Este año ciento veinte millones de cangrejos irán a Navidad
y cavarán cuevas en la arena para multiplicarse como espumas.
Los ancianos en islas cultivarán los diques
que protejan los huesos del mar.
Y una marea roja liberará a las ostras
que en las costas del Índico cultivan dentro de jaulas.

Este año se extinguirán los rinocerontes,
morirán tres ballenas bajo el sol de una playa.
Una planta de menta extenderá retoños
sobre la piedra aguda del edificio roto.


Mi profesora de filosofía era una mujer de corazón partido
que en la apatía de la lección insulsa encontraba la paz de la derrota.

Y una mañana un grillo, o un escarabajo, o una mosca sin luz,
fue caminando hasta su pie derecho con el espíritu huidizo del perdido
que entre la masa humana del cemento no halló escondrijo.

Y ella, que relataba una lección de voces extintas,
sin un gesto ni un grito lo pisó en las espaldas.
Contra el suelo crujió el animalito.

Así ha de ser la vida cuando pierde sentido.


Fue el centauro a la roca para mirar el agua
como un arbusto más sobre la tierra;
el pálido reflejo no lo miró a los ojos.
Una pequeña aguja lo tomó entre la hierba
junto a la planta noble del corcel.
Es el veneno agudo del escorpión,
hijo de la oscuridad y del acecho
llevó su carga de dolor hacia el pecho
de tan magnifica criatura.

Aquí su cuerpo se arrastró en la arena,
bramaba poderoso entre las piedras
apenas con sus manos contra el resto
que el mar informe ha echado fuera.
La cabellera augusta se humedeció,
esquirlas de amarga sal sobre su pena.

Yace el centauro, magnifico en la muerte
no ha borrado el agua su monstruosa belleza.
Sus hombros son dos caracolas pálidas,
su corazón es una túnica incendiada
que ardió dentro del cuerpo consumiendo
la fútil carne y el olvidado espíritu
de esta criatura muerta.