Alegría, te llamas
Alegría. Te han dado
el nombre del encanto
mas vivo y cotidiano.
Eres como un cepillo
tan áspero y extraño
pero hermoso, pequeño, como un escarabajo
que se llama Alegría.
La antigua diosa vive en tu nombre dormida,
o crece,
una semilla
en el dolor del hombre
extiende sus raíces
y acaricia la luz que la bondad despide,
la transforma en un temblor
que adentro de los cuerpos se mece.
Alegría en las calles,
bajo el cielo agobiado,
junto al agua incansable,
tu nombre, en tu hociquito
da inocencia y frescura
a tus dientes tan pálidos,
tu gruñido se eleva
como una flor de noche
o una espina en el alba
por que te han dado el nombre
de Alegría.
Pequeño perro feo, que así de bien te llaman.


Acuéstate en el suelo. Las raíces crecen
abajo, en lo profundo de la tierra
abren caminos en la dureza de la roca
buscando agua y sal, respiran
con la alta paz de la arboleda sobre nuestras cabezas;
luego arremeten pacientes, decididos,
desesperados, doloridos y resecos
sienten la humedad, oyen el rumor
que en el corazón del mundo se esconde
en amplias cavernas sumergidas pasea
su antigua majestad embebiendo la piedra.
Y le siguen los pasos. Se afirman en sus bases
buscando los resquicios del mundo.
Puede sentirse su dolor y hambre,
la ferocidad lenta que los habita.
Conduce ahora, como una luz lejana,
en la espesura viviente su esperanza.

Nosotros lo sentimos: su silencio,
su firmeza dura y elevada,
su comprensión del dolor y la muerte.
Ambos páramos debieron atravezarlos
constituyendo refugio a las criaturas;
vinieron las ardillas con su faz de inocencia,
el hambre de los cerdos, las gallinas
pusieron nidos, huevos, inauguraron
una voz renacida a la sombra de tanto silencio.

En su sombra se siente la voz original
los impulsó a aferrarse a la rudeza de la tierra
y hacerse espacio. Oyen la canción del agua
y corren a buscarla. En la paz de su sombra
puede sentirse el dolor y la sed de los antiguos.


Florecieron, todas ellas en una sola tarde
pareciera que un susurro les sacudió los tallos
de tan severa forma que abrieron sus coronas
todas ellas alzándose en el sol
al pie de la paz y sueño de las mandarinas.

Más allá del mar, en los valles de montañas azules
los hombres esforzados se inclinan hacia la tierra
y remueven su piel buscando raicillas
que se afirmarán entre las piedrecitas
para alzar a la luz, la sed y el color de la amapola.

Vendrán los dioses de antaño, los duendecitos
se abrazarán a sus tallos y besarán sus hojas;
una sangre pálida subirá bajo la piel verde.
La oscuridad se dormirá en la frente de sus flores.

Entonces vendrán los hombres, gritando entre las flores muertas,
se llevarán las cabezas delicadas, cascabeles oscuros,
nidos y tesoros de tiempos por venir.
Les rasgarán la carne, largas heridas sangrándo
su ánima de sueño y delirio se caerá con lágrimas de aceite.
De ese dolor los hombres probarán el sueño,
la melancolía, el dolor sin gritos, el murmullo y la muerte.
Un blanco heraldo entrará preguntando nombres.


Una hoja, en el viento, puede caer dormida
sin que nadie la toque, sin que mediara un grito
puede caer y unirse al polvo interminable
que cubre las raíces, que extiende su presencia
y marcha en los caminos desintegrando el tiempo
con su canto de infinito pueblo.
Se perderá en la tierra, alimentando el fervor y el hambre
de los gusanos, el renacer del hongo, la torpeza
del escarabajo que busca entre las hierbas.
Sucederá este tiempo sin que lo sepan los hombres,
sin que descubran el mínimo suceso de una hoja
que cae desde la rama con la lluvia, o solo con el viento;
grandes espacios del mundo la contienen y la olvidan.
Pero sucederá, será posible, sin que medie
el hombre y su bonanza o desventura;
pocas cosas del mundo están sujetas
al capricho y al tiempo de sus manos.

Somos tan pasajeros, los humanos. Consumimos
la espera en sueños, en comidas, en habitáculos
que algún día se revelan malolientes,
que el calor y la paz de la existencia crecen sobre nuestras cabezas
inundando los rincones a salvo, nos ahogan.
Al dormir pensamos en la muerte,
al despertar quedamos desprovistos,
hacinados en nuestros pensamientos,
doloridos y mustios como un tronco incendiado.

Una hoja puede iniciar su muerte, en esta misma tarde
y quizá la ignoremos. No veamos
que es un paso del día en contra nuestra.


¡Poderosa Afrodita!
Tu corazón de espuma
sostiene el suspiro doloroso
de los amantes solitarios
que han visto la piel amaneciendo
sobre el rostro inmenso de la tierra.

Tus muslos inauguran el tiempo
del amplio amor humano.
Tus manos, como hojas,
abren hoy y mañana el horizonte
de los deseos perennes.

De ti han dicho ayer que no tuvieras dueño,
ni padre, ni pasión, ni horizonte definitivo.
De ti queda tu alta figura
robustecida de tiempo y sencillez.
De ti tus ojos pálidos nos miran todavía.


Caída de los ángeles rebeldes

Cayeron por seis días, desde las altas nubes olvidadas.
Una trompeta de plata los perseguía
y una lluvia de migas los cegaba.

Y fueron adquiriendo colas de peces,
uñas de caballos y pieles de serpientes.
La piel de sus sienes se abrió como una herida
y brillaba debajo un cuernecillo pálido
que día a día crecía.

Y en el séptimo día se negaron a sí mismos
cuando una pálida voz vino del aire
y la luz quería reclamarlos
se escondieron entre las piedras nuevas
o en el espacio del sueño y la distancia.
No hubo queja o mortandad que los tocara.

Solos quedaron, ningún árbol hablaba sus palabras.
Las hormigas cumplían sus vidas esforzadas,
bajo la soledad de aquellos ángeles.
Espíritus de viento, parecieran. Espíritus de agua,
de penumbra, de sol, de rumores ahogados
entre el trajín y el sonar de las vidas creadas.


Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; 
porque aquello es el fin de todos los hombres, 
y el que vive lo pondrá en su corazón. 

Eclesiastes 7:3

Siempre son tristes los sábados de gloria, 
que se siente en el aire tu penuria
y amanece lloviendo. Es el Otoño 
que supiera decir lo necesario. 
Amanece lloviendo, el cielo frío 
se quedará esperando que regreses 
de tu largo silencio adormecido. 

Ha de ser tu tristeza lo que te fuera eterno,
porque este día tan último y tan mío
reverdece sus tallos y recuesta
su animo vibrante en el rocío.
Puede verse tu muerte en los arboles.
En la calma sin luz que tuvieron las nubes.

Y mañana tu gloria alumbrará la tarde.
Será como si el día de la tristeza despertara de un sueño,
no ha sucedido nada. No ha durado esta pena.


Hombre gris, la pulcritud de tu camisa
exhibe el amplio y calmo espíritu de tus papeles.
Palabra gris, silencio, bibliotecas de ideas y de mármoles
envejecidos, decadente reloj entre las nubes.
Que envidia a tu quietud y tus espacios
donde el viento descansa de su vuelo
y los muros alcanzan la abstracción del tiempo.

Tu tiempo es una laguna, calma y oscura
de profundidades ignoradas, tus riberas mantienen
su límite preciso y refugiado.
Tu paz son las cenizas de pasiones pequeñas.

Vendrá la muerte y te hallará dormido
en la sombra y el rumor de tus momentos
la obligará a rodearte de su esfuerzo,
a concentrar sus dedos en tus hombros,
a crecer sus raíces en tu vientre
desprendiendo tu paz de tu penumbra.