martes, 18 de septiembre de 2018

Llegaron en la noche, salieron de todas las esquinas
como sombras absurdas, como llagas
que gritaban su peste inesperada.

Llegaban de repente, abriendo el aire,
derrumbando las horas,
chamuscando el idioma, retorciéndolo
en gruñidos y gritos despegados.

Parte del agua se rindió a la muerte
que no era la vieja hermana pura
si no un espacio inesperado
que se enroscó en si mismo.

Los ladrillos cómplices del grito
quedaron para siempre encadenados,
en su interior anidó la nueva muerte.
Se extendió por el espacio de la tierra
inaugurando rincones con su hierro,
y cayó el hierro, cayó el polvo,
despertó el aire sobresaltado y rígido.

Entre todas las obras quedó ella,
descubierta en la luz, sola y terrible,
sus dedos ávidos se doblaron muertos
de un dolor nuevo que nadie conocía.
La luz de las estrellas la miraba,
lámparas de la tierra, luciérnagas.

Un caballo de crines luminosas
gritó en las profundidades de la tierra
un jardín de flores azules con los tallos crujientes.


No han de ser los domingos,
porque es sábado
y es igual de aburrido y de temprano
que anocheció sin lluvia, sin luces.
Se ha quedado tan quieta mi ventana.

No han de ser los domingos
los que vienen tan estancos y feos
que no tienen horas.
Transcurren sin intención,
llevan el sol de un horizonte a otro
descuidado y monótono en su rumbo,
pero ya no solamente los domingos.
Se ha extendido
esta plaga, esta sed
hacia otros días.
Les ocupa la luz con su oficio
de andar en el descuido
de su pulcra apatía.


Me avergüenzo de ti,
y hoy no te he dicho
lo bellamente fresco
que me dejaste el día.

Me avergüenza de ti
tu soledad augusta
tan llena de tristeza
y de impaciencia
por esa luz. La luz
que nunca pareciera
ni suficiente ni ahora.

Me incomoda tocarte
como un pájaro
que encontrara dormido entre las hojas
y mi pregunta lo dejaría sin alas.
No se puede estar cerca
sin sentirse
un poco triste y frío
en tu distancia.


jueves, 13 de septiembre de 2018

¿Sentirá el soldado,
aquel de rostro oscuro, 
que ya no tiene nombre, 
(que nunca lo tuviera), 
se sentirá culpable 
de las puertas hendidas,
o del temor anudado 
como una enredadera indigna, 
como un collar tiránico 
en el hombro del otro?

Podrá, hoy quizá ya viejo, 
dormir sin que lo apremie 
la dureza del gesto 
con que los muertos miran 
desde los almanaques repetidos, 
desde los muros derruidos 
que se ocultaron 
para que los olviden de sus balas, 
que no les encuentren 
los ladrillos partidos. 
Podrá el viejo sin nombre, 
sin rostro, ya no tiene 
cabeza, manos, piernas, estatura, 
le falta aire, sombra. 
¿Podrá quizá sentirse menos hombre 
o más oscurecido 
en su crimen diminuto? 
De haber estado 
aquellos días de lluvia, 
aquella tarde pálida, 
aquellas horas míseras, 
hurgando entre la carne de la angustia.
¿Podrá morirse e ir a ser silencio 
junto a los muertos que ayudó a morirse?

¿No querrá el hombre, 
el hombre costumbrista
de ayer, como la vida, 
pedir perdón 
a gritos 
por las calles? 


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Abimael Guzmán es un viejito
con los ojos de vidrio
oscuros, negros, redondos
de tan negros.
Parece inofensivo de tan viejo,
tan inclinado y roídos tiene los hombros.

Una vez, hace tanto, alzó las manos
gritando una verdad inconfundible
y el resto de la gente lo miraba
callados, lo miraban desde el resto
los hijos de los muertos, los abuelos
que no verían sus nietos, los hermanos
que no dirían hermano nuevamente,
los padres enviudados a la fuerza,
las madres que enterraban a sus hijos,
los niños que crecían en el mundo
se alzaron a mirarlo, humeando todavía
los edificios rotos, las vidrieras
quebradas desde el suelo lo miraron,
lo miraron, lo vieron, lo nombraron,
unieron nombre, cuerpo, sombra
en una sola especie nueva hallaron
que Abimael Guzmán iba a la cárcel
con la palabra en alto todavía.

Cuando la sombra ocupó esquinas
de la ciudad, halló refugios
inesperados en la costumbre humana
los hombres inventaron las cárceles
para esconderla allí sin que rondara,
para guardarla hasta que muera de cansancio.

(...)
Tales miraba las estrellas
porque ellas no hablaban griego
y estaban frías y lejanas
pero brillaban
como faroles tumularios.
Y se cayó en los abismos
donde un dragón de ciencia
le mordería las manos.

El resto de la gente
ya se olvidó su rostro
y se olvidó la tarde en que Tales moría
o aquella vez que vino entre la gente
dolorido de estar sabiendo el número
renovado y redondo de la altura.

Nadie puede
llegar hasta su tiempo
y verlo hablar una hora
azul y distraído
con el vecino que encontró en la calle.
Nadie puede salvarlo del olvido.


¿Acaso estuvo Dios sobre la augusta senda
que lleva entre caminos a los Andes? 
No. América lucía por si sola 
su nacimiento y su permanencia 
como una tierra ajena al extravío 
que sobre las aguas vinieron a sorprenderla.
Vino del agua y trajo fuego y peste, 
y trajo bajo el ala de las aves 
sabidurías y refutaciones.
No estaba el aire quieto, no lo estuvo 
mucho después cuando ya había ardido 
que en la ceniza se miró las manos.
¿Quién puede ya afirmar que ha sido salva?
¿Y quién puede afirmar que antes lo fuese?

¿Ha sido labor de Dios que el Andes levantara 
su cumbre sobre el rostro de la tierra?
No lo fue. La tierra abrió su piel 
y lloró mares para las fisuras. 
Dios estaba dormido, o ya no estaba. 
La tierra abrió su piel y se dio hijos.
Por mil generaciones inventó cada día,
expuso las ciudades, se resquebrajó en campos 
donde el terrón discreto y solapado
bebió para abrazar a la semilla, a la raíz primera, 
susurrando en el pie de la floresta 
un poema sin rima ni metáfora. 
El primero de todos los poemas; 
aquel que solo saben de memoria las flores, 
los caracoles, la montaña y el viento, 
que entre todas las cosas son eternas. 
El poema que puede escucharse en el silencio ardido de los árboles. 


"Partir, c´est mourir un peu (...)"

Rondel dé l´adieu (Edmond Haraucourt, 1890)

Partir de ti 
me llevará a la muerte. 
No hoy, quizá 
mañana todavía 
tampoco. 
Pero
sucederá, 
será posible 
que en este hora precisa 
abro una puerta 
y entro en tu olvido. 

Me voy de ti, 
como me voy de hoy. 
Quedas con este tiempo 
y este lugar, los árboles, 
el banco, el caminito, 
la luz de media tarde, 
tu sombra pequeñita 
pegada 
a tu zapato. 

Eres como un recuerdo, 
pero te falta espacio. 
Te falta esa penumbra, 
ese calor de esquinas 
que no terminan justas. 
Era la copia exacta, 
como un deseo anudado 
dormido para siempre 
dentro del desencanto. 


No trabajan los indios como obreros.
No tienen ese arte del obrador ligero
que vino a levantar ciudades sobre el monte
y va dejando restos quebrados de la tierra.

Antes fueron mejores. Lo sabemos.
Que en la selva crecieron y multiplicaron
su obrar sobre el rostro paciente de la tierra.
Su viejos cementerios son nuestros museos
donde ellos no suelen entrar,
y sus ancianos duermen en urnas de cristal.

Les damos nuestra ropa, nuestra ciudad,
el aire agobiante del cemento pulido
con el que conquistamos el monte antiguo.

Y una tarde, sin voces los pasillos,
vienen a nuestra casa buscándose destinos.
Detrás de los cristales se asoman;
tienen los ojos oscuros como un niño
y el miedo se ha enroscado,
justito a la vera se les queda dormido.

Le ha quedado el nombre, se diluyen
en la raza americana nueva.
Solo el nombre los conserva.
Pertenecen ahora al tiempo indefinido de esta tierra,
que los dolores viejos hoy se cumplen
y el mañana, al voltearse, fue pasado.


Que amplia y desgraciada es la carne humana.
Sangra, se abre, se purpura, incendia,
con facilidad puede caerse muerta
extinguirse entre las llamas
como un lector abriendo un libro
el cuerpo del hombre se abre para el dolor
y se desangra en una historia infinita de convulsiones.
Sangra se abre, se purpura, incendia
y llora y grita y se revuelve:
es el cuerpo de la tierra misma
que se abre ahora y gime estrangulado
despidiendo el hedor de los sótanos y los paredones.

Aquí la tierra envenenada y mustia
cobija el corazón incinerado
del criminal que fuese ajusticiado,
del criminal que se cortó en la rueda,
del que miró el abismo desde adentro
y lo vio anochecer y hacerse cielo.
La carne muerta se oculta bajo el agua,
bajo la arena conversa con las piedras
como una piedra pálida y serena
que mira desde el tiempo indefinido.


Anoche la ciudad anocheció tan sucia
que cuando el sol la tuvo de nuevo con su luz
llamó por sobre el viento para reunir las nubes,
y por eso llovió esta mañana, después que amaneciera.
La columna del agua, azul y plata,
se irguió sobre los techos
dejando caer del cielo
lagrimas de compasión.
"Miren como dejaron que la Luna brillase,
ayer cuando la noche los sorprendió
estaba ella y Venus la seguía.
Pero no la miraron. No quisieron
su pálida figura incandescente
de pura luz en la extensión oscura."
La lluvia vino murmurando en su vientre
como un gigante oscuro de corazón helado
sin animo de andar cayó dormido
sobre la dura paz del edificio.
Solo la lluvia, saltando por las calles;
solo la lluvia, caracol con hambre
lamiendo la miseria de las plantas.


miércoles, 5 de septiembre de 2018

Reside en ti la altiva soledad
de nuestra especie.
Como un libro, en el silencio
de los años acumulados.
Como una flor
que muere con el alba.
Como un caballo enfermo en la penumbra.
Como un gato que duerme.

Puede la soledad hacerte alto,
erigirte de sí misma entre la gente
te llevará sin que la hayas seguido
desprendiendo tu forma de su forma,
alumbrando tus ojos y tus dientes
con la luz y el silencio.

La soledad te constituye espacio,
te sigue como un perro bientratado,
te ocupa los silencios y el murmullo.



Y yo estaré tan muerto
como ahora lo estás tu.

Sucederá
que un día
inesperadamente como el viento
estaré muerto
dentro de un tiempo difusamente viejo.
Seré olvidado,
me reuniré de nuevo con la lluvia,
me iré desmigando hacia el océano,
y una parte de ti
al fin vendrá a buscarme
accidentadamente
entre los escondrijos del planeta
iremos a la deriva
vagabundos de sal
como un pinguino
o una trepidación continental
nos cruzaremos sin encontrarnos ya.


-Regreso de Quetzalcoalt

"(...) que en mi viaje final escucharé
el ambiguo tañir de las campanas"

Que suerte he tenido de nacer, (Alberto Cortez)

A rebato en un puerto cuando el agua
venga a romper la costa
tocaré la tierra nuevamente
iluminado en mi vejez tardía.
Volveré para ver las viejas piedras
que me esperaron hundiéndose en los llanos
susurrando su amor a las raíces,
alimentándolas de lágrimas antiguas
cuando vieron mi sombra en la distancia.
Tuve que irme, pálido y reseco
escapé de una parte de mi mismo
que reencuentro en tus manos
suavemente dormida y persistente.
Aquí están las piedras derruidas
que suspiran y ruedan sin erguirse;
y la mano del hombre las tomó de su sitio
para alzarlas, talladas como un diente
en la cima  plácida de la montaña.

He vuelto, estoy aquí en el tiempo
que ha transcurrido en el espacio del recuerdo
breve y escaso en sus extremos.
Volví con la generación de las tortugas
para ayudarlas a refundar la arena,
para apartar las algas de sus lomos,
constituir de nuevo los primeros refugios
ancestrales que estaban resguardados
el último día que desperté contigo.

He vuelto. Soy la figura que se agobió en tu tierra,
escapé por la orilla occidental del día
y ahora regreso a verte sin avisar que era hoy cuando volvía.


lunes, 3 de septiembre de 2018

*El Museo Nacional de Río de Janeiro 
se ha consumido entero en un incendio de una sola noche,
este nefasto día del 3 de Octubre de 2.018.

Estamos tristes
por el incendio de ese palacio carcomido,
que no nos pertenecía
y que nunca habíamos visto.

Estábamos tristes la primera vez
que leímos la historia de Alejandría iluminada
y las cenizas de aquella antigüedad ardida.

Y estábamos tristes el día
en que los leones de piedra del desierto
fueron dinamitados y partidos
y sus tablillas volvieron al silencio
de las piedras innumerables
de Mossul.

Nicaragua se encierra de nuevo
en su dolor irreconciliable,
Argentina está partida al medio,
Venezuela pierde gente en sus fronteras,
y Perú se inclina bajo la pobreza,
Chile no termina de entenderse,
México tiene un verde brotecito de alegría
ingenua bajo sus manos quemadas por el ácido.

De entre tanta desgracia uno elige,
casi al azar, toma una porción y la retuerce,
hasta que quedan apenas piedrecitas,
esquinas de miseria,
cenizas de papeles.
Y la tristeza segura del olvido.

Una parte del mundo la perdimos,
como al morir un gato.
Esta tristeza viene de muy antiguo,
y no nos pertenece. Es como un río.
Trae consigo el infortunio y la melancolía
de las obras que no serán eternas.
De la muerte que toca el cuerpo y la voz,
y la mano y la letra,
y las piedras
en las vitrinas calcinadas.