martes, 17 de abril de 2018

Florecieron, todas ellas en una sola tarde
pareciera que un susurro les sacudió los tallos
de tan severa forma que abrieron sus coronas
todas ellas alzándose en el sol
al pie de la paz y sueño de las mandarinas.

Más allá del mar, en los valles de montañas azules
los hombres esforzados se inclinan hacia la tierra
y remueven su piel buscando raicillas
que se afirmarán entre las piedrecitas
para alzar a la luz, la sed y el color de la amapola.

Vendrán los dioses de antaño, los duendecitos
se abrazarán a sus tallos y besarán sus hojas;
una sangre pálida subirá bajo la piel verde.
La oscuridad se dormirá en la frente de sus flores.

Entonces vendrán los hombres, gritando entre las flores muertas,
se llevarán las cabezas delicadas, cascabeles oscuros,
nidos y tesoros de tiempos por venir.
Les rasgarán la carne, largas heridas sangrándo
su ánima de sueño y delirio se caerá con lágrimas de aceite.
De ese dolor los hombres probarán el sueño,
la melancolía, el dolor sin gritos, el murmullo y la muerte.
Un blanco heraldo entrará preguntando nombres.


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