viernes, 21 de abril de 2017

Hablemos. Se puede hablar de cualquier cosa.
Yo escucho. Sentado en la penumbra
puedo escucharlo todo. Siempre escucho
el rasguido de los gatos en el vientre de la madre,
el universo carmesí dentro de la sandía cuando ensancha
y arrastra tras de sí la verde procesión del tallo.
El mundo es un sonido perpétuo. Yo escucho
de noche, ya en el borde del sueño, las esferas.
O un grillo que se durmió sobre sus hilos.


martes, 18 de abril de 2017

Pareciera que a veces ha quedado dormido, 
que la muerte ha venido y se apoyó en sus ojos 
porque inmóvil, más ido que un reloj en la noche, 
solo su sueño sabe lo que en él acontece. 

Desde afuera es un bosque en mitad de la lluvia, 
una semilla seca prisionera en un frasco de vidrio.
O quizá una medusa que aún late sobre arena. 
No se llega a su vientre, al caracol ausente, 
si al contemplar dormida esta criatura sola 
quedamos para siempre afuera de su ser. 

lunes, 17 de abril de 2017

Dios creó los ángeles con alas y luces,
y ellos se arrodillaron.
Gritaban "santo, santo, santo, santo."

Dios creó los árboles
y ellos se durmieron seis meses,
luego despertaron seis meses.
Florecían, ensancharon sus troncos,
lo ignoraron cuando tocó sus ramas.

Los árboles amaban a toda la creación.
Se extendieron sobre la tierra y sobre el agua.
Dieron oscuridad a las hormigas,
humedad al fuego, nueces a las ardillas.

Incluso sostuvieron su sombra en los caminos
por donde los ángeles iban en procesión
buscando los santuarios
para arrodillarse y gemir en éxtasis:
"Santo, santo, santo, santo."

Y Dios amó a los árboles
más que a los ángeles,
porque vió que los árboles amaban a toda la creación
pero los ángeles solo amaban a la luz.


sábado, 15 de abril de 2017

Imagina un fantasma que se cruce la calle
con los puños violetas un martes por la tarde
cuando el sol es un gordo bajá de las alturas.

Salga desde el cemento de un almacén,
y dos autos se estrellen en la orilla,
una señora se espante al descubrirlo
y alguien haga un video tambaleante.

Salga del almacén, por que es más viejo
que los demás edificios de la calle,
con una gabardina puntillosa derruida,
guantes de cabritilla ceñidos en el puño,
y una mancha sin luz junto a la nuca.


lunes, 10 de abril de 2017

Estaba hablando con la monotonía del ventilador
que esta tarde se parece mucho a un bancario en alguna oficina,
y más allá alguien hablaba y más allá alguien más estaba.
Estaba yo dormido en la rutina que contagia el papel,
que alcé la vista para estos anteojos que no alcanzan
y vi como la amabilidad grisácea previa a la lluvia
había venido a posarse en la piel de tus brazos.


Yo he tenido el amor entre los brazos,
pero no era el amor;
y he roído sus mieles una a una,
pero las encontré vacías.
Y una noche, que había llovido y todo
estaba húmedo y frío,
me fui por la vereda opuesta
porque el amor se cayó por la escalera.
Y yo, que no sabía preparar funerales,
le dí una caja llena de recuentos,
me quedé con un libro casi de salvamento.
Ese invierno dormí feliz y solo;
en un rincón mi estufa canturreaba
sobre el dolor de la paciencia ardida.
Uno no ha sido víctima o victimario;
se piensa solamente que de heridas
sabemos recordar lo necesario.
Quizá no fabricamos el cuchillo,
pero al usarlo nos cortó la mano.


¿Era el amor aquello? No creo que fuera
más que la sensación del entusiasmo
de quien alcanza lo que no alcanzaba
o se tiene en la mano una tormenta,
aunque se escurra el agua de los dedos.

Decir amor, como se dice tiempo compartido:
igual de fácil que el sexo repentino.
Alguna calabaza sin semillas
que mezclara su flor con la desidia.
Ya en el sabor le queda la derrota.


Me gusta la humedad, los días de bruma,  las mañanas que llegan tardías y calladas,  los pájaros que duermen hundidos en el tiempo informe d...