lunes, 19 de septiembre de 2016

Mi tío, el albañil, construye casas
y lleva en las manos la blancura agreste de la cal.
Mi tío, el albañil, lleva en los ojos el verde del monte
y en la voz la sombra del niño que era.
Mi tío construye las casas de otros
y habita los lindes del pueblo.

No canta, no baila, no recita historias.
No tiene pasado. Habla del presente.
Construye las casas donde habitan otros.
Levanta los nietos que los hijos traen y les dice cosas.
Consuela la dura verdura del mundo con pocos favores.

Mi tío es un hombre que huye del mundo
y cada mañana se va a construirlo.
 Levanta paredes, ordena ventanas,
en cada esquina se queda su vida.
Un pequeño trozo del hombre que era
en cada ladrillo queda solitario.

Algún hombre nace para dispersarse:
deja su presencia donde no lo noten.
El mundo lo busca, lo lleva y lo trae
y viejo lo deja al borde del mundo
con el alma dura del que se ha gastado
sobre la palabra dura del trabajo.

Como aquel ladrillo, silencioso y terco.
Enorme y colorado, una piedra dura
bajo la pezuña fría de las ciudades.


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