Ahora podes dejarme, estoy entero
y te saque un trocito
de tu estar y tu aroma. Conservo
la sombra de la puerta, árboles y voces.
Cuando te vayas no podrás llevarlos,
no sabrás que se quedan
conmigo en una esquina.

Hoy que podes irte, no te fuiste completo
porque quedé con algo que no estaba previsto.
Cosas que no sabíamos que podían perderse,
quedaran estacionadas entre detalles útiles.
Así pasó con vos, quedaste
como un gato dormido.


El gordo Valor y Mario Benedetti, 
que hoy leía a uno y escuchaba al otro.

Un hombre roba bancos y otro escribe poemas.

Aprendió los detalles del oficio, las runas
ocultas que aguardan la habilidad y la sapiencia
de la mano humana que retuerce el candor y el ronroneo
de una llave escondida en la penumbra.

En mitad de la noche levantan la cabeza y sonríen
hacia una forma que pareciera ajena,
hacia una esquina que se asoma discreta
y llaman desde más allá de los árboles
a la ansiedad que viene con la espera.

En esta hora cubierta de polvo que se agazapa
para rasgar una parte de las dudas y las voces,
buscando que se pueda desprender de los otros
una moneda brillante de tan pura.


"la culpa es de uno cuando no enamora 
y no de los pretextos                       
ni del tiempo"                                  

La culpa es de uno, (Mario Benedetti)

Comencé a dejarte porque me aburría 
este estar sin estar, este llegar sin haber ido 
me dejó tan cansado que te quité mi espacio. 
Y me fui solo y apenas para constituirme 
sin la necesidad de estar contigo.

Fue bueno levantarme después de tus ausencias 
porque nada tenía necesidad de ti, 
el día completo vino empujándome siempre. 
Estuve tan ocupado, fui solo a tantas horas 
que me dejó olvidarte mi costumbre nueva 
de estar sin pedirte permiso. 
Las horas que antes eran solitarias y amargas 
fueron inauguradas, de nuevo entré en ellas 
pero no te buscaba. Solamente quedé 
y me gustó de pronto este largo silencio.

Si aquello fue tu amor, ya no quedaba 
nada de esa paciencia. 
Te dejo, digo esto porque entonces 
valió decir te quiero, aunque hoy ya no. 


Para que nada ronde tu oscuro corazón
te cubre el cuero gris de tu torpeza.

Tu figura compuesta de llanuras,
tu intrincado perfil de alturas,
tu corazón acorazado y duro
como una piedra que no ambiciona el cielo.

Piedra de oscuridad y de berridos,
armado y campesino, errante sueño,
te bautizaron con antigüedades.

El rinoceronte es el animal perfecto.
Pertenece tanto a la bestialidad como a la pureza,
y tanto a la naturaleza como al mito.
La mitad de todo él es invento ajeno.


Cuando nazca le pondrás un nombre,
dirigirás sus pasos,
le darás las cosas y las manos.
Será como si el hijo cumpliese cosas propias,
molestará su fiebre, completarás sus horas.

Después crecerá solo,
tomará espacios y estaturas.
Llegará hasta donde no llegarás.

¿Qué sitios ocupó dentro de ti?,
¿que ternuras se volvieron necesarias?
Los niños, cuando nacen, son como las semillas
que el sembrador tiraba sobre el mundo
y crecen desmedidos e inconstantes.

¿Aprenderá a asombrarse en las hormigas?,
¿tendrá tiempo de ver como rodean el tiempo de los hombres?
¿Qué traerá este niño que sea renovado y bueno?

Cuando nazca la urgencia será tan repentina
que el tiempo de las hojas del lapacho podrá olvidarse.
Podrá ese niño no saber que crecen también los árboles en la tierra seca.
Que una parte del humo y de los hongos quedan a su resguardo.

Quizá no necesite nombre, y solo las hormigas
alcancen sus rodillas para que se sonría.


Yo, la flor, no tengo número.
Soy quien se esgrime como una mano limpia,
renovada de estar bajo la lluvia.

Puedo crecer al amparo y la brisa,
puedo acumular mi desnudo quedarme.
Tengo solo el deseo que da el hambre
y crezco con la sed de los que nacen.
Me muero solo al cabo de las horas.

Yo heredo la complicada geometría
de una flor que no está y aquí y allá crecía.
Ignoro todo aquello que se encuentra
más allá de mi sed y de mi espera.

Tengo el destino de las cosas viejas
que suceden a solas o se encuentran
con la mano, el silencio, o la llanura.

Nos vestimos el hábito del tiempo sucedido.
Nos somos una sola, repetida.


Cuando murió Agapito el pueblo quedó mudo,
sus horas se enroscaron como uñas.
Los árboles empezaron a caerse.

El pueblo tuvo entonces tardes grises,
de polvo y de ladrillos calientes.
Allá donde su sombra ahora hubo muros,
donde su perro quedó solo el silencio.

Agapito traía el mundo de los hombres a cuestas,
arrastraba un costal de cosas muertas.
Y sus manos buscaban solo lo necesario.

Era como un cachorro que ha quedado con hambre,
y era como una perra que se aleja y se lame.

Cuando murió su tiempo lo acompañó en la muerte
sin ruido y sin pausa entre la gente.
Era como la lluvia que se va tras el viento,
o era como una calle que se queda en silencio.
No hubo quien le pidiera quedarse con el pueblo.

Agapito era el hambre y el temor de los niños,
era el perro que gruñe a quien lo hubiese mordido.
Había perdido el habla, el brillo de las uñas,
había quedado solo con su sarna y su olvido.

Recorremos un tiempo y elegimos.
Cuando abrimos los ojos, cuando quedan cerrados,
Agapito podía caminar en el hambre, y en el frío y la locura,
podía estar desnudo en mitad de la calle
y reírse sin alma con los ojos brillantes.


A veces uno olvida que ya pasó ese tiempo,
que este día vino sin recuerdos.
A veces anochece como hoy
y uno quisiera volver entre las cosas
para encontrar claveles escondidos,
o poner una naranja en tu cariño.

Es buscar recuerdos que nunca fueron míos,
o robar un encanto que no hemos conseguido.
Soy como el hombre que quiso y no encontró manera
de beber toda el agua de aquel río.


Pero no te despiertes,
fresno, no te despiertes
por que me gusta tanto
el aire cuando duermes.

Pareciera que todo el invierno
ha venido a posarse sobre el día.