La Luna ya no puede ganar esa batalla,
cuando Mordor le arroja sus nubes en la cara.

Que vasta ciudad hemos creado,
bajo la cara ajena de la Luna,
aunque en instantes eternos no nos sirva para nada.

Tuvimos la persistencia, la habilidad
de cuidar la piedra hasta que reprodujera
sus gigantescos hijos de cemento.

Nunca tuvimos la sabiduría
de preguntarnos si era necesario
que la ciudad nos conquistara el hambre,
y la penuria y la desolación para volverlas
nuestras cotidianas soledades
en este cúmulo de ventanas donde la Luna sobra.

Por alguna razón inalcanzable, nuestras ciudades cierran
el aire a los costados y debajo
pero encima nunca llegamos a cubrirnos
como una tortuga irrealizada
que escapa los ojos a lo inevitable
de no llegar al cielo y vernos siempre a salvo
en cámaras de piedra bajo la montaña.


No hay comentarios: