Yo no soy
mas que el espacio entre dos letras,
estoy aquí aguardando los finales.
Luna de malos brillos,
diosa sin tetas,
espuma que no ha engendrado a nadie.
Tengo los dientes afilados de tanto entrechocarse.
Dolor sin tregua, corazón tan muerto,
donde no crece nada estoy despierta
tan alerta como una liebre viva.
Llevo los hilos tirantes en los dedos.


No tomaré la flor que en tu boca viene,
dijo el gran dios erguido sobre el cielo.
Y la serpiente, humilde entre las bestias,
quedó desnuda dentro de su vergüenza.


Llevo una flor que recogí en el monte,
con la corola húmeda en rocío
estaba fría y bella entre las rocas,
y la llevo ahora conmigo.

Traigo esta flor desnuda en su agonía.
No ha de durar, se muere todavía.
Quizá tu luz le de el abrigo último;
junto a tu asombro vivirá otro día.


No he de acercarme a tu boca, tus dientes
aguardan como hileras de soldados.
Llevan la muerte dormida que murmura.
La paz que llevan es la de engaño.


Va la serpiente, sin volver la mirada.
Su antiguo hambre la impulsa,
lleva el orden original en la mordida.
Ya no más flores. Nunca más llevara flores
que encontraba ofrecidas en la brisa.


No te fundaron, fuiste construida
por las costumbres de los que no se fueron;
quedándose, de tanto estar y repetir caminos
alumbraste tus calles y tu aliento
a descampado árido, a palmera pudorosa,
a desnudo cemento domesticado.

Eres más la costumbre de el andar cotidiano
que una línea edificada o que una ciudad.
No tienes eternidad, fuiste siendo dispuesta
en tu esparcir de calles y de patios
dejando caer portones, callecitas, perros
como semillas de un jardín polvoriento.

Y fue la ciudad, un día estaba entre los árboles
la conquista y el orden de la tierra,
retroceso de ríos milenarios,
extinción de los fuegos primeros,
inauguración de motores ardientes.
Definió que porción de sus rincones reservaría a los muertos
y se echó, para rumiar las horas.

Como las cosas vivas cuando brotan.
El tatú cuando cava, el perro cuando llega,
los árboles que se estiran hacia el viento,
no descubren su sitio en la tierra.
Ocupan un espacio y una hora,
así fue la ciudad.
Donde había campo y yuyos puso hierros,
reemplazó hormigueros y raíces con avenidas,
enderezó la pereza del lapacho.
Tarea de años fue aquella costumbre
de levantarse y apartar el río.
Cuando llueve se evapora y corre el barro por el borde del camino
hacia el terreno que aún no ha sido y espera.

Cuando viajamos de noche y el camino se acerca
crece su resplandor por todo el cielo.
Su coraza de luz se eriza en la distancia.


¿Acaso usted no envidia la ternura pálida del pepino?
Esa forma de estar, silencioso entre todas las verduras
con su piel de lagarto, ahí, amontonados
desnudos y con el corazón tan congelado.
Donde el zapallo canta,
donde la multitud de los tomates
se amontonan gritando al borde del pasillo
e intercambian canciones con las naranjas,
los ajos entonan letanías,
las manzanas se echan sobre el codo riéndose por lo bajo;
allí el charco verde, la laguna
de pepinos dormidos
ebrios de sol
(alguno se ha dormido panza arriba)
puede verse como suspiran suavemente
de tan exhaustos.
Patitas minúsculas, cuello grueso de iguana,
melancolía de un sueño que todavía echa hojas,
llevan en la barriga el rocío sonriente.


Mezclan el oro y el negro con la paciencia
de quien conoce bien lo que ha obtenido;
llevan los dedos teñidos de polvo reluciente.
Aquí la enfermedad y la aventura,
y la sed y el refugio, allá
la edad brillante y la penumbra
descienden desde sus pulgares quebradizos.

Pondré hilo de oro para que la abundancia
toque esta infancia cálida,
hay candelas que ríen en la penumbra,
lana de oveja negra que he recogido tarde,
fiebres de madrugadas, desafíos
de dolores diminutos, retorcidos
jirones de una hora, humedad desnuda,
oro brillante de una tarde vieja,
negra lana de un mediodía insatisfecho.

Serás una altura, un color, tendrás voces,
alumbrarás, dispondrás de sombra.
La permanencia del árbol, la tendrás;
iras a caballo en un camino sin volverte a mirarlo.
No hay más horizontes, todo ha sido;
vuelve a mi, oro y vellón que tuve en la mano.

Enumero tu estancia, veo los brotes
que aún no han sido. Conozco
cada vellón dorado o mortecino
de cada ovillo que encuentro en mi regazo.

Y, hermana, no apresures. Todo llega.
¿Que secreto murmullo nos conduce?


El gallo vino a cantar,
cantando de madrugada.
El gallo vino a cantar,
no le faltaba ya nada.

Cantando yo he de vivir,
porque cantando yo vivo.
Cantando me he de morir,
porque cantando he vivido.

Ay, si no pudiera cantar
que triste que yo andaría.
Cantando puedo vivir
cada vez que viene el día.

Canto solo, canto en corro,
siempre bien acompañado.
Cuando canto vienen todos
los que en mi vida he cruzado.

Mi canto tiene del río
el color y la corriente,
y tiene de la simiente
el espíritu enroscado.

Canto con todos, soy viento
que va llevando colores.
En cuanto abro la boca
se despliegan tus canciones.

Canto tu hijo, tu sombra,
canto tu casa y tu ropa.
Adentro de mi canto guardo
la memoria de tus cosas.


Cuando los dioses terminaron la obra
estaba todo construido:
el mar con caracoles,
las ballenas,
los árboles más anchos y más altos
todos habían sido terminados
con su estatura justa.
Las ideas flotaban en la voz inmaterial,
eran susurros y canciones,
semillas, yemas, brotes.
Los pueblos emergieron de la piedra,
la piedra tuvo arenas,
hubo muertes y vidas infinitas.

Y el silencio se extendió
sobre las cosas puso su ánimo pálido y sereno.
Creció hasta comer colores,
ocupó los colores del invierno,
apretó el sueño bajo sus manos frías,
contagió pereza al calor,
detuvo el mediodía.
Amenazó la creación de tan enorme.
Las hormigas olvidaban volver,
los huevos no brotaban.

Y entonces los dioses construyeron la alarma
dentro de la garganta de los gallos
dieron cuerda e inicio al nuevo día,
grito valiente y roto
enorme ráfaga
 de cristal dolorido
de gozo incontenible
de ruido desbandado
salió cantando erguido
tocando cada pelo y cada hoja
despertó la pereza de la muerte
y la empujó a cumplir por los caminos
y recordó las palabras de la vida
que en cada sueño aguarda.
Solo el gallo
tiene esa constelación de desafío
desplegada en el grito de la mañana
hierve en su voz
el futuro posible.


Los perros son los mejores alumnos,
vienen a todas las clases,
aprenden los horarios,
llegan temprano
saludan
son corteses
murmuran sonriendo
no pelean por las sillas
sacuden su miseria
no ladran bajo la mesa
no malgastan papeles
no ensucian los salones
no se roban la tiza
aprenden
cualquier cosa
todo aprenden
escuchan
son como arboles jóvenes
que crecen solamente en el silencio
y un día de lluvia acaso
no vienen
están dormidos en algún escondite
se quedaron varados a mitad del camino
los distrajo la calle que se hundió en el barro.
Después vienen temprano para la clase próxima.
Y son hoy doblemente amables por esa falta.

Cuando llegue diciembre se quedaran sin tiempo
buscándonos en las puertas cerradas
en las ventanas mudas
empezará la espera que los hará olvidarnos.
Y quizá nunca nunca nos volvamos a ver.



ahora en una prisión alguien está matando a alguien,
y la velocidad es innecesariamente

ahora mismo que usted está sentado, o parado, o flotando.
Ahora mismo que yo no estoy ahí,
o que ya no estoy en ningún lado
porque me he ido, por que ya fallecí,
porque me olvidé de esto que escribía

y no olvide que esto no es un poema,
si no apenas una declaración de circunstancias


Ha sucedido, la primera lluvia de este otoño llega.
Hoy acabará el verano que aún no lo sabe.

Me recuerda que acaso ha pasado otro año
y me acerco a la muerte,
que me hago más viejo,
que me quedo más solo.
Que quizá este año sea igual al otro.

En realidad, la lluvia
ignora que la espero. Ella
no sabe nada
más que solo su andar y su caerse.
No me conoce y puede seguir viva
más allá de mi espera transparente.


A veces el día ha sido tan bondadoso
y todos los pájaros volaron a su rumbo,
que la alegría me dura hasta después de hora.
Vuelvo y estoy sin querer irme. Me quedo
porque hoy fue aquel buen día
que después recordaré sin la penumbra.

Este día de recuerdo,
que pertenece acaso solamente a mi oído,
me guarda los árboles y el frío,
nadie más ha tocado las piedras del camino.
Este día que me dura incluso ahora, de noche.
Y nadie lo recuerda. Los demás no lo saben.

Yo fui, hice mis cosas, estuve
entre la gente encontré alguna voz y alguna silla,
este día fueron todos mis amigos.
Los quise tanto, tanto, que después el olvido aún será amable.


Tarumba, negro de alma,
baila en las sombras de enero.
Abajo de la morera
se encuentra solo y el viento.
Tarumba, negro y su alma,
el viento ha venido a verlo.
Él baila junto a la mora
porque su casa no tiene techo.
Tarumba, alma de negro,
baila y sonríe contento.
El viento cuando lo lleva
también se va sonriendo.
Se escucha su canto viejo
allá, junto a los esteros,
Tarumba baila en el viento.
¿De dónde viene bailando
el remolino del viento?
¿De dónde tus ojos mansos
trajeron este concierto?
Tarumba, negro y alma.
Tarumba baila en el viento.
Tarumba, viento contento.
Tarumba, baila sin techo.
Todas las nubes y el cielo
lo ven bailar sonriendo.


Yo soy el hombre que se aburre y espera;
tengo la sed y el hambre de la morera.

Puedo constituirme en un espacio,
puedo escalar la voz de las chicharras.
Me atemoriza la luz de la tormenta.

Digo palabras que nadie más comprende,
he aprendido la invención y el arte
de hablar solo en la sombra de la pena.

Yo soy quien ha perdido el nombre
porque no traía a nadie con su mano.
Tengo la soledad del árbol último
después de que han talado a sus hermanos.

Lo que no me enseñaron, lo imagino.
Colonicé las rocas y los acantilados.
Donde había muertos, yo encontré los vivos.

Amo la sed y la penuria angosta
de un camino que vaga entre los nidos
donde las alimañas se recrean.


Los malos petas escriben con letras palabras gigantes
y ponen que el aire siempre es primavera
cuando están alegres, e invierno es tristeza.

Los malos poetas se hablan entre ellos
diciéndose halagos, dulzuras, arañas;
y mucho se ofenden cuando no les responden
en su terco idioma de elucubraciones.
Son los sacerdotes
de un duende mistérico que juega a obligarlos
a escribirse para ellos repitiendo luces que encuentran al cielo.

Los malos poetas no son mala gente
pero cuando escriben, parece
que les falta algo. Un trozo en la frente.

Los malos poetas aman los adjetivos;
los toman, los pulen, los cuelgan en largas cadenas de flores
y pasean por las calles mostrándose brillos.

Los malos poetas mueren por la noche,
inventan de nuevo la vieja costumbre de encontrarse rimas,
rellenan el tiempo con telas de azúcar,
escriben su nombre al pie de la gloria.


Empiezo a recordarte, de a poquito
con una hora de estas que me quedan
guardadas y reencuentro cuando regreso a casa
en el bolsillo viejo de la campera verde.
Estás en el silencio de la casa,
como una sombra más entre las sombras,
estando sin estar, como las cosas.


Aunque ahora dicen que en aquellos tiempos
te habías ido lejos, que te subiste a un avión 
de aquellos que eran entonces y no tan livianos, 
no tan aéreos, no tan planos y presentes como estos, 
aviones del exilio, te llevaron 
sentada al lado de Benedetti ibas;  
y como él ocupó el asiento de la ventana 
no tuviste tiempo de mirar hacia abajo 
y como la bandera se inclinaba. 

Después de que te fueras amaneció el silencio 
constituido y nuevo se desplegó los dedos 
y cada uno ocupo una calle entera. 

Pero vos ya no estabas. Dicen 
que ese noche usurparon tu casa, 
abrieron tus cajones y apilaron tus libros en el patio 
para quemarlos porque hizo mucho frío, 
porque el cemento se encogió gimiendo 
como una oruga que escaló alfileres. 

Descendiste anónima y ligera 
por la escalera que te dejó en España, 
hablabas otro idioma en otra tierra. 
Fuiste buscando lugares escondidos, 
te llevaron a un bar de pobres exiliados en Cádiz. 

Aquellos fueron años de andar viajando mucho, 
cruzaste tantas veces el Atlántico. 
Hubo horas amargas y de raíces rudas. 

Cuando tocó volver quizá dudaste a donde.

Creció la costumbre de otras calles,
y de balcones y de flores ajenas
que aquel estar te dejaba asir propias.

Volviste entre las filas de ignorados
que volvía entre los rostros de la gente.


Sexcentésimo escrito, 
perezosamente.

El gato miente siempre, no parece
que detrás de sus ojos aguarde el oro
y no ha querido impresionarnos.

Cuando lo ven correr, no está corriendo;
escapa acaso de una sombra furtiva,
no duerme, no vigila, no medita.

El gato alcanza la suprema abstracción de la penumbra,
ronda suelto más allá de la luz y de la nada,
deja que el pie del gato camine sobre el polvo finísimo,
sobre el pueblo inmaterial que lo rodea.

El gato no duerme, se desvanece. Abandona
la corpórea sensación del gato que observamos,
lo deja allí desnudo y desmayado, entreabierto
a la curiosidad de la ternura queda solo la carne.
Y el gato se escapó por la ventana, ha escalado ya la corriente del aire.

No puede conocer el hambre, el gato debe permanecer ajeno
a toda la miseria material. Con su pureza exige
que no lo acosen los males de este mundo.
El gato necesita estar entero y rígido a la espera
de un fantasma, una voz, una hora a solas
donde hablará su idioma de ronquidos
y nadie más podrá saber que dice.
Y nadie podrá averiguar su origen.


Se llamaba Marjan y lo regalaron
a las montañas azules, Kabul bajo las nubes
lo recibió murmurando entre las piedras.

No habían visto un león durante miles de años,
las montañas se asomaban a mirarlo,
las calles se abrieron polvorientas y antiguas.
Buscaban recordar como era su sombra,
el color y la forma de su paso.

Las calles recordaban los días anteriores;
la vejez de sus muros agobiados
despertó asombrada de mirarlo.
Los arbustos olieron su melena
con las rosas rudas de un jardín anterior a todo sueño.

El león era nuevo, tenía las uñas completas.
Lo regaló un pueblo que no quiso guardarlo,
lo regaló un hombre que no lo había visto nunca.

Fue mala suerte llegar aquellos días,
las montañas temblaban retorcidas.
Esforzarse en vivir, andar despacio,
correr al desamparo y el olvido.
Los muertos caminaban por las calles.

Perdió la dentadura, perdió el hambre
de tanto usarlo, perdió el arrebato y la melena,
se le extinguió la fuerza y la pureza
detrás del hierro y de los muros débiles
perdió la edad y el hábito de hacerse.
Cuando quiso pelear, perdió la guerra.

De su derrota salió solo la noche,
de aquella oscuridad salió la pena,
de su pena creció la muerte sola,
de aquella soledad quedó la ausencia.

Cuando los viajeros llegan a Kabul ha sucedido;
aquellos días ya no nos pertenecen.
Las manos que empezaron esa guerra
hoy están muertas o ya no la recuerdan.
Somos muy pocos. El león ha muerto.
El polvo duerme sobre aquellas piedras.


Ahora podes dejarme, estoy entero
y te saque un trocito
de tu estar y tu aroma. Conservo
la sombra de la puerta, árboles y voces.
Cuando te vayas no podrás llevarlos,
no sabrás que se quedan
conmigo en una esquina.

Hoy que podes irte, no te fuiste completo
porque quedé con algo que no estaba previsto.
Cosas que no sabíamos que podían perderse,
quedaran estacionadas entre detalles útiles.
Así pasó con vos, quedaste
como un gato dormido.


El gordo Valor y Mario Benedetti, 
que hoy leía a uno y escuchaba al otro.

Un hombre roba bancos y otro escribe poemas.

Aprendió los detalles del oficio, las runas
ocultas que aguardan la habilidad y la sapiencia
de la mano humana que retuerce el candor y el ronroneo
de una llave escondida en la penumbra.

En mitad de la noche levantan la cabeza y sonríen
hacia una forma que pareciera ajena,
hacia una esquina que se asoma discreta
y llaman desde más allá de los árboles
a la ansiedad que viene con la espera.

En esta hora cubierta de polvo que se agazapa
para rasgar una parte de las dudas y las voces,
buscando que se pueda desprender de los otros
una moneda brillante de tan pura.


"la culpa es de uno cuando no enamora 
y no de los pretextos                       
ni del tiempo"                                  

La culpa es de uno, (Mario Benedetti)

Comencé a dejarte porque me aburría 
este estar sin estar, este llegar sin haber ido 
me dejó tan cansado que te quité mi espacio. 
Y me fui solo y apenas para constituirme 
sin la necesidad de estar contigo.

Fue bueno levantarme después de tus ausencias 
porque nada tenía necesidad de ti, 
el día completo vino empujándome siempre. 
Estuve tan ocupado, fui solo a tantas horas 
que me dejó olvidarte mi costumbre nueva 
de estar sin pedirte permiso. 
Las horas que antes eran solitarias y amargas 
fueron inauguradas, de nuevo entré en ellas 
pero no te buscaba. Solamente quedé 
y me gustó de pronto este largo silencio.

Si aquello fue tu amor, ya no quedaba 
nada de esa paciencia. 
Te dejo, digo esto porque entonces 
valió decir te quiero, aunque hoy ya no. 


Para que nada ronde tu oscuro corazón
te cubre el cuero gris de tu torpeza.

Tu figura compuesta de llanuras,
tu intrincado perfil de alturas,
tu corazón acorazado y duro
como una piedra que no ambiciona el cielo.

Piedra de oscuridad y de berridos,
armado y campesino, errante sueño,
te bautizaron con antigüedades.

El rinoceronte es el animal perfecto.
Pertenece tanto a la bestialidad como a la pureza,
y tanto a la naturaleza como al mito.
La mitad de todo él es invento ajeno.


Cuando nazca le pondrás un nombre,
dirigirás sus pasos,
le darás las cosas y las manos.
Será como si el hijo cumpliese cosas propias,
molestará su fiebre, completarás sus horas.

Después crecerá solo,
tomará espacios y estaturas.
Llegará hasta donde no llegarás.

¿Qué sitios ocupó dentro de ti?,
¿que ternuras se volvieron necesarias?
Los niños, cuando nacen, son como las semillas
que el sembrador tiraba sobre el mundo
y crecen desmedidos e inconstantes.

¿Aprenderá a asombrarse en las hormigas?,
¿tendrá tiempo de ver como rodean el tiempo de los hombres?
¿Qué traerá este niño que sea renovado y bueno?

Cuando nazca la urgencia será tan repentina
que el tiempo de las hojas del lapacho podrá olvidarse.
Podrá ese niño no saber que crecen también los árboles en la tierra seca.
Que una parte del humo y de los hongos quedan a su resguardo.

Quizá no necesite nombre, y solo las hormigas
alcancen sus rodillas para que se sonría.


Yo, la flor, no tengo número.
Soy quien se esgrime como una mano limpia,
renovada de estar bajo la lluvia.

Puedo crecer al amparo y la brisa,
puedo acumular mi desnudo quedarme.
Tengo solo el deseo que da el hambre
y crezco con la sed de los que nacen.
Me muero solo al cabo de las horas.

Yo heredo la complicada geometría
de una flor que no está y aquí y allá crecía.
Ignoro todo aquello que se encuentra
más allá de mi sed y de mi espera.

Tengo el destino de las cosas viejas
que suceden a solas o se encuentran
con la mano, el silencio, o la llanura.

Nos vestimos el hábito del tiempo sucedido.
Nos somos una sola, repetida.


Cuando murió Agapito el pueblo quedó mudo,
sus horas se enroscaron como uñas.
Los árboles empezaron a caerse.

El pueblo tuvo entonces tardes grises,
de polvo y de ladrillos calientes.
Allá donde su sombra ahora hubo muros,
donde su perro quedó solo el silencio.

Agapito traía el mundo de los hombres a cuestas,
arrastraba un costal de cosas muertas.
Y sus manos buscaban solo lo necesario.

Era como un cachorro que ha quedado con hambre,
y era como una perra que se aleja y se lame.

Cuando murió su tiempo lo acompañó en la muerte
sin ruido y sin pausa entre la gente.
Era como la lluvia que se va tras el viento,
o era como una calle que se queda en silencio.
No hubo quien le pidiera quedarse con el pueblo.

Agapito era el hambre y el temor de los niños,
era el perro que gruñe a quien lo hubiese mordido.
Había perdido el habla, el brillo de las uñas,
había quedado solo con su sarna y su olvido.

Recorremos un tiempo y elegimos.
Cuando abrimos los ojos, cuando quedan cerrados,
Agapito podía caminar en el hambre, y en el frío y la locura,
podía estar desnudo en mitad de la calle
y reírse sin alma con los ojos brillantes.


A veces uno olvida que ya pasó ese tiempo,
que este día vino sin recuerdos.
A veces anochece como hoy
y uno quisiera volver entre las cosas
para encontrar claveles escondidos,
o poner una naranja en tu cariño.

Es buscar recuerdos que nunca fueron míos,
o robar un encanto que no hemos conseguido.
Soy como el hombre que quiso y no encontró manera
de beber toda el agua de aquel río.


Pero no te despiertes,
fresno, no te despiertes
por que me gusta tanto
el aire cuando duermes.

Pareciera que todo el invierno
ha venido a posarse sobre el día.


Quiere erguirse en la tarde
y esperar la lluvia, sabe
que el Otoño vendrá por los caminos
azules de silencio.

Yo tengo alma de árbol,
quiere ramas intactas y robustas
que envejezcan junto al rumor del pueblo numeroso,
alimentar el sueño de las cigarras,
esperar consumir luces y alturas.

Se asoma a las ventanas angustiadas
pidiendo sin pedir una hora a solas
que brillará en su mano y en sus ojos.
Querrá volver de noche
con piedras dormidas en el bolsillo.


Sin poder esperarlo, sin haberlo sabido,
de entre todas las cosas, te hiciste necesario.
Cuando yo aún podía vivir en la penumbra
no te necesitaba; tenía las mariposas y los gatos,
había descubierto las manchas de la Luna.
Con el antiguo lenguaje explicaba las cosas
encerrado en mi paz y en mi derrota.
No ambicionaba los límites del viento;
era como un caballo liberado en el campo
satisfecho de pastos, gordamente plácido.
Era la paz lo que yo allí tenía
cuando no conocía la obra de tus manos.
Luego extrañé ese tiempo y esa sabiduría
que protegía mi sed de tus aguas oscuras;
la busqué entre los días recordados
para explicar lo diferente y nuevo que tu voz me traía.
Quizá si tu dolor me hubiese dado treguas
no habría añorado tanto los días
en los cuales aún no te conocía.


S. Bolivar-M. Sáenz.

Que flor, que aroma, que combate
te llevará consigo sobre el viento
a defenderlos, a conquistar un tiempo
sin ánimo de conservarte entero.
Tu arrojo de metal incandescente,
tu espíritu bravío de palabras perennes,
tu espada previsora y combatida,
tu rostro carcomido de papeles,
te puso capitán con el sombrero
y te dejó su polvo en los pulmones.
Ay, general!, de estrellas insomnes,
de combates inútiles, de amores apurados,
de cajones y libros olvidados
en los anchos bordes de este camino seco.

Quiso quererte nomás, es evidente.
Quiso quererte nomás y verte cerca
después de que partieras al galope
dejando descender la polvareda.
Quiso quererte cuando ella se iba
y quedabas planeando atardeceres,
o cuando ella llegaba, a escondidas,
furtivo amor esquivo día.

Quizá no fue tu amor el del poeta.
Él puso en ti palabras antojadas
de aquellas horas ajenas y secretas
que no han querido verse develadas.
Cuando quedó, de ustedes, el silencio,
cuando el jazmín halló solo su sombra
y ya no más murmullos floreciendo,
vino el poeta y dijo cosas sueltas
que eran como consuelos en la lluvia.
Porque tanto silencio era afligido,
porque después del tiempo perduraba
un nuevo día hijo y vacío
como una tierra nueva que empezaba.

Y hubo que ponerle las palabras
erguidas frente al sol, como obligadas.
Se sintió necesario. En los retratos
los muertos sonreían y callaban.


Nemuri-Neko

Fue tallado hace años, él no despertará.
Cuando quitaron el peso del árbol quedó solo
y dormido, más ido que una estatua,
no abrirá los ojos, no perderá el aliento.
No saldrá a conquistarse amores ajenos.

No volverá a comer ni a usar las uñas,
quizás el sueño lo mantenga eterno.
No verán las palomas saltar sombras.


Dejo huellas repletas de murmullos, agito
el aire de los árboles para dormirlos y para despertarlos,
completo las sombras de las hojas,
completo mi espacio con el aire,
completo tu aire con mi aire,
no tengo más que estos brazos frágiles
y este rostro desnudo.
Estoy tan solo
que busco multitudes,
que pido tu presencia, espero
que te quedes, me acostumbro
a seguirte y comer adentro de tu sombra.
No tengo nombre que conozcas, no tengo
aroma que puedas ambicionar en vidrio,
soy parte inevitable de los edificios, puedo
permanecer y renovar mi especie. Tengo tiempos
que aún no se agotaron, que vendrán resembrados.
¿Ya tengo nombre?
Lo encontraré en el suelo de la plaza,
más allá de la luz estará verde.


Yo recuerdo la lluvia,
cuando yo no nacía todavía,
como una túnica gris de la tristeza
y como alivio grato al peregrino.

Cuando en la catedral llovía
como una torre más, pero de lluvia,
para que dios tuviese parte en la obra
con sus gotas azules sin memoria.

Cuando la lluvia se cubrió de sangre
y fue a esconderse donde no la vieran
con su vergüenza roja.

Y recuerdo la lluvia donde nunca estuve,
porque la visto gris bajo las nubes
y verde entre las hojas
y, junto a la tarde, roja.

Toda la eternidad cabe en la lluvia.


"¿Con quien estás hablando?",
le decía mi vecina a su perro
cuando ella llegaba a casa 
y él lloraba quedamente tras la puerta. 

Días de otro calor que ya no están. 
Quedó vacía, la casa se levantó 
y subida a un camión se fue una tarde. 

Se van las voces y los días, 
como si fuesen de agua 
dejaron lavada la puerta dormitando 
en la paz penumbrosa que llegaba. 

(A veces dejo entreabierta mi penumbra, 
y pareciera que llora el perro esperando 
que venga esa costumbre de cariños.) 


De un hombre que era malo y se murió.

Cuando murió fue condenado a vivir en un zapallo, 
a ser oruga y viento, a tener alas, dolorosa
y augusta mariposa, fue atrapado en las redes de la araña,
fue cubierto de esquinas, fue ceniza,
y luego fue madera, y fue hoja y rama, y hoja y rama secas,
cayó cuando no hubo más que sol y arena,
repitió cada aroma de la selva,
esgrimió las antenas de la hormiga,
se completó con agua de la lluvia,
se durmió custodiado por las focas.
Recorrió las llanuras del abismo
donde las luces no huyeron y venían
a verlo caminar perdido
entre la inmensidad de su abandono.

Se halló de espíritu flotando
y no tuvo horizontes disponibles.
Se halló durmiendo suspendido en la luz
y no tuvo reposo de su altura.
Allí fueron a cruzarlo los gatos que salían
maullando de tan idos y enamorados
inaccesibles de tan ajenos.

Tuvo respiración y aroma nuevos,
se abrió como una flor que sabe
que tiempo es y que tiempo inaugura.
Lo despertó solo la luz que reía en los umbrales,
entendió sin saber cuando entendía.
Y se durmió en el humo de las velas.


Impresiona tu fe y tu grandeza
tan solemne y tan bella.
(Se parece a una piedra que no fuese construida
y por si sola se eleva. Queda en la tierra
oculta de todos la amplitud de su cuerpo.)
Cumples en el mundo tu función,
gira tu porte y respiras
donde las hierbas te contemplan.
Murmuran a tu sombra sus alegrías.

No aspires a tu rol de guardia y carcelero,
a tu sombra la tierra inaugura sus túneles,
tiembla de tan viva aunque parezca muerta.
Los hombres te elevaron un día ya olvidado,
después se marcharon. Se fueron construyendo
sus altas y calientes ciudadelas de encierro.
Estabas destinado a ser su tapia,
eras como la línea por la que Rómulo se cortó las manos.
Cuando se enteren que ya los traicionaste
vendrán con martillos y palas a quebrar tus raíces.
Este largo silencio con la tierra no les pertenece.

De tu difícil muerte podrá verse
los escombros esparcidos en el suelo.
(Ni siquiera los árboles logran borrar tus huellas
porque el ladrillo es como un grito enroscado.)
Sucede, en ocasiones, que la muerte dura más que las vidas.


En Francia la gente salió a la calle
enojada y fervorosa, algunos se reían
en las esquinas, en los cruces de rutas
se juntaron poniéndose chalecos amarillos
y gritan consignas intraducibles;
(porque vienen desde el francés intraducible
que vuelve a casa cada día y sale nuevamente
y vive la Francia contemporánea que se exhibe
en su chaleco amarillo, en este invierno
que ha venido a rodar en las esquinas).

Salieron a las calles, y gritaban
frente al silencio de los policías,
frente a las vidrieras iluminadas,
frente a los edificios de postales,
bajo el arco triunfal como un elefante,
marcharon por las calles de la Francia adormecida
y los alemanes, los chilenos, los húngaros,
los argentinos, los uruguayos, los surcoreanos,
escuchaban sus gritos, escucharon, escuchan
las voces airadas, los gritos en las calles,
el sonido descoordinado y sucio de un pueblo vestido de amarillo
que ha salido a las calles y camina gritando
dolores antiguos, penas renovadas, ignoradas protestas cotidianas
que el invierno humedece y han crecido.

Son como flores en las calles, son como miles de flores amarillas,
en las calles, en los cruces de rutas, en Paris.
(Europa despertará de la noche y se encontrará amarilla,
con los dedos amarillos, con el torso amarillo,
con gritos amarillos en las calles,
y la lluvia y los cerros, el agua toda irá amarilla
gritando protestas cotidianas hasta la costa
toda teñida de amarillo.)

Vendrán las voces renovadas y plácidas concediendo disculpas
y relamiéndose el amargo dolor de estos chalecos.
Vendrá la noche con su sueño a cuestas
para cubrir este campo de flores que protestan.
Vendrán la eternidad y la paciencia burocrática
para tomar las flores y endurecerlas,
para cortar su tallo hasta lo adecuado de la primavera conservada.
Vendrán las flores en las calles, gritando, amarillas, gritando.


"(...) y los trenes eran animales mitológicos 
que simbolizaban la huida, la fuga, la vida, la libertad."

Cuando era más joven, (Joaquín Sabina, 1986)

Yo nací con la agonía de los trenes,
cuando estaban tan viejos y demacrados
que moverse les dolía. Dicen
que un día se detuvieron en mitad del campo
y el enojo de los hombres no conseguía moverlos.
Yo había nacido pero aún no estaba
y no recuerdo el calor y el metal, los bancos de madera,
los estrechos pasillos de su vientre tembloroso
que una vez me llevaron sobre la tierra,
y ya estaban entrando en el silencio.
La edad de hierro decayó en penumbras,
atravesó los días del hombre, abandonándolo.

Hubo una tarde que lo vio detenerse
jadeante en el campo, y los hombres
tuvieron que ir a socorrerlo, a él,
buey de metal y gloria inmemorable
como un dios domesticado,
como un padre resquebrajado y duro,
imitación industrial del vientre primitivo
y dolorido gigante con los pulmones agotados.
Los hombres te encontraron débil,
muriéndote de pie, como los árboles;
quisieron ampliar tu eternidad,
llevarte de nuevo a la ciudad para tu abrigo.
Pero ya no estabas con ellos, moribundo
cumpliste su pedido y entraste en el silencio.
Yo había nacido, pero aún no estaba
cuando me alzaste y en tu vientre
yo, criatura elaborada en la mañana,
usé de tu crepúsculo un trocito.
Y luego hallé tu cuerpo, solo
en la vereda de los edificios, estabas
descolorido y frío en los museos. De tu mundo
quedaba solo el hierro, como una calavera con tornillos.

Cuando te fuiste quedó tan grande el espacio de tu ausencia
que tus huellas eran como pueblecitos
diseminados por los bordes del río y en los escondites de los montes.
En el último día de tu muerte decretada
quedaron sin tu voz deslumbradora las casillas verdes.
Tu imperio de distancias quedó sin dueños,
abandonado, el viento tuvo que hacerse cargo
y llamó al polvo, a las semillas, condujo
el pueblo de la gramilla para esconder tus vías,
costillas enterradas de tu metal ardido.
Quiso la tierra recuperar su espacio,
o cuidar el olvidado resto de tu maravilla,
pero no pudo mantenerte oculto para siempre.
Se sabía, que tu abandono era definitivo,
que tu derrota aún valía, tus vías
fueron arrancadas de los campos una a una
desde el beso de la tierra la madera y el hierro
fueron recobrados a escondidas por manos anónimas.
Entraste a formar parte de los pueblos.
Tus rieles para los techos, sosteniendo
los muros y el espacio renovados;
tus salones quedaron sin resguardo, solo los años
te habitan y ya no te esperaban.
Y tus maderas, arrancados desde la profundidad
del monte antiguo, desde la edad ignota,
tuvieron ellos el destino triste de las hogueras,
de los puentes pequeños cotidianos.
Después de ese silencio y esa muerte,
no pudiste volver a los caminos
y los caminos fueron desguazados.
Yo vi una vez tus huesos arrumbados,
dormidos en el olvido de la mañana,
y ya no eran el tren, ya no eran nada.


Somos muchos los que todavía tenemos un gato detenido en la memoria.
A veces lo escuchamos
que maúlla en los pasillos secos del oficio, 
que vuelve con su ánimo encendido buscándose el amor de los malvones
y el olor del rosal le agita el pelo.
(No sabe quien lo toca, si es la tarde o es la noche.)

Vendrá el poeta inevitable y terco resolviendo misterios de penumbra,
con frases alumbradas de hermosura,
y el gato, solo el gato, inconfundible
entre todas las manchas de la noche
culminará la sombra de una columna
temblando de penumbra, casi ebrio
de estar sin exigir mas que el silencio.

Allí, sobre su tez, fracasa el verso.