ah, del hastío,
flor emponzoñada
que ha crecido desnuda oliendo a polvo
en la vasta extensión de la pereza.
Nada se le parece, nada iguala
su peso erizado
madero caluroso
humareda agria.
Sale de cada sitio
ocupa cada palabra
todo, todo es igual debajo de su muerte.
Es un pájaro que cayó del nido
y le salen hormigas de los ojos.
Lo último certero es que ya nunca
tocará otra vez la piel del viento.

Pájaro muerto y rudo
de plumas aceitosas
con un aroma a hojas restregadas.

Queda la irritación anudada en los tobillos.
Solo
la muerte
nos librará de esto


Yo no soy
mas que el espacio entre dos letras,
estoy aquí aguardando los finales.
Luna de malos brillos,
diosa sin tetas,
espuma que no ha engendrado a nadie.
Tengo los dientes afilados de tanto entrechocarse.
Dolor sin tregua, corazón tan muerto,
donde no crece nada estoy despierta
tan alerta como una liebre viva.
Llevo los hilos tirantes en los dedos.


No tomaré la flor que en tu boca viene,
dijo el gran dios erguido sobre el cielo.
Y la serpiente, humilde entre las bestias,
quedó desnuda dentro de su vergüenza.


Llevo una flor que recogí en el monte,
con la corola húmeda en rocío
estaba fría y bella entre las rocas,
y la llevo ahora conmigo.

Traigo esta flor desnuda en su agonía.
No ha de durar, se muere todavía.
Quizá tu luz le de el abrigo último;
junto a tu asombro vivirá otro día.


No he de acercarme a tu boca, tus dientes
aguardan como hileras de soldados.
Llevan la muerte dormida que murmura.
La paz que llevan es la de engaño.


Va la serpiente, sin volver la mirada.
Su antiguo hambre la impulsa,
lleva el orden original en la mordida.
Ya no más flores. Nunca más llevara flores
que encontraba ofrecidas en la brisa.