martes, 25 de abril de 2017

Ser jóvenes y correr en lluvia,
murmurar quedo dentro de una iglesia,
comer y dar mitad de la naranja,
equivocar el paso en media calle,
o quejarse del viento y de la tarde
para estar tristes de noche con recuerdo
de la tarde perdida.
Que caiga un mango y ruede
a la boca común de la penumbra,
tocar el caracol cuando ya ha muerto,
hurgar en hígado donde generoso
el cuerpo guarda leña para el fuego.
No se termina el aire ni los huesos.
No todavía ni hoy ni cuando el alba
venga de oriente levantando el cielo
que se durmiera sobre nuestro sueño.

(Y todo esto me despertó la lluvia
que la encontré absoluta en la avenida.
A dónde iba el buey de la ciudad
no lo sé ni lo supe ni sabía,
porque cruzó quizá por frente mío
pero yo solo tenía lluvia y alegría
de ver llover, de ver llover. Llovía
encantadora, magistral, iluminada,
extraordinariamente sobre y bajo el agua.
Anocheció lloviendo o solamente
ha sido toda noche el día.)

Son cosas que suceden con la vida
y que solo terminan con la muerte.


(Ahí vuelve a llover. Ya puede oírse
que lloverá toda la noche.)
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