No te fundaron, fuiste construida
por las costumbres de los que no se fueron;
quedándose, de tanto estar y repetir caminos
alumbraste tus calles y tu aliento
a descampado árido, a palmera pudorosa,
a desnudo cemento domesticado.

Eres más la costumbre de el andar cotidiano
que una línea edificada o que una ciudad.
No tienes eternidad, fuiste siendo dispuesta
en tu esparcir de calles y de patios
dejando caer portones, callecitas, perros
como semillas de un jardín polvoriento.

Y fue la ciudad, un día estaba entre los árboles
la conquista y el orden de la tierra,
retroceso de ríos milenarios,
extinción de los fuegos primeros,
inauguración de motores ardientes.
Definió que porción de sus rincones reservaría a los muertos
y se echó, para rumiar las horas.

Como las cosas vivas cuando brotan.
El tatú cuando cava, el perro cuando llega,
los árboles que se estiran hacia el viento,
no descubren su sitio en la tierra.
Ocupan un espacio y una hora,
así fue la ciudad.
Donde había campo y yuyos puso hierros,
reemplazó hormigueros y raíces con avenidas,
enderezó la pereza del lapacho.
Tarea de años fue aquella costumbre
de levantarse y apartar el río.
Cuando llueve se evapora y corre el barro por el borde del camino
hacia el terreno que aún no ha sido y espera.

Cuando viajamos de noche y el camino se acerca
crece su resplandor por todo el cielo.
Su coraza de luz se eriza en la distancia.


¿Acaso usted no envidia la ternura pálida del pepino?
Esa forma de estar, silencioso entre todas las verduras
con su piel de lagarto, ahí, amontonados
desnudos y con el corazón tan congelado.
Donde el zapallo canta,
donde la multitud de los tomates
se amontonan gritando al borde del pasillo
e intercambian canciones con las naranjas,
los ajos entonan letanías,
las manzanas se echan sobre el codo riéndose por lo bajo;
allí el charco verde, la laguna
de pepinos dormidos
ebrios de sol
(alguno se ha dormido panza arriba)
puede verse como suspiran suavemente
de tan exhaustos.
Patitas minúsculas, cuello grueso de iguana,
melancolía de un sueño que todavía echa hojas,
llevan en la barriga el rocío sonriente.


Mezclan el oro y el negro con la paciencia
de quien conoce bien lo que ha obtenido;
llevan los dedos teñidos de polvo reluciente.
Aquí la enfermedad y la aventura,
y la sed y el refugio, allá
la edad brillante y la penumbra
descienden desde sus pulgares quebradizos.

Pondré hilo de oro para que la abundancia
toque esta infancia cálida,
hay candelas que ríen en la penumbra,
lana de oveja negra que he recogido tarde,
fiebres de madrugadas, desafíos
de dolores diminutos, retorcidos
jirones de una hora, humedad desnuda,
oro brillante de una tarde vieja,
negra lana de un mediodía insatisfecho.

Serás una altura, un color, tendrás voces,
alumbrarás, dispondrás de sombra.
La permanencia del árbol, la tendrás;
iras a caballo en un camino sin volverte a mirarlo.
No hay más horizontes, todo ha sido;
vuelve a mi, oro y vellón que tuve en la mano.

Enumero tu estancia, veo los brotes
que aún no han sido. Conozco
cada vellón dorado o mortecino
de cada ovillo que encuentro en mi regazo.

Y, hermana, no apresures. Todo llega.
¿Que secreto murmullo nos conduce?


El gallo vino a cantar,
cantando de madrugada.
El gallo vino a cantar,
no le faltaba ya nada.

Cantando yo he de vivir,
porque cantando yo vivo.
Cantando me he de morir,
porque cantando he vivido.

Ay, si no pudiera cantar
que triste que yo andaría.
Cantando puedo vivir
cada vez que viene el día.

Canto solo, canto en corro,
siempre bien acompañado.
Cuando canto vienen todos
los que en mi vida he cruzado.

Mi canto tiene del río
el color y la corriente,
y tiene de la simiente
el espíritu enroscado.

Canto con todos, soy viento
que va llevando colores.
En cuanto abro la boca
se despliegan tus canciones.

Canto tu hijo, tu sombra,
canto tu casa y tu ropa.
Adentro de mi canto guardo
la memoria de tus cosas.


Cuando los dioses terminaron la obra
estaba todo construido:
el mar con caracoles,
las ballenas,
los árboles más anchos y más altos
todos habían sido terminados
con su estatura justa.
Las ideas flotaban en la voz inmaterial,
eran susurros y canciones,
semillas, yemas, brotes.
Los pueblos emergieron de la piedra,
la piedra tuvo arenas,
hubo muertes y vidas infinitas.

Y el silencio se extendió
sobre las cosas puso su ánimo pálido y sereno.
Creció hasta comer colores,
ocupó los colores del invierno,
apretó el sueño bajo sus manos frías,
contagió pereza al calor,
detuvo el mediodía.
Amenazó la creación de tan enorme.
Las hormigas olvidaban volver,
los huevos no brotaban.

Y entonces los dioses construyeron la alarma
dentro de la garganta de los gallos
dieron cuerda e inicio al nuevo día,
grito valiente y roto
enorme ráfaga
 de cristal dolorido
de gozo incontenible
de ruido desbandado
salió cantando erguido
tocando cada pelo y cada hoja
despertó la pereza de la muerte
y la empujó a cumplir por los caminos
y recordó las palabras de la vida
que en cada sueño aguarda.
Solo el gallo
tiene esa constelación de desafío
desplegada en el grito de la mañana
hierve en su voz
el futuro posible.