viernes, 11 de noviembre de 2016

Fray Diego de Landa tomaba cada extensión de corteza
y con un gesto seco puso las serpientes dentro del fuego
que engulló para siempre las maldades y bondades
y hablaba con altas voces al tiempo:
Toda la maldad será conjurada,
toda su pestífera casa revuelta
y liberada la Luna de contemplar,
bajo el ala distraída de la noche, ponzoñas.
Bajo el ascua divina de su celo
una serpiente de madera y agua chisporroteó y se quebró.

Fray Diego tomó un códice de madera
desprendido de la corteza de los árboles
y pintado con blanco de la tierra,
negro de la madera, verde de los árboles
y la roja boca del jaguar
y el azul de la piel de los dioses vivos.
La Luna tenía un registro detallado de sus brazos
y sus manchas estaban guardadas de la lluvia.

Fray Diego tomó las palabras de la Luna
y afirmó su falsedad y su malicia.
Dijo que del jaguar salía ponzoña
como una lengua verde
tomó la figura ancestral sobre las llamas.
Estranguló la maldad de la tierra
sobre el ascua del infierno invocado;
la madera maldita se rompía
bajo el hachazo de la pureza casta.
Ardió el corazón del amate y las palabras
como impronunciables silencios chamuscados
ascendieron a hacerse parte de la noche.

Y Fray Diego reía, y luego estaba solemne
sobre el fuego de los ídolos para siempre malditos.
En la multitud asomaban los rostros
de los conquistados ya beatíficos
y aún malditos por la carga del demonio,
junto a los rostros de los perdonados de por vida
que pisarían la tierra extensa todavía ignota
bajando de las ciudades de piedra y de los barcos
que ya llegaban al puerto y a las islas
a través del mar. Llegaban como gorrioncillos
oscuros y amanecidos, débiles y crujientes
para renacer después del fuego de los ídolo y el oro.

Fray Diego reía ahora, inconmensurablemente
su risa abarcó las estaciones hasta la puerta
de la ciudad muerta junto al lago sagrado
atravesó el umbral y abrió una fisura
en la extensa palma de América neogénita.
Allí, e el cuenco, donde la selva despertó
y con los ojos huidizos en la sombra
vio a la hermandad fervorosa arrojar los nombres
sobre la brasa como una lluvia de antigüedad extinta.

Y de humo Fray Diego tomó la brasa americana,
para siempre cambiada, y satisfecho
la arrojó sobre las multitudes que no verían su rostro
pero aún vivirían bajo su brazo extenso.
Pero en su rostro Diego no lo sabía, esa noche
su rostro era una máscara triunfal
que habría de durar milenios
que habría de extenderse bajo el sol
y cada noche nuevamente conquistaría
en el olvido los nombres quemados.
Pero esa noche Diego, Fray Diego de Landa
no sabía que arrojaba al recuerdo su propio nombre
sobre un monumental silencio de dioses ardidos.

Me alejé del fuego con el humo detrás
entre la selva derrotada que se retiraba ante la ciudad
me siguieron las palabras impronunciables.
Hojas y dientes, una piel de perro,
las pezuñas de un venado clavadas en el barro
se me cayeron de los ojos al río
y este los llevó. Símbolos dentro del agua
entraron a la tierra, salieron al mar,
a mi espalda quedaron desapareciendo.
Los ancianos estaban muertos.

El barro de las primeras ciudades
sosteniendo las piedras murales grises
se extendía como una lepra laboriosa y dulce.
Una extensión de oscuridad y esfuerzo
los hombres construían bajo el sol.

Los libros habían sido quemados,
todos los ancianos yacían degollados bajo el agua
y la sal de las algas crecía de sus gargantas.
Ya los ídolos estaban callados
y nadie podía escuchar sus lenguas enredadas.
En la generación de la tierra estaban olvidados
con los nuevos dolores del azufre, la madera,
del mercurio plateado que ahora manaría
de la búsqueda histérica que comenzaba.

Con la primera voz del fraile cayeron las estrellas,
los valles se incendiaron,
se rasgo la mirada del cielo
y los planetas giraron en círculos ya desconocidos.
Cedieron los espacios del sol y de la Luna,
Venus huyó a esconderse más allá del mar,
de los conjuros y las bendiciones.
Con la segunda voz se quebraron las piedras
y cayeron las escaleras como columnatas de humo
cual elucubraciones de ceniza
una rajadura caminó entre el mundo.
Con la tercera voz se extinguió el pasado.
Se callaron los muertos y ya no respondieron,
sus rostros se quemaron y se diluyeron,
sus pieles se inflamaron y estallaron. Muertos ya estuvieron.

En tres voces se extinguió el mundo,
se abrió como una granada roja
y con el agua, rojas carnes desmenuzadas, fueron.
Purificaciones del agua, de la carne,
del aire sobre la nuca de los árboles cansados.
Purificación de la ceniza vuelta sacra marca
en la frente reverencial de América neogénita,
en la extinción de Huehuetéotl y Quetzalcóatl.

Sin dioses, sin nombres, ausentes las tortugas
que he visto recoger a nidadas blanquecinas
y miles en las bocas castizas rompiéndose.
Cofres de oro líquido en los dientes,
inmensa fecundación de mar y tierra
durmiendo bajo la piel de las islas
y el arrullo eterno y renovado de la palmera,
del arbusto florecido en suavidad y fruto.
Cofres perdidos bajo la mesa en la conversación
y el fuego quejándose de maderas y comidas.

He visto arenas a donde no volvieron las tortugas;
a quedado el mar repitiéndose caricias inútiles
pero ya lame las piedras basamentos de la ciudad antigua.
Estuve ahí, sobre la arena de América cuando no existía
y todas las materias no habían sido hechas
pero existían, puras y sucias, he de decirlo:
ya estaban hechas las materias sin nombre hoy
ya estaban nombradas por su luz, su oscuridad.

Sobre la arena creció una piedra erecta,
muela surgida de la carne total
y en el pináculo chisporroteó la luz del sueño.
Viva la piedra de las ciudades.
Pero los humos habían cambiado y las voces.
Fray Diego dormía, consumido y eterno, lejos del dolor
y su sayo era una corriente sobre la tierra:
el muro de los templos, los caminos de las tierras.
Envolvía a los muertos en la tierra,
susurraba en la noche una canción bajo el espacio negro.

Me retiré a la sombra, y en una cueva
recostado en la piedra, me vi durmiendo.
Afuera ardía la tierra toda.
Europa era una tortuga con la coraza resquebrajándose
y el vientre cubriéndose de llagas.
América como un cuerpo monumental
recibía flechazos desde el mar
y su piel se abría en luces y en abismos;
pero los dioses se evaporaban.

¿Asia dormía? ¿O toda la tierra se abría ahora?
Estoy seguro que se abrían los ojos
en lugares apartados donde el sol huía.
Bajo aquella cueva transcurrí en el tiempo,
y no dormía, escondido en el corazón del Andes
podía aún escuchar los gritos.
Armas de hierro, maderas rotas, piedras en cascada.
Todo lo oí, hundiéndose en la tierra
y ella callaba cuando le pedían
en los altares con lamentos arrojando vino y flores.

América en la parrilla, ardiendo
y bajo el fuego oraciones y gritos.

Sobre las piedras talladas ahora crecieron santificados espacios
y los túneles fueron anegados en barro.

Salí a los valles ciego de voluntad,
y no miraba el suelo cadavérico.
El aire era una masa de cenizas.
Todas las ciudades estaban muertas.

Tenochtitlan, la gran serpiente sobre el agua,
se evaporó en su lago envuelta en fiebre
y sus ojos se volvieron costras sobre la tierra.
Aquella noche triste una ciudad entera se desplomó
y mis ojos ardían de humo y muerte.
Toda esa carne en fiebre no me mató entonces,
pero se desmenuzaba en los espacios de las puertas,
caía por las ventanas como un animal derrotado.

La ayuda de la misericordia completa no habría bastado
si era entonces tanta la sangre muerta
que hubimos de completar la pira con toda la ciudad.
Ardieron todos ellos, y entre el renacer del fuego llegaron con canciones.

No pude ver aquello. Aquella impunidad de las victorias.
Acaso en otro tiempo hubiese estado impertérrito,
y ante la ejecución dado la espalda.
Pero fue tan monumental aquella muerte. Recuerdo
las calles vueltas cenizas, los lagos inundados de finales.
Envejecimos la ciudad y yo en una noche siglos de abandono;
y ella murió antes de ver el sol.
Ella murió, y me dejó en silencio junto al agua.
Los soldados desfilaban cerrados con el hierro y alegres
ante esa maravilla de abundancias,
como un gran cofre de piedras talladas que desbordaba ahora.
Aquí y allá se podía extender las manos y levantar las piedras,
para tomar bajo los nidos de las serpientes muertas sus huevecillos
y al abrirlos caían collares de cuentas y trozos de oro labrado.


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