Primero el viaje, el viaje, el viaje
vuelto llanura y sol y anochecer en movimiento
más allá el horizonte espera
su columna de hormigón y de acero.
El viaje es una espera inmóvil,
como una hormiga muerta bajo el viento,
como una flor que solo se abre de noche.
Es la llanura que se exhibe y esconde
con su huella de humanos olvidados,
aquí un puente oxidado de un tren extinto
y allá una extensión de arbustos apagados.
No sucede nada, nada se espera;
el colectivo es un gusano mudo y rígido
que come viento y sol y anochecido.
El sueño desciende desde la alta oscuridad del cielo,
toca la luz y la retuerce y quiebra
los espacios de sol ahora son sombra
que crece desde las esquinas de las cosas.
Es la noche que crece nuevamente
sobre la seca piel de los caminos.
Así el gusano prende sus grandes ojos luminosos
sobre su frente esparce luz y guía
nuestros cuerpos dormidos hacia el sur.
Atrás quedan ahora los patios inundados de Corrientes
y el verdor de la tierra junto al río entra en la noche.
El gusano avanza, como si fuese un tren o un tiro
que entre la noche ha quedado libre
busca el extremo del camino.
A su vera los pueblos se encienden y suceden,
se ven ventanas de colores, las voces de otros hombres
quedan atrás. Todo se acerca y luego abandonado
queda pasado en el esfuerzo ronco del gusano metálico
que come y come tiempo, viento y frío.
El cielo es gris y altivo, la tierra verde y fría,
las ciudades del hombre son pequeñas
y el gusano no detiene su paso para verlas.
Queda tanto paso todavía que apresura el suyo
bajo nosotros impulsa su brusco corazón y corre
sin cabellos y sin gritos es una bestia urgida
cuyo destino queda en un extremo de la tierra.
Noche sin luz de Luna. Sin estrellas
que se asomen desde sus cumbreras.
Entonces es el sueño, que no tiene principio
porque llega cuando nadie recuerda su presencia.
Nos consume el agobio de la espera
y bajo nuestro el gusano bebe aceite
para encenderse y darse impulso dentro de la noche.

Milagro, luz y piedra. Piedra inaccesible
que se cubre de luz y de cristales.
El camino se ensancha sobre la orilla
donde el Paraná termina su voz solitaria
para tocar la luz de la ciudad
que ella viene a su orilla para beber humedad con su piedra.
Trae en la frente luces y una corona
de metal retorcido que la sostiene sobre el espejo
quebradizo donde el Paraná cae en aguas ajenas.
Es un sinfín de luces, un ejército eléctrico
donde se adivina el laberinto dormido de la ciudad.
Su borde pétreo junto al agua.
¿Que miles de individuos duermen en su vientre?
¿Quien despierto ve llegar este animal de chapa?
Algún ojo nos sigue sobre el puente
y ve como cruzamos expectantes este borde.
Hasta el gusano toma un respiro vaporoso,
cruje su piel, su vientre oscuro nos lleva adormecidos.
Y entra en la ciudad.

¿Cómo es la ciudad? Se parece a una mole
que dormida es más fría. Tarde es noche.
Sus edificios se agigantan sin reposo
y sus abismos encierran gritos retorcidos.
Tiene un camino iluminado y duro
donde el gusano nos lleva presuroso.
Así, nosotros los más nuevos,
los que nunca hemos visto capitales
donde el hombre se creyera eterno
despertamos a mitad de la noche y abrimos las ventanas.
El asombro desciende de las torres
y trepado a los hombros de la autopista
se descubre su rostro de gloria reluciente.
Ningún muro se parece a esto.
Aquí la piedra creció hasta alcanzar el cielo
y la voz y la mano de los hombres construyó cuevas bajo el viento.
Los caminos más anchos traen el mundo hasta el corazón de la ciudad
y desde el mar otros hombres traen los dones de la tierra.
Pero ahora duerme, toda piedra está iluminada
pero dormida y sola. Abandonada.
Descubrimos los edificios de otras épocas,
aquellos de los que sabíamos sus nombres y sus rostros
pero aquí están durmiendo solitarios.
Esta inmensa avenida se ha quedado sin gente.
La ciudad se abre y se multiplica,
sus caminos ascienden y se acumulan
mientras la hiedra crece en muros resguardados.
Luz, luz, luz sobre la piedra dormida.

Y oscuridad, rincones de ella junto al camino
donde el hombre pobre, el miserable, construyó su nido.
Como un hormiguero desarmado por el pie del niño,
como un terrón de tierra arrancado de la la llanura es
la villa en el espacio de la ciudad dormida.
Sus ventanas iluminadas se asoman a la noche
y al borde del camino el gusano también ya las ignora.

Los grandes edificios de la gloria ocultan el cielo gris,
sus lámparas confunden a la noche.
Como destellos surgen entre el humo de la euforia
y luego a diestra y  siniestra quedan detrás nuestro.
El gran teatro clásico, sus muros grises;
un obelisco blanco como un hueso absurdo;
Don Quijote surgiendo de la piedra en bronce;
un estadio monumental y vacío a estas horas;
la belleza del vidrio sobre el mundo.

Salimos de la ciudad, atravesándola
y el camino se rodea de nuevos árboles.
Los muros retroceden y se disgregan;
pareciera que el gusano busca un camino oscuro
intoxicado ya de tanta luz y altura
ahora nos lleva hacia el corazón de la noche
fría y húmeda, lo recibe en su seno adormecida.
De nuevo el sueño camina en el pasillo
y toca nuestra asombro con sus dedos tibios
hasta rendirnos sobre el incómodo puño de los sillones.

Ahora dormidos, la oscuridad cede en algún punto
y el día se desenvuelve sobre la tierra.
El camino es invariable pero hay pequeños árboles
y casas junto él. El borde de la urbanidad.
Con el día entramos en la ciudad de plata,
como los primeros viajeros de la noche.
El camino se vuelve opaco y cotidiano,
apenas una calle más entre los edificios.
Pero engañoso, ya nos lleva hacia el mar.

El mar, criatura fabulosa extendida y de murmullos hecha,
tuerce el avance del camino y lo empuja dentro de la ciudad.
¿Pero quien mira el camino ahora?
¿Que espíritu mirará la obra del hombre?
El mar, atlántico, llega a la piedra
y es como una mano majestuosa
que quiebra el filo de la llanura
para dejar su esfuerzo junto a nosotros.
Es bruma y frío, espuma repentinamente pura
sobre la piel curtidamente hosca de la piedra.

Y un instante después el gusano nos lleva dentro de la ciudad,
las avenidas grises están abandonadas, los árboles sin hojas,
las altos edificios no tienen quien se asome.
Solo el viento transita los espacios urbanos
llevando entre sus dedos una garganta helada
que descarga en las calles una piel color plata.
La distancia es brumosa, el silencio hace espacio,
cada venida nueva es justo igual a otra.
Tantas torres vacías y tan pocos árboles,
esta ciudad es triste, con su bruma sin gente.
Hermosa cual una perla burda, la soledad la cubre.

Que ciudad mas bella y triste. Ella se camina
en los senderos al pie de sus torreones.
Cada torre tiene una puerta y cientos de ventanas sin flores.
Los árboles desnudos son filas secas junto a las avenidas vacías,
y tras el cristal los cocineros esperan el verano.
Una ciudad hecha para multitudes que hoy no han venido,
me mira ansiosa de que tome sus adornos,
que me siente a sus mesas y tome sus comidas,
que entre en sus caminos ávido y febril.
Pero es invierno, la multitud se ha ido
y yo no alcanzo a reemplazarla.
Puedo vagar entre sus monumentos y descubrir
las estatuas cuyas espadas de madera tiemblan,
la dura ausencia de los lobos de piedra.
O que en la costa vengan las gitanas de tobillos helados
a ofrecerme bendiciones y miserias.
No las escucho ya. Rápido uno aprende
el lamento universal del mendigo que pide una mentira.

He venido hasta el mar con mi impaciencia
de viajero obligado y tristón.
Cuanta belleza hay en la piedra húmeda.
Cuanto viento puede apoderarse de una plaza sola.
Mar del Plata en el viento es una ciudad vacía.
Pocos dioses conocen esta maravilla;
puede sentirse en la plaza la ausencia de aquellos que vinieron antes.
En verano ha de ser un refugio de luz,
una marea de humanos corriendo frente al mar,
como un multitudinario ritual.
Pero es invierno y huele a humedad.
Pero es invierno y la soledad la ha vuelta bella.

He venido hasta el mar. El viento frío
arde en la espuma del agua y dice cosas
mucho más viejas que la piedra bella
con la que el hombre ha erigido muros.
Sobre la costa corre un alto cerco
y al descender al borde, junto a la arena,
la ciudad es un rostro altivo y rígido
como una escalera de hormigón al cielo.
El mar viene de Oriente con su voz.
Es más frío y sonoro que los ríos,
sabe que él no pertenece y pide
ante la piedra una rendida arena.
Pero la arena ha sido resguardada en pequeñas bahías;
y a su mano quedaron solo rocas
con los nombres de otras manos grabados.
A la costa vinieron otras gentes
a dibujar en piedra su llamado
y el mar las borra diariamente
cuando alza su voz sobre la guardia.

Aquí el viento es tan frío y antiguo
que la plaza de piedra pareciera aún más abandonada.
En la espalda del Gran Almirante toca el viento
con su propia voz un mensaje sin pausa y sin traducción.
Brown de espaldas al mar y al viento
desenvaina una falsa espada
que el vendaval desprende del cabo con su aliento cargado de sal.

El resto de la ciudad es solo casas húmedas;
sus ventanas cerradas y mudas
se ocultan de la costa cercana
tras las torres vacías.
Sin su cerrada soledad sería como cualquier ciudad a oscuras.

Más allá de la costa han despertado
los caminantes, los que no se han ido.
Los que en invierno viven bajo el viento
salen a las calles y hablan y viven.
Las gruesas torres ocultan del viento
una ciudad que permanece, como una tortuga.
Su alta catedral vacía, en cada esquina un santo,
tiene los muros secos y escondidos.
Junto a sus gruesas columnas cuarteadas
un ángel de hormigón ofrece agua.
Y el techo ha sido cubierto
con una red de plástico para evitar que caiga el cielo.

Solo en sus shoppings la ciudad se anima,
pero las baratijas de metal y plástico
cobran un precio de alevosía para su pobre gracia.
Los hombres y las mujeres compran aquí su ropa
por que los precios caen cuando la ciudad queda vacía.

Así voy a sus mercados, y como y duermo en la ciudad.
A una oscura hora de la noche camino solo por sus calles
junto a las columnas pálidas del edificio.
Se que mañana iré, por los caminos, de nuevo a mi ciudad
y que quizá ya nunca volveré a caminar
por la ciudad de noche, solitarios los dos.
Ella se quedará, junto al mar,
esperando que vengan otra vez
los nuevos caminantes del verano
que llenarán su faz de voces y colores.
Ella se sonreirá. Me habrá olvidado.
Pero esta noche, audaz, la veo pasar
y le pregunto: ¿como estás?. Me contesta "Muy bien.
Estoy bien. Hace frío y, tal vez, puedas dormirte tarde."

Se que me voy. Se cumplen cada uno de los rituales necesarios.
Apenas fui un intruso que una horas
vagó por los pasillos de este invierno.
El mar se alza hoy, voraz y gris,
cuando el gusano reanuda su camino;
y adentro me voy yo con la conciencia ajena
de quien ha visto algo azul y frío.

Es como un sueño más, volver por el camino.
La luz del día se apaga. Estoy dormido.

(...)


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