Ha muerto la elefante
en la ciudad del Plata. Se arrodilló y no quiso levantarse.
Ya nunca más se alzará del polvo
su cabeza inclinada y dolorida
entró en el sueño de la muerte muda
sin saber que era hoy cuando moría.

La vejez la encontró enjaulada y sola,
encerrada en el miedo, tensa en el dolor
no quiso echarse para aguardar el sueño
hasta que el aire se convirtió en ceniza.

La hallaron viva entre la maleza,
amanecida y nueva como un arbusto gris;
y ahora está muerta entre las piedras.
El hierro cayó de sus tobillos murmurando
la paz y el frío de la elefante muerta.

Ahora la sepultarán en su jardín perfecto
de rincones medidos y árboles sin sombra
se olvidará su espacio en la Tierra.
Ya no habrá quien la espera, quien venga a verla
adormecida en el peso de su tiempo.

Y justo ahora, que estaba preparada
la larga espera de la muerte vino
a poner fin sin tiempo a remediarlo.
Quedó solo una caja improvisada,
su camino a la selva recobrada,
su futuro esfumado en la llanura.

Quedó solo el reclamo anidado en el viento
que solloza y la llama entre las ramas
con el nombre original de la criatura.
Pero ya no. Ya nunca más verán su sombra en la llanura.
Ha muerto la elefante en Sudamérica
presa y dolida como una flor cortada.


Fueron todos ellos preparados
para la paz y la furia de la lluvia
en los bosques antiguos, en los prados
eran las generaciones esperadas.
Pero no pudieron llegar
que fueron capturados en los caminos
y en los claros se abrieron bocas oscuras
susurrantes de oscuridades.
La infancia salvaje se despeñó en sus voces,
fue levantada por los aires
desmayada o inundada de miedo
entró en el largo muro del presidio.
Así acabó la edad del elefante
y comenzó su viaje por el mundo.
Los puertos lo expulsaron de la India
para siempre exiliado,
vagó por la plenitud del mar
y llegó a costas quebradizas, de arenas y de piedras inesperadas.
Las multitudes se reunieron a esperarlos
como gritos de milagros y de ferias
tocaron la sombra milenaria de la bestia.
Por ese toque no pudo desprenderse nunca,
preso del asombro y la codicia impura
deambulando en la infinita luz de los zoológicos
el elefante perdió la paz y la sabiduría,
descubrió el amplio dolor de las rodillas,
abandonó el rumiar de la ternura,
se desplomó en la luz de la apatía.
No pudo liberarse, el hierro se aferró a sus patas
murmurando canciones olvidadas
lo adormeció en la celda lentamente.


(...)
o aquella vez que estábamos sentados asombrados
más solos en el mundo que una columna rota.

*

Son preguntas que nunca fueron nuestras,
pero nos las encontramos a la vera de Dios
donde responden a lo que Dios se calla (todavía).

Quizá un día él se levante y nos elija para contestarnos.
Puede pasar, (si peores cosas han sucedido
aunque se había pedido lo contrario),
que venga una respuesta
a tu fe y a mi fe que está en la duda,
a mi curiosidad por las marismas
y a tu ambición por una vida
que ya no sea tuya
sino que pertenezca a un orden material
como un alivio o una respiración en la ceniza
que no nos sepa a sal y a miserias.

O quizá la luz que nos crece en los ojos
cuando buscamos corazones claros.
Yo me distraigo hablando solo,
mencionas datos que vienen desde fuera.
A cada pregunta nos ha de faltar tiempo.

Pero es tan bueno como una cría de rata
que tu asombro florezca todavía:
así de nuevo, y duro, y de bello y terrible.


Bajaron las palomas a la calle
para mirarse en el charco de la esquina,
y se bañaban como señoras gordas
en la luz ceniza de la orilla.

Eran siete palomas, a cada cual más bella,
a cada cual mas sola y fresca
que se bañaban encrespadas y locas
por el húmedo rastro de la lluvia.

Eran siete las palomas solas
bañándose en la huella de la lluvia.