De Flavia yo recuerdo el dolor,
porque había venido del dolor
y al dolor iba. Y era niña.

Una tarde se desató el cabello
como una larga cola de un perro encadenado,
como un río de costumbre teñido de penumbra.
Y de manos delgadas, de niñerías hambrientas,
se peinó sabiamente. Sin pausa y sin escándalo.

Después nos vino el día, que siempre ha sido uno.
El suyo le dio un hijo y le cubrió los ojos.
El mío ha sido este que se mostrara bueno.
Pero de Flavia vino el dolor y quedaba
como una sangre nueva sobre el color del agua,
como su largo río de penumbras cotidianas.

Un día dijo palabras y sacó una cadena.
Una tira brillosa de grilletes de plástico
se le cayó hasta el suelo desde sus niñas manos.
Y por esa mañana se reía a cada rato,
porque ella sabía los secretos del plástico
para hacerlo cadenas ilusorias verdosas.

Después vino llorando, a escondidas lloraba
porque siempre los niños lloran a escondidas
cuando llorar no sirve para nada.
Y en la espalda le crecía una mancha de rabia.
Un mancha más roja que el asombro.
Una larga y roja mancha que latía.

De Flavia apenas recuerdo sus negros ojos negros,
y que nunca olvidó mi nombre. Ella podía
saludar con dulzura y vender pan casero.
Un pan enorme y tosco que yo siempre compraba
sin saber que comía pedazos de esa Flavia.
Ella podía decir mi nombre en voz baja
y yo siempre pensaba lo buena que ella era.
Lo minúscula y sabia que parecía entonces.

Pero siempre recuerdo, más que su rostro flaco,
más que su largo pelo, más que sus manos,
aquella mancha roja que cruzaba su espalda.
Aquella inmensa y roja mancha.

Y no veo los caballos, ni los perros cansados.
Se me borran los árboles. Pierdo de vista el pájaro.
Apenas veo la mancha. Aquella mancha roja
sobre su dulce espalda.


No hay comentarios: