Le pondré mi camisa,
la blanca hecha retazos
que conseguí una vez en cualquier tienda.
Y el pantalón de hilo que ya no llega a mi tobillo.
Hay cuerda en una caja arriba del ropero,
para ceñirle el pecho y la cintura.
Y un gorro de lana, tal vez el que no uso,
para que no parezca,
además de espantapájaros, miseria.
miércoles, 20 de agosto de 2014
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