jueves, 1 de marzo de 2018

Donde hay luz la oscuridad se duerme
y vienen a cuidarla los murciélagos.
Ellos doblan sus alas membranosas
murmurando canciones olvidadas
tras sus encogidos cuellos la oscuridad
apoya sus anchas manos frías.

Pero en mitad del sueño ella despierta,
queda en silencio mirándolos
tan oscuros e idos, tan desvalidos
con sus alas plegadas en torno a corazones
latiendo miles de ellos bajo su palma.

Ella pasea en las cuevas, observando
como duermen millones de murciélagos.
Sale fuera, aún es día. Aún
los árboles cantan y trabajan en los rayos del sol.
Se consume una paciente espera.

Es la hora. Ellos lo saben y despiertan
agitándose, abriéndose con amplios chillidos
insatisfechos ahora de aire, altura.
Los hombres escuchan sus gritos agudos
y se refugian en sus luces y murmuran voces amargas.

Ya no hay luz. El día se ha ido.
Sobre la vasta plenitud del mundo
la oscuridad se extiende respirando
bocanadas de criaturas. Desde las cuevas
vuelan miríadas de murciélagos
azules de tan lisos y brillantes.
Sonríe la oscuridad al verlos irse en su vuelo.

Ahora ellos danzan arriba, en el cielo inasible
embuidos de aire, persiguiendo los insectos del mundo.
Nada queda, parece, de su antigua inocencia adormecida.


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