lunes, 30 de octubre de 2017

Dijiste: "Existe una manera de quererte,
pero aún no la he encontrado.
Dame un tiempo más para buscarla
durante mis atardeceres."
Yo estaba apurado. El sol
se escondió en mi sangre.
No tuve un día de más para esperarte
y no veré tus atardeceres.

Dije: "Hay árboles que crecen y florecen.
Hay flores que aún no han nacido.
Y quizá nunca en estas vidas nuestras."
Yo era tan sabio, como una espina nueva.
Así de joven y de temible era.


Nunca podré contarte
lo solo que yo he estado
cuando una noche oscura no vino la tormenta
para justificarme la tristeza.

Leía de madrugada alguna historia,
aquellas que hablan de tanto amor y desespero,
que me caló hasta donde
durmiera la miseria.

Si, yo he llorado, niño,
sin intención de ánima.
Fue como si, de pronto,
hallarme sin pulmones
y una mancha grisácea
que me crecía aquí dentro.

Que solos que quedamos
cuando estamos despiertos
al borde de los demás que sueñan.


viernes, 27 de octubre de 2017

Que poco te recuerdo.
Brevemente y apenas, simplifiqué tus muros.

Se que eras alta y dura
que una tarde alguien dijo
"se parece a una carcel,
con esas ventanitas asomando en lo alto."
Recuerdo que eras fría y oscura,
yo solía entrar a escondidas
para robar cuchillos tramontina
con los que molestar a las avispas.

Después te hiciste pálida y serena,
tus suelos se cubrieron de colores.
Te arrancaron tu piel de escamas negras
para alumbrarte los rincones.
Entró por las ventanas la claridad de fuera
y se durmió en tu planta.

Te erigiste en la tierra, diste al aire
los callados espacios de tu piedra.
Soportabas el silencioso peso de tu amparo;
como árboles muertos tus columnas.
Tuvo que venir el mundo verde
para alegrar tu clara pesadumbre.
Cuando el jazmín se recostó en tu hombro,
cuando creció salvajemente el conejito
y al pie de tus pilares se enderezó el burrito.

Y ahora que quedaste fuera.
Vino el invierno para habitar tus patios,
dejándote en el tiempo.
La mano humana te despojó de arreglos
para llevarse su vida. En una tarde
te vació la estancia de sus libros,
sus cortinas, sus mesas y sus sillas.
No pudo alzarte, no pudo reducirte
a medida de un dado
y llevarte escondida en el bolsillo.

Te quedaste contigo, en tus jardines
para cuidar la dura rosaleda
que te creciera sobre los gatos muertos.
Para cuidar aquello que se queda
adherido a la tierra por la vida o la muerte,
y que los peregrinos pierden para siempre.

Y no ha pasado un siglo, pero lo pareciera
que no he vuelto a mirar desde tus puertas
la vida como era.


miércoles, 18 de octubre de 2017

Amaban los dioses a Jacinto,
y de entre todos ellos Apolo
era quien más lo amaba.
Porque Jacinto era como el viento
que ha venido nuevo entre las piedras
para limpiar el mínimo camino
donde la hormiga crea su primavera.
Porque Jacinto podía levantar una gota de agua
y al ponerla en su frente brillaría:
así de fresca y nueva era su vida,
así de necesaria y bella.

Amaban los dioses a Jacinto.
Dijeron para ellos: "No habrá más primaveras.
No crecerán más flores en la tierra.
No se abrirán este año nuevas tierras
para que pueda el hombre hallar los frutos
que en ella duermen.
Solo esta belleza nos mantendrá felices."

Los hombres eran nuevos.
No había llegado el tiempo de su pena.
Y de entre ellos dieron a la tierra
la juventud y risa de Jacinto.
Lo sacaron desde sus vientres frescos,
le pusieron sandalias en los pies delicados,
abandonaron canciones en sus caminos,
y lo miraban como se mira a un hijo
que aún no se ha ido.

Así como los hombres, los dioses
trajeron la buena agua de la lluvia
y mostraron a Jacinto el encanto de la melancolía.
Su rostro noble les conmovió la vista.
Le dieron una piedra tomada de los abismos,
para mirar sus ojos alumbrados,
y lo amaban al verlo.
Vino Apolo a mirarlo sobre la tierra.
Que días tan benévolos de antaño.

Así como los dioses amaban a Jacinto
lo miraron dormir. "No será eterno.
Se morirá cuando lleguen los inviernos
y acosen su carne y su espíritu.
Cuando lo dejen cansado y despojado
de la sinuosa juventud alegre
lo habremos perdido para siempre."
Dentro de sus columnas creció un pena
que hizo llorar a las ninfas en los campos.

Ha sido. Se apagó como un fuego bajo el río,
su roja sangre se detuvo y yació
sobre la palma dolida de la tierra.
Sus cabellos se unieron a los árboles,
sus huesos se sumergieron en el tiempo.
Nada queda de él. Solo la pena.

"¿Esto ha sido o fue un sueño?,
que entre los árboles viniera a nuestros templos
para mostrarnos lo que hemos creado
sin saber lo que hacíamos."
No hubo quien consolara a los dioses,
se extinguió el humo en sus altares,
y Apolo abandonó la lira en los bosques.

Pero los hombres comieron y lloraron,
fueron a los campos con sus bueyes,
llevaron a la tierra nuevas semillas.
Caminaron por sobre el ancho mundo
multiplicándose entre las montañas.
Hallaron el espacio de la tierra
y dieron nombres nuevos a los seres.
En los bordes de sus caminos encontraron
pequeñas flores bajo los cipreses
y las llamaban jacintos.


lunes, 16 de octubre de 2017

Él es el hombre que me desagrada.
La bestia enorme sedienta de placeres
a la que el arte no le sirviese nada.
Busca en el suelo madrigueras y huesos
porque ignora el lenguaje de los hongos.
Ha sido construido en nuestra especie
pero ningun destelle se le quedó en los ojos,
donde duerme ese hambre de codicia.

No tiene corazón, no tiene estómago,
no tiene lengua, orejas, cabellera.
Es puro barro y uñas caminando
que cuando muera se abrirá en desidia
porque toda la luz no lo ha alcanzado
y la penumbra lo repugna.

Especie vana y rota. Abre la boca
y el viento no entrará en tu voz.
No hay palabra que pueda retratarte
cuando lo demás puede alzar flores,
y cachorros, y torres, y floresta
que en los espacios del mundo han crecido.

Es el hombre cotidiano e inútil de las ciudades
que se despierta y come sangre ajena,
el que bosteza frente a la belleza y a la muerte
porque mínimo y cruel no alcanza a conocerlas.
Refugiado en su sal endulza el aire
con el humo aceitoso del deseo.
En su mano el talle de una flor pierde destino,
una mujer es una hembra abierta,
un cachorro es dolor y aburrimiento.


René Godoy tiene seis dientes en la boca
y una expresión de tierra chamuscada.

Son los albañiles, que con el sol levantan
las vigas de los árboles, las paredes,
los pasajeros pilares de la tierra.
Sus obras verán otras vidas dentro de ellas,
las mirarán dormir e irse.
Moldearán las costumbres de los niños
o el sopor y la ciencia de los árboles.

René Godoy pertenece a esa estirpe de hombres
que toman barro y piedra
y en la noche se acuestan en la sombra de las ciudades
y en la mañana marchan dentro de ella
convirtiendo muros antaño firmes en escombros
y la sed del cemento en su cimiento húmedo
que escondido en la tierra murmura.
Se duerme y el musgo viene a devorarlo como un caracol.
Entonces cuando viejo, vienen los albañiles renovados;
pican y cavan hasta sus raíces,
arrancan las varillas de hierro oxidado
y quiebran el cemento ya vaporoso cuya piel se desmiga.
Remueven la tierra y urden un orden nuevo,
de barro, madera, piedra y vidrio.
Se trepan al viento adormecido sobre el pasto
para poner ventanas contra el cielo, y pilares
a semejanza de árboles o parecidos a un barco desplegado.

René Godoy parece un hombre anciano.
No el venerable dios de barba pálida
cuyas manos y anillos cuidan un tiempo ausente.
René Godoy es indio y negro, criollo
cocinado desde la tierra misma
emerge desde el polvo bajo el sol más caliente.
Enjuto y renegrido, parece un palo viejo
que emergió joven y grácil de la tierra
pero cayó en el río y este lo llevó lejos.
Lo cubrió con sus aguas enturbiadas,
lo enterró en la piel del barro,
lo devolvió al aire duro y sucio
de todos los rincones de la vida.

Agachado en la sombra de la casa
que levanta y conoce en sus rincones
puede hablar del mundo como un ladrillo
que ha sostenido a todas las columnas.
Cobra gracia cuando habla alto
y su rostro moreno se sonríe
sobre la tibia esquina del pasado.

En el cigarro humea su persona,
en el ceño balancea un recuerdo.
Cuando extiende su brazo pareciera
que atraviesa el viento hacia el silencio
donde eran jóvenes y los muros dormían en la tierra.

Es la más vieja de todas las criatura
que tomó el barro e hizo un nido,
y luego acumuló sabiduría
de la que sirve para construir más nidos.


Ella ha venido fría,
desde la oscuridad de las esquinas.
Abre un libro al azar y me lee en voz alta
las más viejas palabras que ha encontrado
entre el sueño pacífico de mis libros.
Ella puede ocupar los espacios
susurrándose las cosas que no digo;
puede buscar entre las miles de cositas,
todo lo que se me acumula sobre la vida,
para encontrarme anécdotas que he olvidado.
Que miles de papeles y molestias,
que miles de cositas he juntado.
Son como las tortugas de una playa
que al tocarlas el sol han despertado
y ahora fluyen al mar desesperadas.
Me aburro y quejo a solas,
soy el más olvidado de los hombres
que esta noche he salido a la calle
y el mundo no me miró la cara.
Pero ella es tan fría y tan liviana,
que donde yo creo ver aire va y se duerme,
mi pobre soledad, de mí aburrida.


jueves, 12 de octubre de 2017

¿En qué lugar del mundo está Julio,
que mi ventana hoy lo extrañó tanto?
Sola se puso gris y se ha llovido.

Julio sucede más rápido y sencillo
en sus propias flores de llovizna.
Después se va porque en el norte esperan
las inmensas ciudades de los hombres
su honesta exhalación de frío.

Justo la UNNE estaba tan vacía
que sus pasillos parecían dormidos
cuando en la hora de la melancolía,
(entre las cinco y seis de la llovizna),
me fui a mirar cual árbol florecía.

Julio, no estás. Pero es como si todavía
sobre el cemento acariciaras líquenes
de aquellos días tan míos.

Te quiero Julio, (porqué te he nacido
entre tus dedos grises y teñidos).


domingo, 8 de octubre de 2017

¿Es cierto que en Roma hay una colina
enteramente hecha de jarrones rotos?
Uno descubre y cree toda clase de cosas
que se encuentra en el vasto jardín de Internet.
Como que en Japón existe un templo
que cada año se quema y se levanta
para salvar al dios del la amargura
de ser eterno.


Cortales las manos pero no dejes
que lleguen a la raíz donde se guarda
la otra primavera que no nos pertenece
y que espera llegar sin que la estorben
más que la voracidad de los tatuces.

Allí marca la línea de la avaricia,
justo donde la sed de los árboles
se adentra entre las pieles de la tierra.
No ha de llegar el hombre a donde llega
si detiene su paso ante la vida ajena.

Haz que el viento sea una noticia,
un eclipse un asombro de la vida,
un caracol la guardia de la noche,
tu hijo el rebelde que se incline
ante el paso sin fin de las hormigas.