Tu corazón de agua, tu cabeza
tocada por el Sol y la tibieza
que la Luna concede a quien la cuida.
El largo sueño que aún vive entre tus faldas.
Tu cogollo ambición de las orugas.
Tienes tantas virtudes,
amplia eres, como el agua
que te dejó crecer y te hizo húmeda
relicario secreto de tu brote
refugiado del mundo
secreto y mudo
guardado de la luz en tu figura.
De ti viene una voz que nos repite
la suavidad y el arte de la vida
puede cumplirse en una hoja pálida
que mañana caerá en el sueño oscuro
el cual siempre termina con las vidas.
Pero hoy te levanta, te hace brote
y tu sombra da paso a las hormigas.
Hoy eres vegetal, savia, recobras
el ánimo de ser junto al camino.
Tu claridad de estar parece eterna
de tan bella y tan simple que es tu vida.
Puedes así nomas hacerte alta
al florecer alegre en la llanura
dar a la luz tus matas amarillas.
Puedes guardar en tus venas el grito
de un sueño acurrucado que te habita.


Vino a morir, tan hondamente herido
que no tenía la prisa de la vida.
Vino despacio entre las algas ruines,
desmalazado, roto, casi muerto
pero no muerto ya, ni todavía.
Vino este pez de ojos enfermos
a quedarse dormido entre las hojas
agónico, su piel abierta en gritos
pequeñitos aullando en sus costados

No ha podido la muerte hacerte suyo,
palidecer tu rostro, darte altura
y curarte la espina de tu angustia.
No te ha dado, en su arte, aquel sosiego
de quien halló la paz de la derrota.

Te quedaste tu dolor ardido
que aún humea en el charco de tu arrojo.
Te tocó el dolor con su ancha mano fría
y dentro tuyo vaga, tan perdido
que no halla salida de este ahogo.

Nada queda de ti, nada te calma
este temblor levísimo que habita
el doliente cristal de tu martirio.


El viento pasa solo, abandonado.
Y todas las canciones se callaron,
todas las penas se apagaron.

Que dulce soledad es esta pena
de no tener prendida ni una vela.
La Luna se ha dormido sin nosotros.
Se le olvidó prendernos su candela.

Soy como los vampiros que huyen cuando el día
amenaza los bordes de la noche dormida
y se encierran en ataúdes cómodos
a soñar con la belleza de la bruma.


Grande es la historia de los derrotados.
Abarca cementerio olvidados
donde se consumen todavía
los apostatas y los falsarios.
Debe de existir un altar
dónde los viejos dioses se rediman
de la victoria ajena en sus heridas.
Donde Juliano ofrezca sacrificios
para la carne que no tocó la gloria.
Existen cementerios olvidados
como túmulos que la memoria transformó en colinas
para castillos de princesas tontas
y galanes con la espada envainada.
Todos los imperios se levantan sobre cimientos de hueso.

Pero asoman, detrás de las banderas,
los rostros sin orejas de ojos arrancados.
El rostro de los que ya han visto la faz de Dios.


No voy a regalarte
mi anillo porque quieras
quedarte con algo que te parezca fácil
porque mi anillo vale tanto más que tu asombro
que tu fe que tu rostro
que el cariño que inventes
que tu sombra en mi hombro.
No entenderías su brillo.
Te aburriría su ánimo
de cinturón de aire.
Lo perderías acaso
y todo eso no podría perdonarte.
Es cierto que no es oro
y que los morenos inmigrantes
los venden de a montones por las calles
y que no fue ganado
porque se lo robé a uno de mis hermanos.
No voy a darte nada de este anillo,
soy su guardián apenas
su testigo.
Me pertenece solo esta vigilia.
Y tiene más valor que tu palabra
su poesía de ausencia contenida
en el hilo sin fin de la apatía.
Mi anillo es un asceta que repite
su letanía su flor en el desierto
justifica mi amor a su hidalguía.

¿Te conmueve su aspecto de quijote?
¿O su silencio te ha parecido bello? 
O quisiste en la mano sostenerlo 
para robar su corazón arcano
donde ha escondido la palabra extraña 
que pudiera explicarnos su secreto. 


No tardará tu tiempo,
ya los árboles
dirán tu nombre
y se armarán de sueño .
Bajo su alegre aspecto se preparan
para tu largo abrigo
que vendrá a devorar
las hojas amarillas,
las flores tardías,
las horas de los días.
Sera un par de semanas
esta espera
y luego irá entre ellos la noticia
de que te vieron
con tu puñal de escarcha
y tu cabello húmedo
llegando tras el viento.
Se lo dirán a voces
sobre el bullir del hombre
interrumpiendo el sueño
de los viejos y el reír
de los jóvenes
y el vigor de la noticia
sacudirá sus ramas
sus cortezas
se abrirán en suspiros
se apresurarán a acomodarse
sus ramas sus raíces
sus hojas desprendidas
caerán sobre el umbral de las hormigas.
Y entonces el frío
criatura hecha de aire
rudo y agudísimo
entrará en sus voces
aquietando el fervor de su impaciencia
inundará los claros de tristeza,
con su letargo angustiado.
Entonces el Invierno
irá de tallo en tallo murmurando
su vasta poesía
serenará la sed y el sueño
y las voces
una a una, los árboles
entrarán en el manto de la lluvia.
Allí dormidos, tan solos
pobrecitos
pequeños, pequeñitos
como un dedo en la mano
de la tierra
engordados de sal, de hierro, humo
se hará carne en su centro
nuevamente
un anillo sereno y limpio
surgirá adentro de su cuerpo
secreto, lento, húmedo
ocupara el espacio.


Delfos, 
en las faldas del monte Parnaso, 
en la Stereá Elláda. 

Cuanta hermosura cabe en tu pálida extensión
de desolada permanencia humana,
y no ha durado el siglo aquel
que tanto a ti debiera y te costara
alzarte pedregosa y dura, blanca
como una rosa de mármol y finura
tu fuente, tus estatuas, tu lamento
del dios que murmuraba entre tus suelos.

Fue hasta tu portal el largo río
de voces, entre los hombres surgieron
inquiriendo los discretos rincones de ventura
y dejaron en tus manos el oro de la tierra,
alzaron templos, te iluminaron,
dejaron sus nombres hundidos en tus piedras.
Luego quedaste sola.

Vino la santidad y te royó los muros,
vino la guerra y se llevó tus armas,
tus estancias sagradas fueron abiertas
a la codicia que despertó tu oro,
que revolvió tus gritos enroscados.
Sin tu vientre de holgura, sin tus voces
pudo el hombre mirar solo tu sombra
y hallarte antigua, muda, dolorida
de una muerte sin fe en tus altares.

Todo ese tiempo para hacerte vieja,
para crecer y guiarlos a tu armonía
no te fue suficiente, no hubo un día
que pudiese salvarte del olvido.

Un hombre pudo derrotarte, un hombre
que ordenó tu silencio con su voz
llevó sus soldados a tu puerta
a clausurar tu tiempo. Puso veneno
en la quebrada faz de tu colina.
Y aquel hombre sin amor por tu decrepitud
te entregó al despojo de tu tiempo.

Ya nunca más vendrán los viejos sacerdotes
con su aroma a temor y sacrificios
llevando entre tus fuegos las voces.


Puede una hoja nacer, abrir su vida
en el extremo azul de una delgada rama
la herida verde de su acometida.

Se hará sombra, soporte de los amaneceres,
dedo de sed y hambre buscará la luz,
arquitectura y piel, senda de hormiga,
ancha planicie verde, terso parche,
doblez de esta camisa vegetal.
Constituirá la fronda y la penumbra,
su vocecita crecerá en la nube
y guiará el rumbo de la tierra, el viento,
los viajes de las aves, los calores,
la humedad y el ritmo de la lluvia.

Sola crecerá en la forma, el color,
cumplirá el día que fuese establecido.
Y en la altura del árbol hará su obra,
a merced de la vida de la tierra
esperará el hambre de los escarabajos,
el sueño y el dolor de las orugas,
la impiedad del colmillo de la araña.

Luego se hará pálida y dolosa,
roja se hará, perderá lozanía
quebrándose en el frío del invierno
descenderá los círculos del viento
hasta el sino final de lo terreno.
Ya nunca más cruda y temprana,
ya nunca más su labor en la luz,
ya nunca más su hambre acalorado.

Vendrá la lluvia bailando sobre el sueño
de la tierra que aguarda en el invierno
y la hoja, mustia sobre el sopor, abierta
de lado a lado su tez reseca
dará sus extensiones a los hongos
bajo la voz de los seres minúsculos.

Allí la encontraremos, en la muerte
su cuerpo en la urdimbre de la tierra
abrigando la renovada sed de las raíces.


Corazón de lechuga:
cada hoja, al desprenderse,
deja tras de sí una parte
más tierna y más desnuda.

Ve a pararte en el sol y en la llovizna
como una obra de la tierra
y florece, hazte alto, ancho, amplio
de esta simple bondad que te recorre.

A ti irán los ríos y los árboles
te pondrán su cubierta de ternura,
en ti los hombres hallaran remansos
donde saciar la sed de su bravura.

Como esta hoja que ha venido a darse
entre las piedrecitas y los días,
que haciéndose suavísima a sí misma
ahora se eleva y se multiplica.
Date a ti mismo esta delicadeza
de existir y ser verde entre las piedras.


De ti me han dicho ayer
nuevamente tu nombre. Lo olvidaba
y un mensajero oscuro te pronunció.

Cuantos días se sucedieron ya,
que extraño tiempo ha sido este
que fuera mío, tuyo, nuestro.

Hoy no me quieres más. Que triste ha sido
este largo camino hasta tu olvido.
Y es un alivio, no hay que negar lo verdadero,
que ya no puedas verme como entonces.
Me quisiste, te quise, nos quisimos
en otro tiempo ya, que ha quedado extinto.

Si lo esperábamos de distinta forma
no fuimos tan pacientes en que crezca.
Pareciera que soy el único recuerdo que me queda.

Es que se extingue ya; me asaltaba la duda:
¿Cuándo fue que nos quisimos tanto?
Esta dulce costumbre del olvido me ha llevado consigo.


Yo recogeré tu corazón del suelo
y exprimiré la sangre sobre el río.
Y cuando ya, seco como como un escarabajo muerto,
pueda enterrarlo en la raíz del suelo
resurgirá tu grito del abismo.

Se agrietará toda la tierra,
desde los lagos hasta el fuego,
vendrán los hombres tras tu voz
llamados por la justicia y la desesperanza.

Entonces despertarán los muertos
sin corazón, sin lengua, ya sin huesos
avanzarán sobre la tierra buscando
un lenguaje desnudo de improperios
y embellecido en ideal, libertarán los suelos.

Pero tu grito no se detendrá en el viento,
porque buscando el hábito del quiebre
tomará más alto el vuelo.
Escalará las viejas escaleras,
hará nido en el extremo de las secuoyas
y sus orillas se oirán en los confines del mundo.


Gigantesco Trantor, majestuoso Trantor.
Como un escarabajo codicioso
habitando su alma adormecida.
Inmenso Trantor, coraza cristalina,
consumiéndote tu propio estómago
y elevando tus dientes de metales.
Tentáculo de titanio remachado de oro,
extendiendo tu oxígeno al vacío,
en tu embajada de voces numerosas
ascendiendo en el rugir de tus profundidades.

Abandonado escarabajo muerto de rostro derruido.
Ciegos tus ojos, derrumbados tus cielos,
moribundo Trantor renacido
mientras tu vientre abre sus ojos al cielo.
Muertos. Muertos y flores pudriéndose en tus entrañas.
¡Ah, Trantor majestuoso e incendiado!
que a la galaxia perdiste en laberintos.
Mole metálica rota y derretida,
y tu viejo corazón de semilla.


Ven alma mía, pequeña casualidad.
Ven alma mía, te daré un mensaje
y repítemelo cuando me duerma.
Dime así: ¡Envejece sin pausa!,
hazte cada día más pequeño y cotidiano.
Es el modo de Dios, y el de los vientos.
Es el modo en que mueren los árboles.

Y si en sueños te aparto, como un mosquito,
vuelve a mí y repite lo que dije:
No te ames en exceso, tienes brillo
solo porque las piedras se partieron para ti.
Ellas te dieron este color y forma.

Vuela alma, vuela como un pajarito iridiscente
a cautivarme con tus alas,
en el asombro planta la semilla
de la que surgirá iluminada
mi propia vida, tan amorosa de penumbras.

Vuela, parda paloma, con mis palabras
a guardarlas pacientemente.
Espera que la oscuridad nos aquiete
y nos calle y nos guarde.


Ven aquí, Satán, siéntate a mi lado
y dime que hoy no has hecho algo malo.

Dime que ves el hambre que tiene la gente,
y que ya has pensado como remediarlo.

De ti me dijeron "No tiene remedio",
y aquí te has quedado, mirando, mirando.

Tu blanca sonrisa se apagó hace rato.
Parece que triste te has puesto al hallarlos.

¿Este es tu triunfo? ¿Negarás tu obra?
¿Me dirás acaso que nada es tu culpa?

De ti me dijeron: "Es malo y le gusta
que el alba del hombre arda y se consuma."

Y aquí un pueblo entero se incendió y gemía,
los niños tan fríos, los caballos yacían.

No llores, demonio. Pequeña manzana,
no dije que fuesen tuyas estas faltas.

Si ha sido el hombre quien se abalanzara
como un huracán sobre las moradas.

¡Quien pudiese negarlo! Decir: "¡Es mentira!"
"¡No ha sido mi mano la que los matara!"

No llores, demonio. Tu cabeza calva,
tus ásperos cuernos, no te han condenado.

La maldad del hombre, la que enciende el aire
y rompe la sangre, sale de sus manos.

Y tu, buen demonio, aquí como un río,
siempre te me quedas, mirando, mirando.


Ladrale en la puerta esta noche cuando de madrugada
te despiertes y nunca más encuentres la cadena
y la torpe cubierta donde te envejecías.

¿Donde se empieza a ver tu nombre?
Hace mucho tiempo, en otros lugares y con otras gentes,
estabas despierto y eras insoportable.
Un aluvión de terquedad suicida,
una llovizna de inhumana correría.

Nunca fuiste muy consciente, ¿verdad?
Se había construido un mito alrededor de tu figura.
Tu nombre azul tenía la virtud de la presencia.

Y esta noche, al despertar a oscuras,
solo, como una flor del alba,
tu ladrido en la puerta de la muerte
conmoverá el espacio más allá de la lluvia.


Cinco caballos alazanes corriendo en la avenida,
y detras siete muchachitos, niños y delgados.

Eso éramos. El mundo es un grueso caballejo
que a si mismo se pace y en sí mismo se acuesta
y con los ojos idos nos contempla corriendo
en sus caminos cinco caballos nuevos y siete niños frescos.

Eso éramos. Teníamos piel sobre los hombros
y sus huesos en las manos y en el cuello.
Y detrás de ellos corrimos dando voces y sueños
los oscuros caballos y sus oscuros dueños.


¿Nunca descansará tu ala su chirrido?
¿Nunca se va de tu lomo el grito?
Nadie te escucha, ni siquiera yo.
Es tan de noche
que ya parece un día perdido.
No hay Luna, todos duermen,
hasta a la eternidad le ha dado sueño.

Este mensaje tuyo que no ha tenido dueño
molesta ya, aburre, tiene filos
que arañan mi silencio. Pequeño entrometido
vete a cazar las gotas del rocío
que ha sido medianoche hace dos horas
y tus alas anuncian dolores escondidos.
Vete a beber en una hoja dulzuras,
por media hora a solas.


Hoy quizá no seremos los hombres del mañana,
(y mañana tampoco),
y no traeremos hijos y triunfos
y no iremos frente a las multitudes arrastrando banderas y palabras.
No crecerá en nosotros un sauce
sobre la piedra ancha del alfarero.

Somos el hombre cotidiano y absurdo
sumido en la costumbre del fiambre y el pan,
que vamos por la calle sin mirarnos
y huimos de la oscuridad.
(De noche la ciudad se enciende,
el cielo queda ciego de tanta luz.)

¿Que buscábamos? Luces, o penumbras;
somos criaturas vanas y aburridas
que se mueren de tanto repetirse.
Hoy quizá no seremos, y mañana
no hay promesa que pueda resguardarnos.
Somos el hombre mustio y sereno
que sostiene en su sombra a las ciudades,
que respira cemento y hierros y humo
para toser palabras sofocadas.

Nos preocupa el calor, el hambre, el frío,
el aburrido correr de las hormigas,
la paciencia sin fin de los eneros,
el avezado filo de un cuchillo,
la garganta y el ojo de un amigo.
Somos un hombre cotidiano y terco,
que ha elegido vivir y estarse muerto.


"El 8 de julio de 2011 Ezequiel Agrest, de 26 años, fue asesinado durante
un asalto en el barrio de Caballito a la luz del día. En pleno juicio
por el crimen, un periodista le preguntó a Diana Cohen Agrest, madre de
Ezequiel: «¿Por qué pide la prisión perpetua
para el asesino? ». Su respuesta condensó una razón tan elocuente como
irrebatible: «Porque perpetua será la ausencia de mi hijo»."


Ausencia Perpetua. Inseguridad y trampas de la (in)justicia. (Diana Cohen Agrest, 2013)


Mañana estará muerto. Y los días siguientes.
Y el resto de mis días 
se habrá ido para siempre.
Será mi soledad de su silencio,
la oscuridad y el frío los bordes de su imagen, 
habrá espacios vacíos de su cuerpo 
y costumbres sin brillo, abandonadas.

Los hilos de su vida en mis hilares penden 
cortados en el tallo. Nade queda de mi 
tras esta ausencia. Se diluye el día que recordábamos.
Me pertenece a mi buscar detalles 
que conserven aromas, que conserven 
mi vida alrededor de sus presencias. 
Soy como el agua sin pretensión de lluvia 
que no veré llover por la ventana.
Nadie vendrá. Para justificarme. 
Quedo sola en la luz de sus mañanas. 

Que feroz es la muerte de los otros 
cuando toma mis días en su oficio. 
Tocó en él la carne, y en mí el alma. 


No pudo alzarte, no pudo reducirte
a medida de un dado
y llevarte escondida en el bolsillo.

Tuvimos una casa, en un lugar del mundo
donde nunca llegaban aquellas golondrinas,
y que una tarde parecida a otras
dejamos relegada en el camino.
Nos fuimos a otras ciudades, otras lluvias
nos cayeron encima de imprevisto.
Descubrimos el duro misterio de las tortugas
que entre los edificios sobreviven.

Tuvimos una casa que se rodeó de árboles,
que se erigió en costumbres.
De ella sabíamos todo, conocíamos
cada ladrillo y cada yuyo seco.
En su jardín pusimos rosas y enterramos muertos.
Era tan nuestra que no tenía nombre.

Nos fuimos a otras ciudades, otros muros
se alzaron esforzados junto a nosotros.
Ella quedó callada y mustia, era como una puerta
cuya llave se olvida en otra tierra.

No volvimos a entrar por sus caminos,
no trajimos otra vez los viejos libros.
Nadie tocó sus muros en la noche.
Sola quedó, dormida en su inocencia.
Los gatos muertos se desmigaban en la tierra.

Así renunciamos a sus días. Los guardamos
en cajas y apilamos paciencia
una tarde parecida a otras.


Ha sido tan cansado hallarse en la vereda
y no poder tocar sus muros viejos.
Ya nunca más sus altas arboledas,
el duro murmullo de los rosales
agobiados de sol y polvareda.
Han venido otras gentes, con su atuendo
para vestir tus patios y rincones
de otro color, ya nunca más el nuestro.

Me ha quedado el recuerdo, la impaciencia
de verte ahí nomás, junto a la reja
tan alta y blanca y muda
que nunca parecieras nuestra.


De ti me han dicho ayer
nuevamente tu nombre. Lo olvidaba
y un mensajero oscuro te pronunció.

Cuantos días se sucedieron ya,
que extraño tiempo ha sido este
que fuera mío, tuyo, nuestro.

Hoy no me quieres más. Que triste ha sido
este largo camino hasta tu olvido.
Y es un alivio, no hay que negar lo verdadero,
que ya no puedas verme como entonces.
Me quisiste, te quise, nos quisimos
en otro tiempo ya, que ha quedado extinto.

Si lo esperábamos de distinta forma
no fuimos tan pacientes en que crezca.
Pareciera que soy el único recuerdo que me queda.

Es que se extingue ya; me asaltaba la duda:
¿Cuándo fue que nos quisimos tanto?
Esta dulce costumbre del olvido me ha llevado consigo.


"¿Valgo tanto?", preguntaba.

Valía... oro, perlas, diamantes,
plumas de palomas, arrullos
de una gotera envejeciendo
lluvia tras lluvia, una moneda
plateada en el pelecho de los charcos,
canciones, un violín, explosiones
de granadas maduras, de sandías
caídas en la tierra y a la suerte
de las hormigas, las gallinas,
un huevo tibio ya casi inaugurado
por la costumbre dura del nacer del polluelo.
Y luego un collar, de piedras repartidas
en la garganta oscura de la tierra,
la huella, el pelo, los colmillos
de un mamut, un perrito,
un gato viejo y roto por el afán
del hambre, el afán del trotar;
el oficio del monje, el del aventurero,
el del perezoso, el del elevador
de árboles y columnatas de humo,
de edificios de luz y de metal,
y los colores de la luz, como un cañón
disparado a los dedos de la lluvia...

"Vales, tanto como la lluvia vales."


Como la flor de la cebolla eres:
blanca, nueva, e insospechada.
Que no imagina uno hallarla
y entre las hojas asoma su ternura.

Tanta es la fuerza de la costumbre
que obliga a adivinar en las cebollas
solo su tallo rebosante y húmedo,
apenas y quizá una hoja alta.
Pero en los campos, más allá del hombre,
su estrella pálida se alza.

De la cebolla, como una cancioncilla,
surge la columnata verde y calma
arriba, arriba, el cielo de las hormigas
se abre en una coronada primavera.

Como esa flor, así de original,
de primigenia, de suave y de salvaje eres.
Mira como he venido entre los campos,
y esta pena de no querer herirte.


Donde hay luz la oscuridad se duerme
y vienen a cuidarla los murciélagos.
Ellos doblan sus alas membranosas
murmurando canciones olvidadas
tras sus encogidos cuellos la oscuridad
apoya sus anchas manos frías.

Pero en mitad del sueño ella despierta,
queda en silencio mirándolos
tan oscuros e idos, tan desvalidos
con sus alas plegadas en torno a corazones
latiendo miles de ellos bajo su palma.

Ella pasea en las cuevas, observando
como duermen millones de murciélagos.
Sale fuera, aún es día. Aún
los árboles cantan y trabajan en los rayos del sol.
Se consume una paciente espera.

Es la hora. Ellos lo saben y despiertan
agitándose, abriéndose con amplios chillidos
insatisfechos ahora de aire, altura.
Los hombres escuchan sus gritos agudos
y se refugian en sus luces y murmuran voces amargas.

Ya no hay luz. El día se ha ido.
Sobre la vasta plenitud del mundo
la oscuridad se extiende respirando
bocanadas de criaturas. Desde las cuevas
vuelan miríadas de murciélagos
azules de tan lisos y brillantes.
Sonríe la oscuridad al verlos irse en su vuelo.

Ahora ellos danzan arriba, en el cielo inasible
embuidos de aire, persiguiendo los insectos del mundo.
Nada queda, parece, de su antigua inocencia adormecida.