Sexcentésimo escrito, 
perezosamente.

El gato miente siempre, no parece
que detrás de sus ojos aguarde el oro
y no ha querido impresionarnos.

Cuando lo ven correr, no está corriendo;
escapa acaso de una sombra furtiva,
no duerme, no vigila, no medita.

El gato alcanza la suprema abstracción de la penumbra,
ronda suelto más allá de la luz y de la nada,
deja que el pie del gato camine sobre el polvo finísimo,
sobre el pueblo inmaterial que lo rodea.

El gato no duerme, se desvanece. Abandona
la corpórea sensación del gato que observamos,
lo deja allí desnudo y desmayado, entreabierto
a la curiosidad de la ternura queda solo la carne.
Y el gato se escapó por la ventana, ha escalado ya la corriente del aire.

No puede conocer el hambre, el gato debe permanecer ajeno
a toda la miseria material. Con su pureza exige
que no lo acosen los males de este mundo.
El gato necesita estar entero y rígido a la espera
de un fantasma, una voz, una hora a solas
donde hablará su idioma de ronquidos
y nadie más podrá saber que dice.
Y nadie podrá averiguar su origen.


Se llamaba Marjan y lo regalaron
a las montañas azules, Kabul bajo las nubes
lo recibió murmurando entre las piedras.

No habían visto un león durante miles de años,
las montañas se asomaban a mirarlo,
las calles se abrieron polvorientas y antiguas.
Buscaban recordar como era su sombra,
el color y la forma de su paso.

Las calles recordaban los días anteriores;
la vejez de sus muros agobiados
despertó asombrada de mirarlo.
Los arbustos olieron su melena
con las rosas rudas de un jardín anterior a todo sueño.

El león era nuevo, tenía las uñas completas.
Lo regaló un pueblo que no quiso guardarlo,
lo regaló un hombre que no lo había visto nunca.

Fue mala suerte llegar aquellos días,
las montañas temblaban retorcidas.
Esforzarse en vivir, andar despacio,
correr al desamparo y el olvido.
Los muertos caminaban por las calles.

Perdió la dentadura, perdió el hambre
de tanto usarlo, perdió el arrebato y la melena,
se le extinguió la fuerza y la pureza
detrás del hierro y de los muros débiles
perdió la edad y el hábito de hacerse.
Cuando quiso pelear, perdió la guerra.

De su derrota salió solo la noche,
de aquella oscuridad salió la pena,
de su pena creció la muerte sola,
de aquella soledad quedó la ausencia.

Cuando los viajeros llegan a Kabul ha sucedido;
aquellos días ya no nos pertenecen.
Las manos que empezaron esa guerra
hoy están muertas o ya no la recuerdan.
Somos muy pocos. El león ha muerto.
El polvo duerme sobre aquellas piedras.