Nos sucede que estamos caminando el pasillo
y de pronto, esta tarde, se nos fueron los días.
Esta tarde ruidosa, la primera del año, solitaria
y nueva como el color del fresno
me sucedió una vez hace ya cinco años.
¿Y adonde han ido ahora aquellas luces?
Una vez, hace mucho, yo entré por esa puerta
y me fui en los pasillos hablándole a la gente
que salió a responderme desde atrás de las puertas.
Desde atrás de las puertas se agitaron las hojas,
la tinta se arrastró como un alambre vivo.
Un caracol pulió su filo sobre un lápiz dormido.
Desde atrás de la puerta tu cara viene a verme,
pálida y liviana en la luz. Una máscara
de alguna inocencia que ya casi se pierde.
Sucede que hoy he vuelto y ya no soy el mismo,
porque hace cinco años me reía de otras cosas
y me enojaban otras. Aunque aprendí
a caminar sin voz y con la ceja altiva,
(que a veces dicen soy de vista despectivo),
en los pasillos estos donde quiero
encontrarle al ladrillo un sustantivo.
Pero hace cinco años me asomé en la puerta
como el primer minero en una mina,
donde exploraran miles de mineros,
y junto a la escalera hallé la luz,
el rostro, la penumbra, la escalera.
Los árboles que en estos días se doran,
los gatos que aún duermen las palmeras.
Un banco de cemento, la llovizna,
este patio brutal, las puertas clausuradas,
en un pasillo una prensa de papeles que la han sacado fuera.
Yo me asomé al pasillo donde nada era nuevo
y lo vi tan dormido que caminé en silencio.
Me devoró su vientre de cuestionable templo.
Y aunque el pasillo sigue más dormido que el tiempo,
ya conozco su nombre y su lenguaje incierto.
De cada fresno he visto un otoño distinto.
domingo, 9 de abril de 2017
lunes, 3 de abril de 2017
Años atrás, en el pasado. Hace ya muchos años,
(Ah, tantos años.. ), Albert Speer plantó nogales.
Verdes nogales con altas ramas esbeltas entre el viento.
Y caminó alrededor de ellos,
y levantaron sus ramas y rieron.
Caminó alrededor de ellos,
y les hablaba y saludó sus brotes.
Caminó alrededor de ellos
hasta marearlos con su interminable palabrería.
Les habló de sus culpas y ellos oían
el viento en la alambrada de Spandau,
la nieve sobre el patio y los caminos
que el hombre se inventó para sí mismo.
¿Fue esa una proeza del hombre?,
cuando Speer fue caminando al Este.
Ahora que todos aquellos días han desaparecido,
en una plaza de Berlín los nogales de Albert Speer
(aún) susurran letanías y nueces cincuenta años después.
Una noche, a la hora de las puertas abiertas,
Albert salió por una esquina de la prisión
y nunca más volvió a recorrer el jardín junto a la nieve.
(Quizá partió diez años antes hacia el este,
y ellos lo siguieron con sus raíces, con sus hojas.)
Pero esa noche, aquella última noche
Albert Speer fue devuelto al mundo
y ellos, los nogales, quedaron en silencio.
Pervivieron, solemnes y angustiados, dentro del tiempo.
Rudolf Hess envejeció en sus ramas,
habló en el viento, se encerró en la luz
de sus rituales despreciados.
Y un día él también estuvo muerto.
La prisión derruida, los guardias se marcharon;
solo los nogales quedaron perdidos en la ciudad.
Deben seguir ahí, en un lugar de Berlín, esperando a los muertos.
(Ah, tantos años.. ), Albert Speer plantó nogales.
Verdes nogales con altas ramas esbeltas entre el viento.
Y caminó alrededor de ellos,
y levantaron sus ramas y rieron.
Caminó alrededor de ellos,
y les hablaba y saludó sus brotes.
Caminó alrededor de ellos
hasta marearlos con su interminable palabrería.
Les habló de sus culpas y ellos oían
el viento en la alambrada de Spandau,
la nieve sobre el patio y los caminos
que el hombre se inventó para sí mismo.
¿Fue esa una proeza del hombre?,
cuando Speer fue caminando al Este.
Ahora que todos aquellos días han desaparecido,
en una plaza de Berlín los nogales de Albert Speer
(aún) susurran letanías y nueces cincuenta años después.
Una noche, a la hora de las puertas abiertas,
Albert salió por una esquina de la prisión
y nunca más volvió a recorrer el jardín junto a la nieve.
(Quizá partió diez años antes hacia el este,
y ellos lo siguieron con sus raíces, con sus hojas.)
Pero esa noche, aquella última noche
Albert Speer fue devuelto al mundo
y ellos, los nogales, quedaron en silencio.
Pervivieron, solemnes y angustiados, dentro del tiempo.
Rudolf Hess envejeció en sus ramas,
habló en el viento, se encerró en la luz
de sus rituales despreciados.
Y un día él también estuvo muerto.
La prisión derruida, los guardias se marcharon;
solo los nogales quedaron perdidos en la ciudad.
Deben seguir ahí, en un lugar de Berlín, esperando a los muertos.
domingo, 2 de abril de 2017
Primera frase robada al antipoeta Nicanor Parra:
"Los poetas bajaron del Olimpo."
Manifiesto
y allí dijeron que no quedaba nada.
Que de las musas solo la ceniza,
de las estatuas ni tan siquiera la mirada.
Y subí el último a ver esas verdades
y descubrí blancos salones olvidados,
una coraza de hierro vuelta herrumbre,
una caña sangrada de su tinta,
una lombriz huida de nuevo al laberinto,
un viento en la boca de un mendigo.
Un busto de Homero sin los ojos
y con la boca abierta del ahogo.
Dos nubes incendiadas con despojos de luz.
Y un caracol solemne en la llovizna.
Ahora quedaban las migas broncíneas del laurel,
el otrora ovalo magnífico del escudo,
una letra quebrada en una tumba,
dos versos solitarios repetidos.
Los poetas bajaron del Olimpo.
Fueron a ver las calles sucias ciudadanas,
y se envolvieron en banderas guerreras
hasta que todo el horizonte era una lucha.
O abrazaron la causa de las letras,
con una estática luz de la justicia
que les guió el pulso en una estela:
dos mil años después sus voces estarían
como atlas de verdades eternas.
Y hubo quien renunció a todo, dio dos pasos,
cavó un agujero en la paciencia,
se mordió sin rabia las rodillas
con el silencio de las permanencias.
Los poetas bajaron del Olimpo
y dijeron que allí arriba ya no quedaba nada,
más que una colección de mariposas secas
y una montaña de billetes falsos.
Pero yo subí después que ellos,
y aunque era verdad lo de las mariposas
que estaban secas como los alfileres de sus muertes,
en los billetes alguien había escrito
"Estos días azules y este sol de la infancia",
o aquella otra que escuché hace tiempo:
"Dame limosna, mujer, / que no hay en la vida nada,
como la pena de ser / ciego en Granada."
Y detrás de montones de basura había también jardines
invadidos por ríos de zapallos florecidos.
Todos los amaneceres de la Tierra registrados,
todas las noches que no tuvieron lunas ni eclipses,
todos los escarabajos que murieron quebrados.
lunes, 27 de marzo de 2017
Yo escapo. Paso mis días huyendo
del pasado, los presentes y algún futuro.
Soy un hereje, un bandido, un solitario
en varios sitios donde no quise estar y aún no quiero.
Digo que no al hombre que en mi habita
y como un hongo que en márgenes se extiende
buscando esos desprecios que suceden,
ya pareciera que inevitables son a veces.
Digo que no como se dice a un hijo al que se odia
y al que no se puede evitar sin dejar abandonado
lo que en uno mismo habita todavía.
Escapo a la ironía, al desatino, a la ambición
que se cumple en el sueño, el agua o la comida.
Escapo bruscamente alguna tarde al sur
o cuando extraño existencialmente el otoño,
voy a buscar una melancolía
como una flor o un caracol de lluvia:
dos minutos de sol en la llovizna.
Digo que no a mis miserias honestas,
las que revelan lo que uno habita.
Digo que no y luego cuando duerma
han de venir a acurrucarse encima.
En sueños levanto alguna mano,
solo la oscuridad me escucha y niega auxilio.
del pasado, los presentes y algún futuro.
Soy un hereje, un bandido, un solitario
en varios sitios donde no quise estar y aún no quiero.
Digo que no al hombre que en mi habita
y como un hongo que en márgenes se extiende
buscando esos desprecios que suceden,
ya pareciera que inevitables son a veces.
Digo que no como se dice a un hijo al que se odia
y al que no se puede evitar sin dejar abandonado
lo que en uno mismo habita todavía.
Escapo a la ironía, al desatino, a la ambición
que se cumple en el sueño, el agua o la comida.
Escapo bruscamente alguna tarde al sur
o cuando extraño existencialmente el otoño,
voy a buscar una melancolía
como una flor o un caracol de lluvia:
dos minutos de sol en la llovizna.
Digo que no a mis miserias honestas,
las que revelan lo que uno habita.
Digo que no y luego cuando duerma
han de venir a acurrucarse encima.
En sueños levanto alguna mano,
solo la oscuridad me escucha y niega auxilio.
Atrapado uno en la miseria del deseo
se revuelca los costados contra el viento;
y vuelve a casa triste y derrotado
de no haber hallado la victoria
como una pila de papeles de colores,
una perla verde encerrada en el puño,
dos flores de una rosa, una birome
que encontrara perdida en el cemento. .
O apenas, sobre el río de la gente, una mueca
que no fuese penuria.
se revuelca los costados contra el viento;
y vuelve a casa triste y derrotado
de no haber hallado la victoria
como una pila de papeles de colores,
una perla verde encerrada en el puño,
dos flores de una rosa, una birome
que encontrara perdida en el cemento. .
O apenas, sobre el río de la gente, una mueca
que no fuese penuria.
Es cierto. Yo podría
escribir sobre irrealidades necesarias,
pero es que hoy llueve
en Resistencia
y hacía tanto tiempo que extrañaba este otoño.
Me gusta el frío que viene, con sus maneras toscas,
el silencio dormido de mis vecinos solos,
el patio decadente con un tendal vacío.
Que afuera de mi puerta llueva sobre miserias;
solo la lluvia puede cubrir toda la tierra
y lavarla de ella misma.
Se que hay dolores y destierros,
en el lejano Oriente,
(a mi todo el oriente se me hace lejano),
que se cocinan bombas cuajadas de metralla
y existen condenados que en esta hora esperan
de buena suerte un pasillo,
en mala hora un calvario.
Que siempre hay dictadores sonando sus medallas,
y un resto entre los montes de pobres olvidados.
Que más allá de Europa, donde acaban las luces,
una estirpe de antiguos caminantes se despiertan
y salen de sus tiendas para empujar los renos a la incipiente primavera.
O que aquí, dentro de América la profunda,
alguien conspira, alguien respira vapores de mercurio
en una mina chilena o los bajos de Mexico D.F.,
alguien recita a Lorca en un video,
alguien recorre la ciudad armando pilas
con bolsas de basuras,
cadáveres de perros,
manzanas en un campo.
Todo lo se. Estoy despierto
y miro a la distancia una calle de China.
Todo puedo saber, todo he olvidado.
Descubro hoy que mi grillo vuelve a cantar al baño.
escribir sobre irrealidades necesarias,
pero es que hoy llueve
en Resistencia
y hacía tanto tiempo que extrañaba este otoño.
Me gusta el frío que viene, con sus maneras toscas,
el silencio dormido de mis vecinos solos,
el patio decadente con un tendal vacío.
Que afuera de mi puerta llueva sobre miserias;
solo la lluvia puede cubrir toda la tierra
y lavarla de ella misma.
Se que hay dolores y destierros,
en el lejano Oriente,
(a mi todo el oriente se me hace lejano),
que se cocinan bombas cuajadas de metralla
y existen condenados que en esta hora esperan
de buena suerte un pasillo,
en mala hora un calvario.
Que siempre hay dictadores sonando sus medallas,
y un resto entre los montes de pobres olvidados.
Que más allá de Europa, donde acaban las luces,
una estirpe de antiguos caminantes se despiertan
y salen de sus tiendas para empujar los renos a la incipiente primavera.
O que aquí, dentro de América la profunda,
alguien conspira, alguien respira vapores de mercurio
en una mina chilena o los bajos de Mexico D.F.,
alguien recita a Lorca en un video,
alguien recorre la ciudad armando pilas
con bolsas de basuras,
cadáveres de perros,
manzanas en un campo.
Todo lo se. Estoy despierto
y miro a la distancia una calle de China.
Todo puedo saber, todo he olvidado.
Descubro hoy que mi grillo vuelve a cantar al baño.
viernes, 17 de marzo de 2017
A mi no me preguntes. Yo nunca entiendo nada.
Me repito palabras, discursos de sapiencia.
Pero al final del día, que no puedo dormirme
al techo voy diciendo que nunca supe nada.
Nada de todo aquello que se hace necesario.
Entonces tus preguntas me despiertan.
Sacudo la capa de penumbra que me gusta tanto,
apago mis historias de alienígenas sabios,
olvido media hora los extensos rituales cotidianos,
y me quedo pensando si afuera llueve tanto
o de como se quiere a las personas,
o aquella vez que estábamos sentados asombrados
más solos en el mundo que una columna rota.
Me repito palabras, discursos de sapiencia.
Pero al final del día, que no puedo dormirme
al techo voy diciendo que nunca supe nada.
Nada de todo aquello que se hace necesario.
Entonces tus preguntas me despiertan.
Sacudo la capa de penumbra que me gusta tanto,
apago mis historias de alienígenas sabios,
olvido media hora los extensos rituales cotidianos,
y me quedo pensando si afuera llueve tanto
o de como se quiere a las personas,
o aquella vez que estábamos sentados asombrados
más solos en el mundo que una columna rota.
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