lunes, 4 de diciembre de 2017

-¡El Hombre está acabado, se acabó su teatro!
Y un día, a plena luz, harto de romper ídolos,
libre renacerá, libre de tantos dioses,
buceando en los cielos, pues pertenece al cielo.

Sol y carne. (Arthur Rimbaud) 

No pertenece al cielo;
es propio de la tierra.
No tiene alas ni aletas, tiene pies y cabeza.
Puede pintar un barco,
pero no perdurar más allá de su obra.
Navegará en el barco,
o en un avión se irá hacia otro extremo.
Pero permanecerá atado a los confines de la tierra.

Ha sido hecho de ella.
Sus huesos, con la leche de su madre,
le traen la masa de la tierra misma
que sale de sus socavones y se filtra
por las humanas células hasta los dientes del infante
y hasta sus mínimos huesos
y fortalece su estructura y da forma a su cabeza,
le completa el espacio de su vida
y lo sostiene dentro del viento.
Su carne viene de las raíces y las hojas,
del músculo atacado de las bestias
mayúsculas o mínimas que habitan
en derredor la tierra.
Viene su sangre, su humedad, su frío
de las innumerables capas de la tierra.

Y cuando muere, cuando muere el hombre,
vuelve a la tierra. Se hace polvo,
(es verdad todavía la antigua fórmula),
de orugas y escarabajos y hormigas
y otras vidas minúsculas e ignotas.

No existe cielo que pueda contenerlo.
Solo la tierra le ha dado sustancia y lo sostuvo,
cuando los dioses parecían extintos.
Cuando vino la pena y la apatía
a pasear su apariencia de desidia
entre los muros de tiempos olvidados de si mismos,
tomó el hombre la tierra y le puso semillas.

Miró con atención entre los árboles
como paren las perras sus cachorros,
como el animal construye su paciencia
de existir todavía.
Halló el rudo secreto de la especie
que ha elegido vivir, aunque le duela.

Plantó semillas, miles de semillas,
hizo ciudades, diques, garabatos,
tijeras, azúcar, desprendió manzanas.
Encontró el arte de inaugurar el vidrio,
recolectó la tintura del molusco,
puso nombres a cada padre río
y dio numeración a los caballos.

Pertenece a la tierra. Ha sido hecho
de sus propias sustancias. Y en ella vive
y en ella muere. No pertenece al cielo
de los alquimistas mesiánicos gnósticos
que han salido de la tierra
pero aún se niegan a verla.


Publicar un comentario