Dios pertenece a las ciudades,
a las moles de cemento con almas inventadas.
En la Naturaleza Dios no existe
ni tiene la palabra.
Lo doblega el estar silencioso de las ramas.
Pero en las ciudades crece hasta alcanzar el cielo
y hacer llorar las nubes de tristeza.
En la ciudad de piedra y esqueletos
Dios sabe construir campanarios de fe.
Por eso Dios no salva a los cachorros del león
ni a la osa que trota desafiante a la muerte.
Por que la Naturaleza tiene reglas
a las que Dios, cachorro independiente,
no puede contestar sin atracarsele la lengua.
Pero fundido en el cemento Dios se venga
y deja a los caballos trotar en la tristeza
sobre los charcos negros de la noche.
lunes, 6 de octubre de 2014
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