A veces el día ha sido tan bondadoso
y todos los pájaros volaron a su rumbo,
que la alegría me dura hasta después de hora.
Vuelvo y estoy sin querer irme. Me quedo
porque hoy fue aquel buen día
que después recordaré sin la penumbra.

Este día de recuerdo,
que pertenece acaso solamente a mi oído,
me guarda los árboles y el frío,
nadie más ha tocado las piedras del camino.
Este día que me dura incluso ahora, de noche.
Y nadie lo recuerda. Los demás no lo saben.

Yo fui, hice mis cosas, estuve
entre la gente encontré alguna voz y alguna silla,
este día fueron todos mis amigos.
Los quise tanto, tanto, que después el olvido aún será amable.


Tarumba, negro de alma,
baila en las sombras de enero.
Abajo de la morera
se encuentra solo y el viento.
Tarumba, negro y su alma,
el viento ha venido a verlo.
Él baila junto a la mora
porque su casa no tiene techo.
Tarumba, alma de negro,
baila y sonríe contento.
El viento cuando lo lleva
también se va sonriendo.
Se escucha su canto viejo
allá, junto a los esteros,
Tarumba baila en el viento.
¿De dónde viene bailando
el remolino del viento?
¿De dónde tus ojos mansos
trajeron este concierto?
Tarumba, negro y alma.
Tarumba baila en el viento.
Tarumba, viento contento.
Tarumba, baila sin techo.
Todas las nubes y el cielo
lo ven bailar sonriendo.


Yo soy el hombre que se aburre y espera;
tengo la sed y el hambre de la morera.

Puedo constituirme en un espacio,
puedo escalar la voz de las chicharras.
Me atemoriza la luz de la tormenta.

Digo palabras que nadie más comprende,
he aprendido la invención y el arte
de hablar solo en la sombra de la pena.

Yo soy quien ha perdido el nombre
porque no traía a nadie con su mano.
Tengo la soledad del árbol último
después de que han talado a sus hermanos.

Lo que no me enseñaron, lo imagino.
Colonicé las rocas y los acantilados.
Donde había muertos, yo encontré los vivos.

Amo la sed y la penuria angosta
de un camino que vaga entre los nidos
donde las alimañas se recrean.


Los malos petas escriben con letras palabras gigantes
y ponen que el aire siempre es primavera
cuando están alegres, e invierno es tristeza.

Los malos poetas se hablan entre ellos
diciéndose halagos, dulzuras, arañas;
y mucho se ofenden cuando no les responden
en su terco idioma de elucubraciones.
Son los sacerdotes
de un duende mistérico que juega a obligarlos
a escribirse para ellos repitiendo luces que encuentran al cielo.

Los malos poetas no son mala gente
pero cuando escriben, parece
que les falta algo. Un trozo en la frente.

Los malos poetas aman los adjetivos;
los toman, los pulen, los cuelgan en largas cadenas de flores
y pasean por las calles mostrándose brillos.

Los malos poetas mueren por la noche,
inventan de nuevo la vieja costumbre de encontrarse rimas,
rellenan el tiempo con telas de azúcar,
escriben su nombre al pie de la gloria.