jueves, 27 de julio de 2017

Los demás te exigirán que crezcas,
que te hinches e inflames.
Que te surja una llama de la boca
y se abra paso el mundo tras tu paso
para el orgullo noble de tu madre.

No habrá nadie que venga a consolarte
cundo quede en tu piel la espina
de la duda y la melancolía.
Ni siquiera la gloria cura heridas.

Yo se. Lo he visto
como el afán de amar desmesuradamente
quiebra la espina de cualquier belleza.
La vida, si no es lenta, agobia y quema
hasta a la más ardiente de las fieras.
El fuego sabe como y cuando es la madera.

Los demás te exigirán que busques
el oro, el marfil, el plástico que cuesta
tu oscuro corazón ajeno.
Te amarán cuando grites y te alces
por encima de una piedra tallada.
Dirán que solo vale lo que vale,
y que eso te será suficiente.

No es cierto. Son mentiras
y perversas. Crecen fuera del imperio de los árboles.
Cuestan quizá, pero belleza.
Y esta duerme en la semilla fea,
en la espalda del perro despeinado,
bajo el diente sin fin de una birome
que roe y roe la carne pálida
para poner su propia sangre en la trinchera.

Ve y crece sobre el mundo.
Hazte de honor y nombre, date dones
que no eran tuyos y que no descubrieras.
Compra el asiento de los aventurados
para no ver ni el suelo ni las estrellas.
Honra el deseo fútil de la carne
sin piedad de ti mismo.
Que la muerte al buscarte te carcoma
la muralla de ambiciones ciegas
y te lleve apenas por rutina.

No vayas. Son mentiras
y malas. Simplemente malas
son las ambiciones que no te hagan noble
de sangre, sabio y viejo, protegido
y protector de todos los ratones.
Se que hay bondad ahí, donde te escondes.


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