viernes, 2 de junio de 2017

Si, yo conozco a Dios.
Es aburrido.
O, ¡No! No es aburrido.
Él quiso cosas,
que luego no ha podido
o que ya nadie quiso.

Dios levantó las alas
de colibríes y murciélagos,
y en el jardín primero puso chanchos
a hozar en las raíces de la tierra
para que las bellotas despertasen.
Así en la eternidad hizo su obra
y luego se sentó entre las estrellas
más cándido e iluso que una vieja
que amable floreciera entre las piedras.

Se cumplió el tiempo del hongo y la libélula,
la araña elaboró sus hebras,
el hombre y la hormiga crearon el trabajo,
y cada tigre tuvo primaveras.

Dios miraba el sol entre sus dedos.
Velaba por la fe en la maraña
donde él caminó primero.

Entonces sucedió
aquella cosa
que ya no tiene nombre de tan vieja,
que nadie sabe cómo sucediera.
La esquina que torció la telaraña,
en dónde el hambre abandonó la huella.

Dios hace tiempo que se ha buscado extremos
para no oír la voz de su conciencia
que llama en la penumbra de la pena.
Reino del hombre que no ha podido huírse,
hasta el caballo se agobió las crines.

Y aunque pueda pasear entre las sombras
cuando se han ido todos a una siesta,
no es el mismo jardín que él esperaba
cuando inventó los barros y la quena.

Este espejo de sal le ha carcomido el ánimo,
se le antoja una rabia su destino.


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