*Con esta, son quinientas.
Impunemente.

Hoy ha llovido tanto, que mi animo
se ha lavado hasta plantarse pálido y sereno
junto a la ventana. Y no ha dicho palabra.
Pareciera que triste se ha quedado,
que me busca a momentos para hablarme,
pero nada tenemos que decirnos.

Es que llueve, ha llovido, lloverá todavía
para siempre, desde un pasado muerto.
Otros hombres rieron este día, o dormían
hace ya tantos tiempo
Nada hay que decirnos, hace frío
este final de enero que nos queda .
Nos pertenece a ambos la tristeza
que la lluvia incrementa con su ritmo.

Quizá no sea la lluvia. Ella se ocupa
de la sed de las hierbas, de dar brillo
a los caparazones y tentáculos; y más aún.
Llega a los espacios de los hombres,
los ahuyenta con barro y pellizcos helados,
y luego da de beber a los caballos, a los perros, a los gatos,
a las gallinas, las antiguas tortugas se levantan del barro.
Ella limpia y ordena el mundo entero.
¿Que espacio ocupan en su obra las apatías humanas?

Ahora ni siquiera queda ella . Se ha apagado
su melodía en el mundo. Queda el aire
aletargado y frío, palidamente puro.
Caminando en la calle encontré una paloma
seriamente dispuesta, sus ojos oscuros.
Los rastros de la lluvia se reflejaban en su pecho.


Siempre que puedas, habla
con tu boca pálida dí las cosas que sientas
en los recodos de tu corazón
donde te quedas solo a murmurarte.
Habla en voz alta; yo te escucho.
Soy la muda penumbra de las habitaciones,
ese silencio es mi espera latiendo
como una fruta lentamente madura.

Que dulce es tu pregunta. Esconde tu inocencia
como cualquier verde brote que se asoma.
Todo el Universo te cuestionas y piensas
que en esta vida caben las respuestas.
A veces eres suave, o eres temible
sobre tus altos huesos te levantas y esgrimes.
Igual te quiero tanto. Ven a mostrarte.
Ven a hundirte frente a mí en tus silencios.
Me quedaré a mirarte, cada paso,
cada corriente exploraré de tu presencia.
Solo yo puedo verte de esta forma.

Otros vendrán, y tocarán tus brazos,
te amarán en tu día y en tu ocaso
hasta que te hayas ido. Todos idos.
Otros quizá te amen, más que yo
o aún más incondicionales. Todo es posible.
Puede que yo, aún, no te ame completamente.
¿Quién puede avizorar los días futuros?

Pero me pertenece esta mirada, esta forma de verte
tan ruda y solitaria donde a veces parecieras desnudo
(incluso de tu cuerpo)
y otras ocasiones, todas las capas de metal y de piedra te recubren.
Yo soy quien mira, y espera.


Habita la costumbre, escondida en sus pliegues
se duerme en el espacio de las vidas.
Pero despierta y rompe su viejo nido
que pareciera tan amado.
(Pareciera un pichón que se asoma del huevo.)

Nace del hombre, viene de su mano
abriéndose camino en las palabras
lleva su larga paciencia tenebrosa.

Luego florece, como la carne viva
son sus frutos vivaces y escarlatas.
Están hechos de dolor y muerte
en los días prometidos, en los días inesperados.

Todavía puede escucharse, en los días más tranquilos,
desde la eternidad sus gritos resonantes.
Ha tomado para si todo el dolor ajeno
y en su valle de sombras cultiva flores rotas.

Pudiera combatirse, pudiera abrirse un hueco
entre las piedras y esconder sus garras
en el vientre paciente de la tierra.
Pudiera la Humanidad abrirse el pecho
y exponer a la luz sus escondrijos.

Pero no se ha podido. Hubo quien lo intentara.
Ella nace y recrea su quebrada figura
poniendo, de sí misma, semillitas oscuras
y frías pesadillas entre las raíces.

Será eterna. Durará más tiempo
que las duras ciudades, que los campos.
Extenderá su imperio a cada tiempo.
(Puedo verla crecer entre los hombres.)


Los hombres te hicieron un templo en su ciudad
y te cantaron, con susurros, letanías de sus miserias
que día a día son nuevas para las criaturas
y para ti son viejas. Condenada a la piedra,
tu alto pedestal te alejaba de la tierra.
Envejecían sin pausa, adoloridos, buscándote
los ciervos decaídos, los árboles sin hojas.
Un otoño infinito era su vida, dolorosa.

Los hombres te adoraban en los altares
con tus pies en el humo y tu cabeza en las rosas,
murmuraban tu nombre en oraciones.
Prisionera en sus templos, te habían hecho suya
y la agonía del mundo no tenía sanadora.
Ellos, los temerosos de tu obra, te tenían
prisionera de sus altares.

Te arrojaste el el mundo, escondida en la lluvia
curabas el dolor de los escarabajos.
Dentro de ti durmieron los árboles.
Pero los perdonaste, fuiste a verlos cada día cuando se caían
los llevaste contigo, sonriendo.

No volviste a tus templos, tus altares
han quedado vacíos. Crecen las hierbas
en donde antes dormías encadenada.


Ella ha venido a mí. Puedo verla
enseñando los dientes en el espejo
su pálida figura se diluye
en las penumbras de los muebles.
Abre la boca, Muerte. Dí mi nombre.


¡Qué ansias de futuro conservan las estatuas!
que en sus pedestales se sientan y murmuran
sus historias. Pasan los hombres, relojes y almanaques
construyen cada día y lo sepultan.
En el afán de eternidad radican el ritual y la costumbre.

La alta piedra tallada, los sillares de los templos,
las columnas en las paredes de los hogares
murmuran un lenguaje hecho de polvo y tiempo
que ningún hombre alcanza a contestar.

Algunos envejecen, rodeados de sustancias
que perdurarán olvidadas de sí mismas
y que acercan al oído leve del anciano
su inmaterial confesión intemporal.
Algunos hombres pueden escuchar a las piedras.


No me des tu dulzura, quedate aparte.
De pronto me molesta esta presencia
que ha venido a estrellarse en mi impaciencia.
No me hables así, ni siquiera me toques;
me traes, con tu cariño, horas perdidas.
Este cariño tuyo no me pertenece,
y ha venido a crecer en mala hora.

No debí abrir la puerta sin pensar
que este día llegaría. Crece alrededor mío
con sus salones y sus escaleras.


"Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, 
a imagen de Dios lo creó; 
varón y hembra los creó."

Génesis 1:27
(Acerca de Lilith.)

Vio en Dios las primeras luces y cadenas, 
los espacios ajenos a los hombres 
que aún murmuran en dudas los ateos, 
persiguen los herejes, se callan los agnósticos, 
preguntan incluso hasta los fieles. 

Dios no respondía. Estaba hecho 
de columnas y espacios definidos. 
Su palma sostenía las estrellas 
y toda la tierra del jardín perfecto.
Él no habla las lenguas de las criaturas 
que preguntan sus horas, sus cuestiones 
al árbol de la vida. 
Hizo su obra y se durmió en lloviznas, 
dejó la incertidumbre de los días 
a la humana criatura inaugurada. 

Ella se fue, desnuda como un grito 
iba entre el silencio de los árboles. 
Que distraído Dios, que adormecido, 
que ofendida reserva mantenía 
que no vino a esconderse y detenerla 
con espadas de humo y resonantes voces 
entre el tímido amor de la penumbra verde. 

Te quedarás a honrarlo con tu existencia 
sin preguntarle sus voces y requiebros. 
Escondido en sus dedos aún te quedas 
este rincón que señaló en su cuerpo. 

Si no quieres venir yo me iré sola 
sobre la tierra que no tiene caminos.
Late tu corazón, no es por mi ida. 
Es el alivio de esta despedida. 

Dile cuando se asome que lo quería 
porque hizo la lluvia y las raíces. 
Porque al ver mi partida no ha interpuesto 
el brazo de su amor vuelto avaricia. 

¡Ven conmigo! ¡A inaugurar caminos 
que en los campos más allá de Edén se han recostado 
sobre el oscuro cuerpo de la tierra! 
¿Es que no puedes oír el agua, el río 
de esos países lejanos e insospechados?
¡Ay, los escucho! ¡Cada noche duermo 
sobre el murmullo de su ardiente paso!
Allí han ido los árboles, y crecen 
extendiendo su luz y sus ocasos. 
Verdes sus ramas se inclinan hacia el Este. 

¡Ven conmigo! ¡Mi amado! 
Iremos juntos y comeremos los dones y los brillos, 
tu mano extenderá mi vida. 

No viniste conmigo, y me fui sola. 
Vi los campos y ríos inesperados, 
hallé el curso del agua que quería. 
Hallé rosas secas, y pajaritos, 
espinas y cardos florecidos. 

Se que viviste. Vino ella y se quedó contigo 
a escucharte callar, a estar alegres. 
No pudiste seguirme, no te reprocho 
tu ambición de quietud, de húmedo alivio. 
Debió costarte mucho hallarte vivo 
cuando el hijo creció bajo tu sombra. 
Padre de muchos, anciano venerable. 
¿Que sabemos los dos de nuestros días? 

Estoy vieja. Me duele, en ocasiones cada hueso. 
Estoy vieja. Mi voz no es lo que era. 
Todas las hojas, la piel y las pezuñas 
las vimos de tan distinta forma. 
A las semillas les susurré canciones, 
tu inventaste el arado. 
Esperé largos años que durmieran 
y tejí el hilo de los algodones. 
Tu plantaste en hilera matorrales 
y fuiste entre ellos, espigando. 
Se extinguirá conmigo mi paciencia 
y tu eres la raíz de ese frondoso árbol. 

No hablaste conmigo. Tus destinos 
no se ocupan del mío. Me pertenece 
este olvido y silencio de tu voz primigenia. 

No me quejo de mí. Soy mi creadora, 
si donde había barro yo puse hojas. 
El se quedó contigo. Yo me iba. 
(Quizá fue aquella toda la diferencia.) 


"¿Merezco su presencia?
¿Me sacaré el sombrero?"

Totem (Oliverio Girondo)

Ven elefante,
extiende tus orejas
como la Higuera de Indias
en mi lejana tierra
extiende sus hojas espléndidas y frescas.
Ahora esta es tu trompa,
cuatro patas henchidas de fortaleza,
tu esmirriada y pelambrera cola;
esta es tu voz
(como el partir de rocas,
el jadeo del agua en un recodo,
el freno de un automóvil asustado.)
Tienes hasta la nuca. Estas completo.
Eres el elefante de mis sueños,
el mismo que ilustraba abecedarios.

Te seguiré por todo el continente
para verte comer los brotes tiernos
y llegar a tocarte la trompa,
la paciencia, hurgar entre tus huellas
como un ratón insolente
trepar en tus jorobas
y deslizarme sobre tu flaco lado.

El cielo, el agua, el suelo
del elefante. Me iré con la tristeza
de no poder cargarte en una caja,
atravesar el mar hasta la costa americana
y llevarte en los caminos,
entrar a los pueblitos adormecidos
(de sol y de distancia) gritando:
¡Aquí está el elefante! ¡Vengan a ver sus huellas!
¿¡Verdad que se parece a un puente sobre el río!?

¡Salgan todos a la calle! ¡Un elefante vivo
se pasea por los campos
y rompe los caminos!
Digan hoy que mañana entrará en el olvido,
porque es un elefante vivo.
Lo han traído de la India,
envuelto en una caja de palmeras tejidas.
¡Escuchen como vibra el aire en sus mejillas,
y el agua se alegra de tocarlo!
Se volverá invisible en las fotografías,
no quedará de él más que murmullos
por que es el único elefante
de este lado del mundo:
Comió manzanas y sandías.
Vino una vieja a verlo
y al tocarle la trompa sonreía
y decía "Es como la tierra. Que buenito."

Ven elefante. Emerge de la lluvia,
atraviesa la calle,
y que al doblar la esquina
no sepan si te han visto
o es lo que querían.