Que amplia y desgraciada es la carne humana.
Sangra, se abre, se purpura, incendia,
con facilidad puede caerse muerta
extinguirse entre las llamas
como un lector abriendo un libro
el cuerpo del hombre se abre para el dolor
y se desangra en una historia infinita de convulsiones.
Sangra se abre, se purpura, incendia
y llora y grita y se revuelve:
es el cuerpo de la tierra misma
que se abre ahora y gime estrangulado
despidiendo el hedor de los sótanos y los paredones.

Aquí la tierra envenenada y mustia
cobija el corazón incinerado
del criminal que fuese ajusticiado,
del criminal que se cortó en la rueda,
del que miró el abismo desde adentro
y lo vio anochecer y hacerse cielo.
La carne muerta se oculta bajo el agua,
bajo la arena conversa con las piedras
como una piedra pálida y serena
que mira desde el tiempo indefinido.


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