miércoles, 18 de octubre de 2017

Amaban los dioses a Jacinto,
y de entre todos ellos Apolo
era quien más lo amaba.
Porque Jacinto era como el viento
que ha venido nuevo entre las piedras
para limpiar el mínimo camino
donde la hormiga crea su primavera.
Porque Jacinto podía levantar una gota de agua
y al ponerla en su frente brillaría:
así de fresca y nueva era su vida,
así de necesaria y bella.

Amaban los dioses a Jacinto.
Dijeron para ellos: "No habrá más primaveras.
No crecerán más flores en la tierra.
No se abrirán este año nuevas tierras
para que pueda el hombre hallar los frutos
que en ella duermen.
Solo esta belleza nos mantendrá felices."

Los hombres eran nuevos.
No había llegado el tiempo de su pena.
Y de entre ellos dieron a la tierra
la juventud y risa de Jacinto.
Lo sacaron desde sus vientres frescos,
le pusieron sandalias en los pies delicados,
abandonaron canciones en sus caminos,
y lo miraban como se mira a un hijo
que aún no se ha ido.

Así como los hombres, los dioses
trajeron la buena agua de la lluvia
y mostraron a Jacinto el encanto de la melancolía.
Su rostro noble les conmovió la vista.
Le dieron una piedra tomada de los abismos,
para mirar sus ojos alumbrados,
y lo amaban al verlo.
Vino Apolo a mirarlo sobre la tierra.
Que días tan benévolos de antaño.

Así como los dioses amaban a Jacinto
lo miraron dormir. "No será eterno.
Se morirá cuando lleguen los inviernos
y acosen su carne y su espíritu.
Cuando lo dejen cansado y despojado
de la sinuosa juventud alegre
lo habremos perdido para siempre."
Dentro de sus columnas creció un pena
que hizo llorar a las ninfas en los campos.

Ha sido. Se apagó como un fuego bajo el río,
su roja sangre se detuvo y yació
sobre la palma dolida de la tierra.
Sus cabellos se unieron a los árboles,
sus huesos se sumergieron en el tiempo.
Nada queda de él. Solo la pena.

"¿Esto ha sido o fue un sueño?,
que entre los árboles viniera a nuestros templos
para mostrarnos lo que hemos creado
sin saber lo que hacíamos."
No hubo quien consolara a los dioses,
se extinguió el humo en sus altares,
y Apolo abandonó la lira en los bosques.

Pero los hombres comieron y lloraron,
fueron a los campos con sus bueyes,
llevaron a la tierra nuevas semillas.
Caminaron por sobre el ancho mundo
multiplicándose entre las montañas.
Hallaron el espacio de la tierra
y dieron nombres nuevos a los seres.
En los bordes de sus caminos encontraron
pequeñas flores bajo los cipreses
y las llamaban jacintos.


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