protestas cotidianas
que el invierno humedece y han crecido.

Son como flores en las calles, son como miles de flores amarillas,
en las calles, en los cruces de rutas, en Paris.
(Europa despertará de la noche y se encontrará amarilla,
con los dedos amarillos, con el torso amarillo,
con gritos amarillos en las calles,
y la lluvia y los cerros, el agua toda irá amarilla
gritando protestas cotidianas hasta la costa
toda teñida de amarillo.)

Vendrán las voces renovadas y plácidas concediendo disculpas
y relamiéndose el amargo dolor de estos chalecos.
Vendrá la noche con su sueño a cuestas
para cubrir este campo de flores que protestan.
Vendrán la eternidad y la paciencia burocrática
para tomar las flores y endurecerlas,
para cortar su tallo hasta lo adecuado de la primavera conservada.
Vendrán las flores en las calles, gritando, amarillas, gritando.


lunes, 28 de enero de 2019

"(...) y los trenes eran animales mitológicos 
que simbolizaban la huida, la fuga, la vida, la libertad."

Cuando era más joven, (Joaquín Sabina, 1986)

Yo nací con la agonía de los trenes,
cuando estaban tan viejos y demacrados
que moverse les dolía. Dicen
que un día se detuvieron en mitad del campo
y el enojo de los hombres no conseguía moverlos.
Yo había nacido pero aún no estaba
y no recuerdo el calor y el metal, los bancos de madera,
los estrechos pasillos de su vientre tembloroso
que una vez me llevaron sobre la tierra,
y ya estaban entrando en el silencio.
La edad de hierro decayó en penumbras,
atravesó los días del hombre, abandonándolo.

Hubo una tarde que lo vio detenerse
jadeante en el campo, y los hombres
tuvieron que ir a socorrerlo, a él,
buey de metal y gloria inmemorable
como un dios domesticado,
como un padre resquebrajado y duro,
imitación industrial del vientre primitivo
y dolorido gigante con los pulmones agotados.
Los hombres te encontraron débil,
muriéndote de pie, como los árboles;
quisieron ampliar tu eternidad,
llevarte de nuevo a la ciudad para tu abrigo.
Pero ya no estabas con ellos, moribundo
cumpliste su pedido y entraste en el silencio.
Yo había nacido, pero aún no estaba
cuando me alzaste y en tu vientre
yo, criatura elaborada en la mañana,
usé de tu crepúsculo un trocito.
Y luego hallé tu cuerpo, solo
en la vereda de los edificios, estabas
descolorido y frío en los museos. De tu mundo
quedaba solo el hierro, como una calavera con tornillos.

Cuando te fuiste quedó tan grande el espacio de tu ausencia
que tus huellas eran como pueblecitos
diseminados por los bordes del río y en los escondites de los montes.
En el último día de tu muerte decretada
quedaron sin tu voz deslumbradora las casillas verdes.
Tu imperio de distancias quedó sin dueños,
abandonado, el viento tuvo que hacerse cargo
y llamó al polvo, a las semillas, condujo
el pueblo de la gramilla para esconder tus vías,
costillas enterradas de tu metal ardido.
Quiso la tierra recuperar su espacio,
o cuidar el olvidado resto de tu maravilla,
pero no pudo mantenerte oculto para siempre.
Se sabía, que tu abandono era definitivo,
que tu derrota aún valía, tus vías
fueron arrancadas de los campos una a una
desde el beso de la tierra la madera y el hierro
fueron recobrados a escondidas por manos anónimas.
Entraste a formar parte de los pueblos.
Tus rieles para los techos, sosteniendo
los muros y el espacio renovados;
tus salones quedaron sin resguardo, solo los años
te habitan y ya no te esperaban.
Y tus maderas, arrancados desde la profundidad
del monte antiguo, desde la edad ignota,
tuvieron ellos el destino triste de las hogueras,
de los puentes pequeños cotidianos.
Después de ese silencio y esa muerte,
no pudiste volver a los caminos
y los caminos fueron desguazados.
Yo vi una vez tus huesos arrumbados,
dormidos en el olvido de la mañana,
y ya no eran el tren, ya no eran nada.


sábado, 19 de enero de 2019

Somos muchos los que todavía tenemos un gato detenido en la memoria.
A veces lo escuchamos
que maúlla en los pasillos secos del oficio, 
que vuelve con su ánimo encendido buscándose el amor de los malvones
y el olor del rosal le agita el pelo.
(No sabe quien lo toca, si es la tarde o es la noche.)

Vendrá el poeta inevitable y terco resolviendo misterios de penumbra,
con frases alumbradas de hermosura,
y el gato, solo el gato, inconfundible
entre todas las manchas de la noche
culminará la sombra de una columna
temblando de penumbra, casi ebrio
de estar sin exigir mas que el silencio.

Allí, sobre su tez, fracasa el verso.