*El Museo Nacional de Río de Janeiro 
se ha consumido entero en un incendio de una sola noche,
este nefasto día del 3 de Octubre de 2.018.

Estamos tristes
por el incendio de ese palacio carcomido,
que no nos pertenecía
y que nunca habíamos visto.

Estábamos tristes la primera vez
que leímos la historia de Alejandría iluminada
y las cenizas de aquella antigüedad ardida.

Y estábamos tristes el día
en que los leones de piedra del desierto
fueron dinamitados y partidos
y sus tablillas volvieron al silencio
de las piedras innumerables
de Mossul.

Nicaragua se encierra de nuevo
en su dolor irreconciliable,
Argentina está partida al medio,
Venezuela pierde gente en sus fronteras,
y Perú se inclina bajo la pobreza,
Chile no termina de entenderse,
México tiene un verde brotecito de alegría
ingenua bajo sus manos quemadas por el ácido.

De entre tanta desgracia uno elige,
casi al azar, toma una porción y la retuerce,
hasta que quedan apenas piedrecitas,
esquinas de miseria,
cenizas de papeles.
Y la tristeza segura del olvido.

Una parte del mundo la perdimos,
como al morir un gato.
Esta tristeza viene de muy antiguo,
y no nos pertenece. Es como un río.
Trae consigo el infortunio y la melancolía
de las obras que no serán eternas.
De la muerte que toca el cuerpo y la voz,
y la mano y la letra,
y las piedras
en las vitrinas calcinadas.


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