En Francia la gente salió a la calle
enojada y fervorosa, algunos se reían
en las esquinas, en los cruces de rutas
se juntaron poniéndose chalecos amarillos
y gritan consignas intraducibles;
(porque vienen desde el francés intraducible
que vuelve a casa cada día y sale nuevamente
y vive la Francia contemporánea que se exhibe
en su chaleco amarillo, en este invierno
que ha venido a rodar en las esquinas).

Salieron a las calles, y gritaban
frente al silencio de los policías,
frente a las vidrieras iluminadas,
frente a los edificios de postales,
bajo el arco triunfal como un elefante,
marcharon por las calles de la Francia adormecida
y los alemanes, los chilenos, los húngaros,
los argentinos, los uruguayos, los surcoreanos,
escuchaban sus gritos, escucharon, escuchan
las voces airadas, los gritos en las calles,
el sonido descoordinado y sucio de un pueblo vestido de amarillo
que ha salido a las calles y camina gritando
dolores antiguos, penas renovadas, ignoradas protestas cotidianas
que el invierno humedece y han crecido.

Son como flores en las calles, son como miles de flores amarillas,
en las calles, en los cruces de rutas, en Paris.
(Europa despertará de la noche y se encontrará amarilla,
con los dedos amarillos, con el torso amarillo,
con gritos amarillos en las calles,
y la lluvia y los cerros, el agua toda irá amarilla
gritando protestas cotidianas hasta la costa
toda teñida de amarillo.)

Vendrán las voces renovadas y plácidas concediendo disculpas
y relamiéndose el amargo dolor de estos chalecos.
Vendrá la noche con su sueño a cuestas
para cubrir este campo de flores que protestan.
Vendrán la eternidad y la paciencia burocrática
para tomar las flores y endurecerlas,
para cortar su tallo hasta lo adecuado de la primavera conservada.
Vendrán las flores en las calles, gritando, amarillas, gritando.


"(...) y los trenes eran animales mitológicos 
que simbolizaban la huida, la fuga, la vida, la libertad."

Cuando era más joven, (Joaquín Sabina, 1986)

Yo nací con la agonía de los trenes,
cuando estaban tan viejos y demacrados
que moverse les dolía. Dicen
que un día se detuvieron en mitad del campo
y el enojo de los hombres no conseguía moverlos.
Yo había nacido pero aún no estaba
y no recuerdo el calor y el metal, los bancos de madera,
los estrechos pasillos de su vientre tembloroso
que una vez me llevaron sobre la tierra,
y ya estaban entrando en el silencio.
La edad de hierro decayó en penumbras,
atravesó los días del hombre, abandonándolo.

Hubo una tarde que lo vio detenerse
jadeante en el campo, y los hombres
tuvieron que ir a socorrerlo, a él,
buey de metal y gloria inmemorable
como un dios domesticado,
como un padre resquebrajado y duro,
imitación industrial del vientre primitivo
y dolorido gigante con los pulmones agotados.
Los hombres te encontraron débil,
muriéndote de pie, como los árboles;
quisieron ampliar tu eternidad,
llevarte de nuevo a la ciudad para tu abrigo.
Pero ya no estabas con ellos, moribundo
cumpliste su pedido y entraste en el silencio.
Yo había nacido, pero aún no estaba
cuando me alzaste y en tu vientre
yo, criatura elaborada en la mañana,
usé de tu crepúsculo un trocito.
Y luego hallé tu cuerpo, solo
en la vereda de los edificios, estabas
descolorido y frío en los museos. De tu mundo
quedaba solo el hierro, como una calavera con tornillos.

Cuando te fuiste quedó tan grande el espacio de tu ausencia
que tus huellas eran como pueblecitos
diseminados por los bordes del río y en los escondites de los montes.
En el último día de tu muerte decretada
quedaron sin tu voz deslumbradora las casillas verdes.
Tu imperio de distancias quedó sin dueños,
abandonado, el viento tuvo que hacerse cargo
y llamó al polvo, a las semillas, condujo
el pueblo de la gramilla para esconder tus vías,
costillas enterradas de tu metal ardido.
Quiso la tierra recuperar su espacio,
o cuidar el olvidado resto de tu maravilla,
pero no pudo mantenerte oculto para siempre.
Se sabía, que tu abandono era definitivo,
que tu derrota aún valía, tus vías
fueron arrancadas de los campos una a una
desde el beso de la tierra la madera y el hierro
fueron recobrados a escondidas por manos anónimas.
Entraste a formar parte de los pueblos.
Tus rieles para los techos, sosteniendo
los muros y el espacio renovados;
tus salones quedaron sin resguardo, solo los años
te habitan y ya no te esperaban.
Y tus maderas, arrancados desde la profundidad
del monte antiguo, desde la edad ignota,
tuvieron ellos el destino triste de las hogueras,
de los puentes pequeños cotidianos.
Después de ese silencio y esa muerte,
no pudiste volver a los caminos
y los caminos fueron desguazados.
Yo vi una vez tus huesos arrumbados,
dormidos en el olvido de la mañana,
y ya no eran el tren, ya no eran nada.


Somos muchos los que todavía tenemos un gato detenido en la memoria.
A veces lo escuchamos
que maúlla en los pasillos secos del oficio, 
que vuelve con su ánimo encendido buscándose el amor de los malvones
y el olor del rosal le agita el pelo.
(No sabe quien lo toca, si es la tarde o es la noche.)

Vendrá el poeta inevitable y terco resolviendo misterios de penumbra,
con frases alumbradas de hermosura,
y el gato, solo el gato, inconfundible
entre todas las manchas de la noche
culminará la sombra de una columna
temblando de penumbra, casi ebrio
de estar sin exigir mas que el silencio.

Allí, sobre su tez, fracasa el verso.