Delfos, 
en las faldas del monte Parnaso, 
en la Stereá Elláda. 

Cuanta hermosura cabe en tu pálida extensión
de desolada permanencia humana,
y no ha durado el siglo aquel
que tanto a ti debiera y te costara
alzarte pedregosa y dura, blanca
como una rosa de mármol y finura
tu fuente, tus estatuas, tu lamento
del dios que murmuraba entre tus suelos.

Fue hasta tu portal el largo río
de voces, entre los hombres surgieron
inquiriendo los discretos rincones de ventura
y dejaron en tus manos el oro de la tierra,
alzaron templos, te iluminaron,
dejaron sus nombres hundidos en tus piedras.
Luego quedaste sola.

Vino la santidad y te royó los muros,
vino la guerra y se llevó tus armas,
tus estancias sagradas fueron abiertas
a la codicia que despertó tu oro,
que revolvió tus gritos enroscados.
Sin tu vientre de holgura, sin tus voces
pudo el hombre mirar solo tu sombra
y hallarte antigua, muda, dolorida
de una muerte sin fe en tus altares.

Todo ese tiempo para hacerte vieja,
para crecer y guiarlos a tu armonía
no te fue suficiente, no hubo un día
que pudiese salvarte del olvido.

Un hombre pudo derrotarte, un hombre
que ordenó tu silencio con su voz
llevó sus soldados a tu puerta
a clausurar tu tiempo. Puso veneno
en la quebrada faz de tu colina.
Y aquel hombre sin amor por tu decrepitud
te entregó al despojo de tu tiempo.

Ya nunca más vendrán los viejos sacerdotes
con su aroma a temor y sacrificios
llevando entre tus fuegos las voces.


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