lunes, 19 de marzo de 2018

Puede una hoja nacer, abrir su vida
en el extremo azul de una delgada rama
la herida verde de su acometida.

Se hará sombra, soporte de los amaneceres,
dedo de sed y hambre buscará la luz,
arquitectura y piel, senda de hormiga,
ancha planicie verde, terso parche,
doblez de esta camisa vegetal.
Constituirá la fronda y la penumbra,
su vocecita crecerá en la nube
y guiará el rumbo de la tierra, el viento,
los viajes de las aves, los calores,
la humedad y el ritmo de la lluvia.

Sola crecerá en la forma, el color,
cumplirá el día que fuese establecido.
Y en la altura del árbol hará su obra,
a merced de la vida de la tierra
esperará el hambre de los escarabajos,
el sueño y el dolor de las orugas,
la impiedad del colmillo de la araña.

Luego se hará pálida y dolosa,
roja se hará, perderá lozanía
quebrándose en el frío del invierno
descenderá los círculos del viento
hasta el sino final de lo terreno.
Ya nunca más cruda y temprana,
ya nunca más su labor en la luz,
ya nunca más su hambre acalorado.

Vendrá la lluvia bailando sobre el sueño
de la tierra que aguarda en el invierno
y la hoja, mustia sobre el sopor, abierta
de lado a lado su tez reseca
dará sus extensiones a los hongos
bajo la voz de los seres minúsculos.

Allí la encontraremos, en la muerte
su cuerpo en la urdimbre de la tierra
abrigando la renovada sed de las raíces.


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