Están condenados a la inmensa soledad del sobreviviente.
Nosotros, los recientes, no sabemos que vienen
de un tiempo inmemorial donde la vida era
esa carnada y dientes aserrados 

Maravillosa prolongación de la existencia, 
nadan hacia extinciones inconclusas
con la fiereza ciega del valiente.

Van, los blancos tiburones con su estela de reyes,
aterrando las masas ofuscadas de sardinas,
perpetuos y salvajes todavía.

El último testigo de las olas nada en la soledad
y todos huyen frente a sus ojos muertos.
Ojos de tiburón son días pasados,
son monstruos que ya no podemos.

La blanca soledad de los abismos 
está difuminada en los temores.
Ya huelen nuestra sangre, ya nos siguen.
Huyamos, esta guerra está perdida.


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