Mi profesora de filosofía era una mujer de corazón partido
que en la apatía de la lección insulsa encontraba la paz de la derrota.
Y una mañana un grillo, o un escarabajo, o una mosca sin luz,
fue caminando hasta su pie derecho con el espíritu huidizo del perdido
que entre la masa humana del cemento no halló escondrijo.
Y ella, que relataba una lección de voces extintas,
sin un gesto ni un grito lo pisó en las espaldas.
Contra el suelo crujió el animalito.
Así ha de ser la vida cuando pierde sentido.
jueves, 21 de septiembre de 2017
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