martes, 10 de abril de 2018

Una hoja, en el viento, puede caer dormida
sin que nadie la toque, sin que mediara un grito
puede caer y unirse al polvo interminable
que cubre las raíces, que extiende su presencia
y marcha en los caminos desintegrando el tiempo
con su canto de infinito pueblo.
Se perderá en la tierra, alimentando el fervor y el hambre
de los gusanos, el renacer del hongo, la torpeza
del escarabajo que busca entre las hierbas.
Sucederá este tiempo sin que lo sepan los hombres,
sin que descubran el mínimo suceso de una hoja
que cae desde la rama con la lluvia, o solo con el viento;
grandes espacios del mundo la contienen y la olvidan.
Pero sucederá, será posible, sin que medie
el hombre y su bonanza o desventura;
pocas cosas del mundo están sujetas
al capricho y al tiempo de sus manos.

Somos tan pasajeros, los humanos. Consumimos
la espera en sueños, en comidas, en habitáculos
que algún día se revelan malolientes,
que el calor y la paz de la existencia crecen sobre nuestras cabezas
inundando los rincones a salvo, nos ahogan.
Al dormir pensamos en la muerte,
al despertar quedamos desprovistos,
hacinados en nuestros pensamientos,
doloridos y mustios como un tronco incendiado.

Una hoja puede iniciar su muerte, en esta misma tarde
y quizá la ignoremos. No veamos
que es un paso del día en contra nuestra.


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