Yo no escribo de Dios, ni de los sueños,
ajenos sueños que reclaman sueños,
porque busco en mi habla una certeza
que dé mi calma a estas preguntas nuestras.

No conmueven a mi animo los niños
que transitan los dolores y bellezas
donde yo antes transitara.
No levanta mi mano la belleza
donde existe la mujer deseada
por aquellos que al lado mío dormitan
su propio sol y propia pena.
No titubea mi vista al hombre augusto,
que me separa de él con sus estrellas;
y en otra forma mi nombre se sucede.

Más que egoísta siempre es mi pregunta.
Es más que la luz bebida por el agua
donde después ha de beber la tierra.
Por eso siempre digo caracoles
y lloro sobre las tortugas muertas.
Aquello que buscaba se escondía
bajo el caparazón de su miseria.
Por eso siempre busco una respuesta
que, necesaria, ha de surgir entre las piedras.


"(...) En la hora calma
mi pensamiento olvida el pensamiento,
mi alma no tiene alma."

A lo lejos en la noche lunar. (Fernando Pessoa)

A veces olvido
que voy caminando por la calle, 
que la gente me mira. Mi vecina, 
la viejita que mira tras el agua de sus anteojos puros
y sospecha que digo luces insensatas. 
Y hablo solo, solamente, 
solitario, soltero 
de toda cacería 
voy por la calle hablando 
conmigo mismo. 

Puede el silencio hacerse verde y alto,
tomar forma de árbol, elevarse
y dar paz y refugio a los gorriones.
Y luego ha de caer, porque las cosas
pueden morir, caerse lentamente
para ser el pueblo sin fin de las hormigas,
para permanecer en el murmullo de los líquenes,
o sorprenderse sin elevar su queja
de que el hombre lo convierta en guitarra
que desprende la voz de las estrellas.
De la muerte del árbol, de su ocaso
puede tomarse apenas una parte
que acaricie el nacer interminable .
Se prepara en la tierra el árbol nuevo.


Murieron todos los tigres
esa tarde,
no quedaba ninguno.
Estaban muertos,
cada uno,
de ellos, sus cachorros
había sido silenciados,
sus madrigueras,
los helechos llegaron
húmedamente fríos
como un río venenoso
descendieron
a las penumbras de la tierra vieja.
Y las garras colgaban
como collares,
los huesos eran piedras nuevas,
los dientes estaban fríos y secos,
la piel se extendió como un desierto
en los salones pálidos.

No los nombraron más,
quedaron en silencio
como dioses sin ritos, las palabras
no podían encontrarlos
y se apagaron,
chisporroteaban
rotas desde adentro
"tigresa", "cachorrito",
"tigre" como una raya húmeda en el suelo.