domingo, 6 de mayo de 2018

Tengo tres emociones:
pánico, alegría, aburrimiento.
Son verde, amarilla, gris como el cemento.
Son ancho, expansiva, resquebrajado.
Uno surge de pronto, cuando no lo esperaba
se extiende, bambolea, se apoya
sobre mi frente raspa
con su barba y sus cejas.
Ella manda mensajes, avisa
que ha llegado
pero que está en la esquina
o que ha subido a un árbol,
que un gorrión le gustaba
y lo siguió en la calle.
El otro abre la boca
y no entran las moscas.
No respira, no ronca,
se quiebra cada dedo
y deja que rueden
bajo las sillas pálidos.
Sería tenebroso, pero ha quedado quieto.
A veces los encuentro:
camino por la calle
y la veo entre la gente
con su ánimo hambriento
comprando una hamburguesa
y una botella clara.
Se abre una puerta, rota
en el borde la herrumbre
escribe su cansina letanía.
De su rostro una queja emerge y me golpea
pidiéndome que cumpla
todas sus exigencias.
Quedo cansado y mudo,
no espero, no lo escucho
que se sentó en mi hombro
con su cabello sucio
con sus uñas sin brillo,
con su piel sin arrugas,
puro y nuevo, tan viejo,
sin edad no tiene espacio.
Sus ojos son monótonos,
se ríe y no parece
que se hubiese reído.

Se turnan, pareciera.
Se invocan, ha de serlo
que uno llame a la otra
y se sucedan
mas que adentro a mi vera.


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