viernes, 21 de agosto de 2015

Mis lapices esperan que al arte me descubra.
Es enojoso estar vacío de pensamientos.

Podría comenzar a rayar un papel
y colgarlo del clavo que un anónimo inquilino
clavó en hoy mi pared para nadie sabe que
y después exclamar que belleza esa linea que nunca se termina.

Voy a los rincones de laberinto donde paso mis días
y en el viejo escenario recitar inconductas
palabrería de tonta decencia decadente.

Podría si pudiera decirme cosas bellas
como ágiles manos, ojos de escarabajo, ratón dentro del viento
que mece mi impaciencia contenida y mordiente
pero en realidad no puedo describirlas
y afuera el día no llueve para justificarme
esta tristeza gris que me consiente.


jueves, 20 de agosto de 2015

¿Porqué tu lengua titubeante toca
mis palabras escritas y olvidadas
cuando por suerte nos encontramos
este conjunto de preguntas y tu risa?

¿Porqué tus manos pálidas profanas
irrumpen mi escenario que declama
como un actor borracho de certezas
su lista interminable de preguntas?

No entres, que esa puerta no ha sido hecha para ser abierta.
Pero tu lengua toca mis palabras
quebrando el aire en infinitas inflexiones.

Estos oscuros rastros de indecencia
tales no son por que en tu mano surgen
y como ríos sobre una piedra tímida
bañan la tierra donde me sostengo.

Allí te quedas en tu rincón estático.
Tu mano no me alcanza,
tu lengua no me lee.
Vas dando tumbos hasta mi penumbra.


jueves, 13 de agosto de 2015

No pude describirte nunca.
Nunca llegué al umbral donde vivías
para mirar tu caminar sin velos.
Estabas siempre lejos en la ciudad y el día
y más cerca llegaba más te ibas
a parajes incómodos donde no me admitías.

Apenas vi la Luna desde la ventana
cuando intuía que en tu distante torre iluminaba
aquel balcón abandonado al viento.


martes, 11 de agosto de 2015

Los santos también tienen pensamientos impuros.

Lo se por que lo soy.
Decidme que no es esto una vida beata
y mentiréis al rostro de mi celda y mi biblia.
¿Acaso veis que duermo sobre esteras y migas?
Mi mesa es esta fila de hojas y de risas.
Yo solo digo gracias al sol y a la ternura,
y vuelvo a casa triste cuando un perro fallece
perdido en la vereda insana de la vida.

Decidme, ¿no soy santo?
Humildad no me falta
cuando no callo al resto que fingen ser felices
sobre el asesinato de los grillos.
Mis diamantes son sal sobre la mesa.
Soy monje, mas no cubro mis dedos de oraciones.
Venero a la paciencia del fresno cuando crece
y doy ropa a las indias que en mi puerta desfilan.

Pero a veces maldigo y contesto con una voz solemne
los pedidos de auxilio que dan mis compañeros
para fingir que soy aquel omnipotente.
Es gracioso ser Dios cuando nunca podremos.

Mi vanidad aumenta cuando recito salmos,
frases etéreas viejas pero trozos de viento,
hasta llegar a la vergüenza de perder la decencia
y sonreír chocando hojas de enero.


Entonces se apagaron,
hasta volverse obtusos y borrosos
en distancias que no tienen remedios.

Les surgieron las quejas,
la moral, la decencia,
la miseria tranquila del bicho que se aquieta,
el rincón cotidiano de su parca presencia.

Y no podemos verlos
como veíamos antes
su paso conocido,
tal ves melificado por la cercanía.

Ahora ya conseguimos odiarlos,
apartamos su gesto de descaro
en su palabra tonta
su vanidad se cuece
humeando como plato
de misera presencia.

Pobres, tan miserables
que ni ven el espejo,
que no ven que lo quiebran.


lunes, 3 de agosto de 2015

Alfred Date es el hombre más anciano de Australia.
A sus 109 años de edad pasa los días tejiendo suéteres de lana 
para los pinguinos que nadan en aguas contaminadas con derrames de petroleo. 

Teja, viejo, teja que la garza ya levanta vuelo.
No viaja hacia el París de la ternura
sino a anidar en los techos de la China
donde los niños construyen castillitos
con bloques de petroleo colorido.

Usted no se detenga, los pinguinos 
aún marchan elegantes y ceñidos
a la muerte del frío y la locura,
tan firmes cual soldados todavía.

No se detenga, se mueren los soldados
cuando naufragan, yertos y ateridos 
a la voracidad de los océanos.

Y en los nidos distantes de los hielos,
bajo doseles teñidos de ventisca,
gruñe el Emperador de las escarchas
cuando caen sus soldados de la vida
hacia la marejada de la sangre 
que la tierra destila en sus entrañas.


martes, 28 de julio de 2015

No todas las estrellas bajaron desde el Norte.
Algunas ya brillaban cuando el ñandú corría,
solitario atleta de la pampa sin caminos.

Nosotros somos hijos del indio muerto
al que ninguna estatua recuerda.
Nacemos en poblados adentro de la tierra.
Pueblos de casas chicas y nombres de soldados
o de difuntas damas.
Somos los indios nuevos de esta tierra y cemento
que habitamos la densa nube de las ciudades
con nuestros ojos pardos y nuestras manos anchas.

Mi abuelo, el de los surcos hechos a pala y tierra.
Mi abuela de la falda y religión obtusa.
Y antes que ellos la india que a veces rescatamos
en historias nocturnas como toda leyenda.
A veces un abuelo se nos descubre gringo,
pero todos los nietos ya lo han olvidado en sus uñas morenas.

Tal vez llegamos antes en barcos de madera,
cuando los hombres tercos nadaban sin saberlo
hacia la tierra ancha que aun hoy nos desconcierta.
Conservamos sus nombres, su barba, su destreza
para el habla, el cuchillo, a veces la pereza.
Decimos carbonada, nuestro señor, paciencia.
La guitarra es herencia que ninguno desecha.

Pero detrás de todo nuestro cristo
es un indio al que no conocimos
y al que los niños tiernos que largamos al mundo
recuerdan cuando piden con sus ojos castaños.

Nosotros somos indios nuevos de esta América extensa
que siempre guarda nidos para futuras siembras.
Somos los descendientes del caos universal.
Miramos las estrellas buscándonos el pan.

Y a veces aun llegamos a aquellas viejas costas
donde el oro y la piedra les dieron sus ciudades,
donde vagan sus reyes bajo su majestad.


Me gusta la humedad, los días de bruma,  las mañanas que llegan tardías y calladas,  los pájaros que duermen hundidos en el tiempo informe d...