Llegaron en la noche, salieron de todas las esquinas
como sombras absurdas, como llagas
que gritaban su peste inesperada.

Llegaban de repente, abriendo el aire,
derrumbando las horas,
chamuscando el idioma, retorciéndolo
en gruñidos y gritos despegados.

Parte del agua se rindió a la muerte
que no era la vieja hermana pura
si no un espacio inesperado
que se enroscó en si mismo.

Los ladrillos cómplices del grito
quedaron para siempre encadenados,
en su interior anidó la nueva muerte.
Se extendió por el espacio de la tierra
inaugurando rincones con su hierro,
y cayó el hierro, cayó el polvo,
despertó el aire sobresaltado y rígido.

Entre todas las obras quedó ella,
descubierta en la luz, sola y terrible,
sus dedos ávidos se doblaron muertos
de un dolor nuevo que nadie conocía.
La luz de las estrellas la miraba,
lámparas de la tierra, luciérnagas.

Un caballo de crines luminosas
gritó en las profundidades de la tierra
un jardín de flores azules con los tallos crujientes.


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