Se termina la tinta de mi birome negra
y queda vacía y sola sobre la mesa.
Se ha vuelto blanca y fría, como la cal y el viento.
Ya no la habita nada, más que sus silencios.
Al fin, después del siglo, la ha tocado la muerte
como sucede a todos los que andamos.
Pareciera que solo sobreviven los que apenas se mueven,
los que rumian despacio la verdura del mundo.
Y los que andan, suceden. Se gastan en la piedra.
Afuera siempre llueve en el camino.
¿A dónde iremos hoy, si se termina el día?
¿Qué palabras no resucitan esta noche?
Adiós, amiga mía. Hablaremos de nuevo.
lunes, 12 de diciembre de 2016
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