Yo soy un gato de la calle.
Nací de noche bajo un puente
y tengo tres hermanos
del mismo color.

Yo soy un gato de la calle.
Toda mi vida es este barrio.
Si usted me deja una moneda
yo le termino esta canción.

Yo soy un gato de la calle.
No como en platos ni uso piedras.
Nunca he dormido en un balcón.
Si hace calor en las palmeras
y si hace frío en un galpón,
duermo en cualquier rincón que sea
de mi jurisdicción.

Yo soy un gato de la calle.
Nunca he vivido bajo techo.
pero de noche y si está fresco
seguro escuchan mi canción.
Me gusta andar en las veredas,
mojarme el lomo con la lluvia
¿Señor, me deja una moneda?
y le repito esta canción.

Yo soy un gato de la calle...


Con esta lluvia salen los caracoles.

Cuando uno vive rodeado de cemento
olvida que en el mundo viven los caracoles.

Ellos salen desnudos, benditos por la lluvia,
son felices en este jardincito prisionero
que nadie ha reclamado todavía
y que ellos habitan en silencio.

Su amplia virtud de estar y ser felices,
de aparearse y dejar nidos repletos de futuros
los mantiene escondidos todavía.
No ambicionan recuperar los patios que compramos
y comerse el cemento y agrietar las columnas con sus huevos.
Es primavera así que solo quieren comer hojas,
remojarse la cáscara y el vientre,
competir con el sol por cada brote.

Pueblo de diminutas estadías,
campesinos esforzados,
fantasmas de un camino de plata,
corazones de agua,
caracoles delgados y pacientes
la lluvia ha venido hoy para ustedes.


Amar es sufrir un poco
la incontinencia del amor
lo renovado
de la maravilla
lo perdurable del pequeño asombro
y lo ingrato de la extinción sabida,
porque vendrán las horas sin amores
que no quieran guardarse en los bolsillos
aquello que quisimos
y tal vez afortunadamente conseguimos
en todo o un poquito.

Pero quien ama afronta la penuria
de saber que no dura,
nada es eterno.
Toda razón aguarda para el día
en que nos falte amor y sobre tiempo.

Amar sin miedo a nada es el remedio
y los remedios son como los humos
de un drogadicto ansioso.
Amar desesperadamente es medio amor,
amar tonta y confusamente,
amar solo desnudo y no aprender
amores vestidos, amores distanciados,
amores de a trocitos incompletos,
rompecabezas de amores que nos hemos permitido tomar prestados.

Quien ama sabe que un día le será reclamado
lo que amó y no es bueno llorar por anticipo
y quizá no sea bueno llorar por terminado.
Quizás no durará pero el amor dura,
porque uno lo toma de un pasillo
o de una ventana o de un rescoldo
y lo lleva consigo
en la costumbre
y lo riega de a ratos y lo deja dormido en lo soleado.
Así el amor crece, se hace ancho,
prospera, duerme con sonido, abre la boca y ríe.
Amar es bueno, y no amar ha de ser muy aburrido.
Amar es necesario, a veces, y el noamor es la espalda del miedo.



ah, del hastío,
flor emponzoñada
que ha crecido desnuda oliendo a polvo
en la vasta extensión de la pereza.
Nada se le parece, nada iguala
su peso erizado
madero caluroso
humareda agria.
Sale de cada sitio
ocupa cada palabra
todo, todo es igual debajo de su muerte.
Es un pájaro que cayó del nido
y le salen hormigas de los ojos.
Lo último certero es que ya nunca
tocará otra vez la piel del viento.

Pájaro muerto y rudo
de plumas aceitosas
con un aroma a hojas restregadas.

Queda la irritación anudada en los tobillos.
Solo
la muerte
nos librará de esto


Yo no soy
mas que el espacio entre dos letras,
estoy aquí aguardando los finales.
Luna de malos brillos,
diosa sin tetas,
espuma que no ha engendrado a nadie.
Tengo los dientes afilados de tanto entrechocarse.
Dolor sin tregua, corazón tan muerto,
donde no crece nada estoy despierta
tan alerta como una liebre viva.
Llevo los hilos tirantes en los dedos.


No tomaré la flor que en tu boca viene,
dijo el gran dios erguido sobre el cielo.
Y la serpiente, humilde entre las bestias,
quedó desnuda dentro de su vergüenza.


Llevo una flor que recogí en el monte,
con la corola húmeda en rocío
estaba fría y bella entre las rocas,
y la llevo ahora conmigo.

Traigo esta flor desnuda en su agonía.
No ha de durar, se muere todavía.
Quizá tu luz le de el abrigo último;
junto a tu asombro vivirá otro día.


No he de acercarme a tu boca, tus dientes
aguardan como hileras de soldados.
Llevan la muerte dormida que murmura.
La paz que llevan es la de engaño.


Va la serpiente, sin volver la mirada.
Su antiguo hambre la impulsa,
lleva el orden original en la mordida.
Ya no más flores. Nunca más llevara flores
que encontraba ofrecidas en la brisa.


No te fundaron, fuiste construida
por las costumbres de los que no se fueron;
quedándose, de tanto estar y repetir caminos
alumbraste tus calles y tu aliento
a descampado árido, a palmera pudorosa,
a desnudo cemento domesticado.

Eres más la costumbre de el andar cotidiano
que una línea edificada o que una ciudad.
No tienes eternidad, fuiste siendo dispuesta
en tu esparcir de calles y de patios
dejando caer portones, callecitas, perros
como semillas de un jardín polvoriento.

Y fue la ciudad, un día estaba entre los árboles
la conquista y el orden de la tierra,
retroceso de ríos milenarios,
extinción de los fuegos primeros,
inauguración de motores ardientes.
Definió que porción de sus rincones reservaría a los muertos
y se echó, para rumiar las horas.

Como las cosas vivas cuando brotan.
El tatú cuando cava, el perro cuando llega,
los árboles que se estiran hacia el viento,
no descubren su sitio en la tierra.
Ocupan un espacio y una hora,
así fue la ciudad.
Donde había campo y yuyos puso hierros,
reemplazó hormigueros y raíces con avenidas,
enderezó la pereza del lapacho.
Tarea de años fue aquella costumbre
de levantarse y apartar el río.
Cuando llueve se evapora y corre el barro por el borde del camino
hacia el terreno que aún no ha sido y espera.

Cuando viajamos de noche y el camino se acerca
crece su resplandor por todo el cielo.
Su coraza de luz se eriza en la distancia.