lunes, 23 de julio de 2018

Tiene hambre el perro;
se recuesta en el suelo
y el dolor de estar vivo le consume la pena
que en sus ojos alumbra débilmente.
Así nos mira. Sabe
que espacio corresponde de su vida
a nuestros ánimos. Reclama
su porción del Paraíso.

Pocos afrontan la tarea
de levantar los huesos del perro
y enterrarlos ceremoniosamente junto al camino
después que la criatura se extinguiera.
Pocos afrontan la dura pena humana
que en los ojos del perro se reflejan.

Tiene hambre el animal, exige
agua y paciencia, corazón, cariño
de la costumbre que abriga;
aquella que se erige como un árbol y sombra.

Una vez el humano tomó el perro
del corazón crujiente de los montes
y lo llevó consigo. Lo hizo parte
de cada soledad y cada empeño.
Perpetuó su fe y su sapiencia
en la piel caliente de los perros,
diciendo "aquí y ahora"
eligió sus colores, dio forma a sus mandíbulas.
Junto al ancho camino ambas especies
miraban agazapadas su destino.

Son tan nuestros los perros, somos suyos
desde el estrecho abrazo animalesco
que nos abriga cuando reconocemos
su huella entre los rastros de los pueblos.

Una vez fuimos burdos y crueles
con su sangre, aún lo somos.
Cuantos perros se consumen
en el peso y la luz de las ciudades
vaga su soledad atenazada
a nuestros cotidianos desamparos.

Tiene hambre el perro. Basta
con dejarle, en nuestra puerta, agua.
Vendrá con su inocencia a saludarnos,
nos dirá su ronco idioma,
su húmedo amor nos seguirá los pasos.

Existe quien teja el desagrado
por la piel, el ruido
que un cachorro, un adulto, un perro anciano
exponga a la miseria del humano.
Existe quien mira, aún a sí mismo,
desde el alto sitial de los engaños;
y esta criatura abandonada y mustia
empaña el orgullo de los espejos.

En sus ojos estás. Mírate al perro.
Desde debajo de la mesa,
junto al árbol, bajo el puente,
desde la viperina voz de la cadena
arde el antiguo pacto que tenemos.
Uno a uno iremos por la tierra,
tan suyos somos que parecen nuestros.


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