A mi no me preguntes. Yo nunca entiendo nada.
Me repito palabras, discursos de sapiencia.
Pero al final del día, que no puedo dormirme
al techo voy diciendo que nunca supe nada.
Nada de todo aquello que se hace necesario.

Entonces tus preguntas me despiertan.
Sacudo la capa de penumbra que me gusta tanto,
apago mis historias de alienígenas sabios,
olvido media hora los extensos rituales cotidianos,
y me quedo pensando si afuera llueve tanto
o de como se quiere a las personas,
o aquella vez que estábamos sentados asombrados
más solos en el mundo que una columna rota.


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