Tiene hambre el perro;
se recuesta en el suelo
y el dolor de estar vivo le consume la pena
que en sus ojos alumbra débilmente.
Así nos mira. Sabe
que espacio corresponde de su vida
a nuestros ánimos. Reclama
su porción del Paraíso.

Pocos afrontan la tarea
de levantar los huesos del perro
y enterrarlos ceremoniosamente junto al camino
después que la criatura se extinguiera.
Pocos afrontan la dura pena humana
que en los ojos del perro se reflejan.

Tiene hambre el animal, exige
agua y paciencia, corazón, cariño
de la costumbre que abriga;
aquella que se erige como un árbol y sombra.

Una vez el humano tomó el perro
del corazón crujiente de los montes
y lo llevó consigo. Lo hizo parte
de cada soledad y cada empeño.
Perpetuó su fe y su sapiencia
en la piel caliente de los perros,
diciendo "aquí y ahora"
eligió sus colores, dio forma a sus mandíbulas.
Junto al ancho camino ambas especies
miraban agazapadas su destino.

Son tan nuestros los perros, somos suyos
desde el estrecho abrazo animalesco
que nos abriga cuando reconocemos
su huella entre los rastros de los pueblos.

Una vez fuimos burdos y crueles
con su sangre, aún lo somos.
Cuantos perros se consumen
en el peso y la luz de las ciudades
vaga su soledad atenazada
a nuestros cotidianos desamparos.

Tiene hambre el perro. Basta
con dejarle, en nuestra puerta, agua.
Vendrá con su inocencia a saludarnos,
nos dirá su ronco idioma,
su húmedo amor nos seguirá los pasos.

Existe quien teja el desagrado
por la piel, el ruido
que un cachorro, un adulto, un perro anciano
exponga a la miseria del humano.
Existe quien mira, aún a sí mismo,
desde el alto sitial de los engaños;
y esta criatura abandonada y mustia
empaña el orgullo de los espejos.

En sus ojos estás. Mírate al perro.
Desde debajo de la mesa,
junto al árbol, bajo el puente,
desde la viperina voz de la cadena
arde el antiguo pacto que tenemos.
Uno a uno iremos por la tierra,
tan suyos somos que parecen nuestros.


A veces me pregunto
cómo es tu corazón,
qué forma tiene,
su color y tu ritmo,
su voz, más allá de tu hueso,
más allá de tu carne
llamando en el espacio
monótono y veraz
como una llama,
igual de dolorido.
Así ha de ser, yo lo imagino
en esta eternidad de la distancia.

No sé nada de ti, solo tu olvido.


Niño, el amor tiene
espacios derruidos
y sombras miserables
que gruñen y se quejan
cuando tu voz se acerca.

Muchacho, el amor puede
abrirse en una hora
y morir en la sombra
sin llegar hasta el sol
que los días prometen.

Hombre, el amor deja
capillas de costumbres
y flores en el campo
después que sucediera
lo que no te gustara.


Vinieron, tan oscuras y pequeñas,
a conquistar mi misera reserva de azúcar
donde la hube escondido la encontraron
pálida y pura como una mina rica
la alzaron en sus lomos esforzados
y allá iban, hormigas descaradas
ladronas de mi última ración llevaban
lo que pusiera a salvo tan confiado.

Entonces las ahuyenté, apenas con la mano
sacudí el aire sobre sus figuras,
me alcé en el cielo cubierto de penumbra,
murmuré agreste sobre su premura;
y calladas comieron cada una
el último grano subrepticio
que entre los dientes me escondían.


Desde el fondo del mar sacan un cangrejo peludo
los japoneses, el pueblo pequeño de las islas negras,
lo llevan más allá de la orilla hacia el ruido de la ciudad,
lo reciben con luces, con asombros, lo bañan, lo enderezan,
lo calman en aguas heladas y rígidas como un cuchillo,
y el cangrejo se queda ahí nomas, tan quieto e inocente
con sus ojos ignotos esperando la paz de los océanos.
Siente el miedo que acaricia su vientre, siente el aire
opacado y humeante de esos salones tan estrechos y nuevos,
pero ya no resiste. Permanece aterido en sí mismo,
hermoso, una roca velluda arrancada de la piel del mar
que lo llama, que lo nombra junto a los barcos de los pescadores
y lo nombra en las redes y en las jaulas que esperan,
que se extiende sobre las orillas y conmueve la paz de las gaviotas.

Vienen los hombres a tocarlo, gritan su nombre, lo venden
por las calles, vocean su antiguo nombre colorado
y un millar de expertos se asoman a verlo.

Pero él no sabe, no conoce su precio. Espera
que el mar se extienda con su cabellera verde, con su sonrisa
traiga la quietud y el coraje del agua profunda nuevamente.
Esperando sentirse nuevamente tan húmedo no ve llegar la muerte.

Lo toman, lo atenazan, lo atan de sus extremos, lo sacuden;
y el miedo crece como un metal pulido que le aprieta las pinzas.
Lo meten en una vaporera, vivo y a oscuras, ardiendo
de la fiebre maligna se adormece firmemente hundido en el silencio
mientras su coraza clara toma el color del fuego.

Pero los hombres no entienden el lenguaje de su muerte,
no imaginan la magnitud del miedo, la dureza de ese silencio agrio.
Ya tierno lo despedazan sobre el mármol y la madera,
le arrancan las amplias patas agudas, abren su corazón con un cuchillo,
y quitan su carne pálida de los escondrijos originales.
Queda desnudo, ya sin estar presente. De su cadáver solo se adivina
el color y la forma de su muerte.

Y lo ponen en fuentes de cristal rodeado de repollos jóvenes,
bañado con el aceite ancestral, tocado por el corazón del ajo suavizado,
sobre el alga verde de los fideos dormido.

Ahora el mar no podrá reclamarlo. No lo verá,
no responderá cuando lo llame.
El mar encontrará cascaras en las orillas, y no tendrán su forma.

Los salones lo reciben revestido de sal,
de pimienta, de humo, sin dolor, todo él como una flor que cortaron su tallo;
al hambre de las criaturas de la tierra negra.




Yo soy en el amor como las nubes,
pues pertenezco al amplio horizonte,
y desde allí observo tus caminos.

Puedo permanecer en mis alturas,
vagamente distraído sobre el viento
con el sol hamacándose en mi oreja.

Estando así tu nombre se hace humo,
de tu figura vuelan las palomas
llevándote en el pecho colorido.

Llega la noche cuando me descuido,
crece en la tierra inundando los campos
y florece la luz de las ciudades.

Pero ya estoy dormido.


"Bello es el mundo, y perfecto
por que a través de él se ve a Dios."
dijo el humano
y bajo sus pies las hormigas marcharon
cubiertas de púas contra los escarabajos.


Ven a sentarte. Escribo
tu rostro en una hoja. Digo:
"Dios huele a caramelos,
y a días de otoño tibio."
Vendrán las horas, como palomas gordas,
posándose en el espacio de esta vida
y nos hallará un extraño
todavía sentados en este día.

Será porque he escrito
las horas bendecidas
y los espacios grises que guardo para mi.
El tiempo de la espera tiene su voz ahora,
cuando cierro este libro
y te alejo de mi.

Yo, que he perdido el modo,
esperaré en la sombra,
como esperan los árboles
la lluvia por venir.


Hoy saludé a un perro.

Un perro en una esquina se paró y nos miraba,
como nos miran siempre los perros que no ladran.
Parecía cachorro. Tenía la nariz rosa
y le cabía la mañana en los ojos en calma.

Yo iba por la calle, cruzándome de esquinas,
y le extendí la mano buscándole la paz,
(Los monos de otra tierra se saludan igual.)
y el perro, este cachorro que no llegara al año,
dejó caer su lengua sobre mi anillo gris.

Han sido días de otoño, apáticos al sol.
Yo cruzaba la calle y un perro sonrió.