A propósito de un canto wichi.

Cantó el indio en el sol
y las palabras eran
un gigantesco bombo dentro del tiempo.

Padres, morenos padres derrotados,
¿como llegamos sin saber volvernos?

Cantó el indio en el sol
y las palabras eran
una lluvia en el monte y en la tierra.

Padres, morenos padres renombrados,
bailando sin cesar dentro del tiempo.
Wichi, mataco, vilela, toba.
Cantó el indio en el sol
detrás del viento
para que lo escuchase la ciudad.
Vino ella a tomarle los hombros
y lo siguió bailando torpe y dura
como mujeres sonrientes y hombres burlones.

Y el indio levantó la voz bajo la torre
entre cristales de falsa pedrería.
Solo la palmera abrumada de cemento
se irguió al escuchar la voz
cual fuera la del sol en el siglo perdido.
La ciudad danzaba, burda colorida,
alegre entre la luz de tan extensa maravilla.

Cantó el indio acompasado
solemne entre la luz
su blanca camisa se extendía
al suelo y las paredes.
Todos los muertos despiertos escuchaban
desde la espina del monte su palabra viva.

Y fue callando solo, sin augurios
desprovisto de siempre de misterios.
Una oruga extinta que se duerme a inicios del invierno
con la ciudad bailando alrededor.


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