sábado, 9 de mayo de 2015

La infancia no fue bella.
Estaba llena de horas repartidas
en los espacios verdes limitados
por las señoras blancas y doradas
que anunciaban el mundo destinado
para la disciplina y el engorro.

Fue amable en días festivos,
cuando las aulas eran lugares sin motivos
y en alfeizares inalcanzables
las semillas crecían pese al papel y el vidrio
de esos experimentos tan cansinos
que desde entonces sabemos son mentiras.

Tuvo días de gloria y días de invierno.
Del busto corrector y derretido
con el cual Sarmiento perpetuaba
la disciplina regia del pasillo.
Del maestro amable y delicado
que nunca dijo adiós y me ha olvidado.

Tuvo sus invasiones de langostas,
terribles y más grandes que mi mano.
La de entonces, no esta araña torpe.
Tuvo sus gatos, sus patios, sus miserias
como aquella hora maldita de los baños.

No fue la infancia idílica que pintan
los niños mal crecidos que sonríen
y dicen "fui feliz, todo tenía",
porque en realidad eso es mentira.
A muchos yo los vi en la tristeza
del desengaño y la tarea,
cuando nadie venía a rescatarte
de la fracción estúpida incompleta.
A muchos yo los vi entrar por la gran puerta
con la plantilla rota y el guardapolvo,
que la República nos diera como iguales,
amarillo y quebrado en la pobreza
mientras la delicada niña ojos azules
lucía su desprecio, inocente es seguro, pero cierto
desde su puño blanco y puntilloso.
A veces, los 10 años son crueles,
aunque no quieran
decir que era vergüenza.

Es cierto, hubo momentos que nunca renegamos.
Pero también hay sombras y rencores.
Los niños son crueles y sinceros,
es solo cuando crecen que se mienten.

Dejémoslos que digan "años felices",
también nos fuimos tan simples.
Pero hoy ya sabemos que el recuerdo
es una caja inmensa hecha de hierro.


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