martes, 4 de octubre de 2016

Me gustaba José María porque era otro yo,
y solos en el mundo estábamos los dos.
Nunca en mis seis años otro josé me había saludado.
Nunca en toda mi infancia imaginé mi nombre
sobre el cabello ajeno. Y él era otro yo.

Un día vino su padre, macho bravío y en celo,
domado por el áspero filo de la dama
con el lomo partido por hachazos certeros
y una lustrosa mirada de caballejo ebrio.
Desfiló por las calles del pueblo conventillo
con el brazo en las vendas y el ojo malherido,
con el vino saliendo por donde había venido.
Si las mujeres golpeadas así les contestaran todas,
¿qué macho de este mundo levantaría los dedos?

Gloriosa hembra morena, cabellos levantiscos,
donde sembró los hijos los dejó para el mundo.
Y ella tomo el camino que siempre toma el viento:
se fue para los sitios donde ya no se vuelve.
Lástima que no volasen junto a ella los hijos.

José María tenía antepasados negros.
Le había quedado el macumba, el mandinga
en la boca ancha, en los ojos redondos,
en el cabello mota. Se le veía en la cara
el viejo negro de otros tiempos idos.
Y de algún sitio extraño una bondad sin treguas.
Así somos de niños, más sinceros que el tiempo
no damos todavía la mano a la mentira.
José María tenía en sus ojos morenos
la frescura del niño que todavía no ha muerto.

Después si vino el tiempo, y consumió las horas
y aprendimos a contarlo en sus monotonías.
Supongo que creció y ha de tener sus horas.
Supongo que su padre sobrevivió a los vinos;
que su hermana ha de ser una morena enorme,
que su madre ha de estar rodeada de otros sitios.
Solo supongo cosas, porque hace mucho tiempo,
una tarde en la escuela a los seis años
nos sentamos juntos al final del salón
y descubrí que el mundo no era solo yo.


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